Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
Job 19,1.23-27; Sl 24; Filp 3,20-21; Jn 14,1-6
«La muerte es la plenitud de la vida». Pero quizás, nuestra manera de pensar y sobre todo nuestra manera de vivir no nos ayuda a entender la verdad de esta afirmación: La muerte es la plenitud de la vida. Quizás deberíamos empezar por corregir nuestro vocabulario. Pensamos en izquierda y derecha, blanco y negro, bello y feo, verdadero y falso, bueno y malo, masculino y femenino y también vida y muerte. Pero la vida y la muerte no son duales. Una no es contraposición de la otra; la muerte no es una realidad contraria a la vida, la muerte está dentro de la vida.
Nos lo dice san Bernardo cuando escribe: «Decimos que el hombre muere cuando se acerca la muerte con toda certeza. Pero desde que empezamos a vivir, ¿qué hacemos sino acercarnos a la muerte y empezar a morir?» (Sermón 17, 1, sobre el salmo 90).
O la palabra del poeta:
«Pues somos tan sólo corteza y hoja.
La gran muerte, que cada uno en sí lleva,
es fruto en torno a la que todo gira».
(Rilke, libro de la pobreza y la muerte)
La misma palabra de Jesús: «Yo soy la Vida». Pero por un momento cortan esta vida. ¿Verdaderamente la cortan? Yo diría que tan solo hieren la Vida. Cristo deja que abran en su misterio de vida una herida para que se derrame toda su riqueza de amor, que se había ido manifestando cuando pasaba haciendo el bien, anonadado en nuestra frágil naturaleza. Quien da la vida desde la generosidad del amor la vuelve a recobrar. La vida viene a ser un ejercitarnos en el morir para preparar el acceso a la plenitud de la vida. Cristo muere y nos abre a la plenitud de la vida. La muerte aceptada con amor, vivida con amor es la puerta abierta de par en par a la vida. A la plenitud de la vida.
«Eres tú de los muertos el primogénito,
Tú el fruto, por la muerte ya maduro,
del árbol de la vida ya maduro
del que hemos de comer.
Tú, con tu muerte afirmas nuestra vida».
Esta es nuestra Verdad, la verdad de Cristo, que reside en el misterio de nuestra fe y que proclama hoy con fuerza la liturgia: «Dios se llevará con Jesús a los que han muerto con él». Pero morir con Jesús es vivir ya ahora con él. «Los que creen en mí tienen vida eterna». Creer en Jesús es vivir una relación personal, profunda con él. Es tener a Jesús, en todo momento como camino, como punto de referencia permanente.
Deberíamos tener muy presentes las palabras de Job. Son palabras proféticas. Él vive, en la oscuridad, de alguna manera la presencia divina y esto le reafirma en la esperanza de una vida contemplando el rostro de Dios. Y nos muestra el deseo de tener esta experiencia grabada en su corazón para no olvidar un futuro que le abre a una gran esperanza.
Ese futuro de Job para nosotros es ya una realidad. En Cristo. En él conocemos el amor que abre a la plenitud de la vida. Un amor que no es solamente el amor puntual de la cruz, sino el amor vivido en su corta e intensa vida entre nosotros, revestido de nuestra frágil naturaleza, pasando haciendo el bien, y culminando su obra de vida en la cruz. Cristo es la Roca. En él, la Roca, están grabadas las palabras de Job y de todos los profetas. En esta Roca están grabadas las palabras de Cristo que fueron vida, verdad y camino para muchos hombres y mujeres, una multitud que nadie puede contar, nos decía la liturgia de Todos los Santos.
«Cristo muere de puro amor». Y esta es la exigencia que pone en nuestra vida nuestra fe en Cristo: morir de amor. Es un don que necesitamos pedir y recibir de él. Él, que se marchó para prepararnos la casa. Por eso le decimos: Danos vida, Jesús, que es llamarada que calienta y alumbra.
La vida de Cristo es amor. El es el amor que nos marca el camino, para vivir la auténtica verdad de nuestra vida, hasta llegar a la plenitud.
2 de noviembre de 2012
1 de noviembre de 2012
TODOS LOS SANTOS
Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
Apoc 7,2-4.9-14; Salm 23,1-6; 1Jn 3,1-3; Mt 5,1-12
«Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos, pues lo somos». La Palabra de Dios hace lo que dice, luego si hace esta afirmación de nuestra condición de hijos, entonces es cierta, es verdad. Pero ¿para qué sirve una verdad que no influye en nuestra vida? Porque puede ser así.
Pues a continuación afirma: «el mundo no nos conoce como hijos, porque no conoce a Dios». Esto es evidente: si no conoce a Dios, ¿Cómo va a reconocer a quien son sus hijos? Pero hay una segunda afirmación: «ahora somos hijos y aún no se ha manifestado lo que seremos». ¿Qué se ha de manifestar? Nuestra condición de hijos. Una condición que se va manifestando a medida que vivimos con esta esperanza, que no es una actitud pasiva de recibir, sino un ejercicio permanente de purificación. La vida humana, la vida del creyente viene a ser un camino. Un camino para vivir apasionadamente.
El hombre es camino hacia Dios. Es algo que han dicho todas las filosofías y religiones. Pero el cristianismo añade: Dios es camino hacia el hombre. Dios se ha abierto camino por la historia, que el hombre ha forjado para llegar donde está. Dios viniendo a nosotros ha hecho camino por medio del Hijo, y nos ha dejado a su propio Hijo como camino. Más todavía: en él nos ha hecho hijos. Entonces, si estamos con Dios, «como hijos tenemos que proceder como procedió Jesús» (1Jn 2,6).
En caso contrario ya no nos comportamos como hijos, y como dice san Agustín: «A los que se les llama hijos de Dios, sin serlo, ¿de qué les aprovecha llevar el nombre si están privados de la realidad?, ¿a cuántos se les llama médicos y no saben curar?, ¿a cuántos se les llama serenos y pasan la noche entera durmiendo?, ¿a cuántos se les llama cristianos o monjes y están en excedencia?. No son tales en la realidad, pues no son lo que indica este nombre, es decir no lo son en la vida, en las costumbres, en la fe, en la esperanza, en la caridad» (Obras XVIII, Hom. 4ª sobre 1Jn, BAC 187, p. 568).
¿Y cómo procedió Jesús? Jesús vive la realidad insondable de Dios como «un misterio de compasión. Lo que define a Dios no es el poder sino sus entrañas maternales de Padre. La compasión es el modo de ser de Dios, su manera de mirar el mundo y de reaccionar ante las criaturas». Es la compasión de Dios la que hace a Jesús tan sensible al sufrimiento y a la humillación de las gentes. La primera mirada de Jesús no es hacia el pecado del ser humano, sino a su sufrimiento. Desde esta experiencia de la compasión de Dios introduce un principio radical: «sed compasivos como vuestro Padre es compasivo». La compasión no es una virtud más, sino el único camino para reaccionar ante el clamor de los que sufren y para construir un mundo más humano.
Y con este estilo habla Jesús un lenguaje provocativo, original e inconfundible: «las bienaventuranzas. Una de ellas es esta de la compasión, de la misericordia».
Jesús con el mensaje de las bienaventuranzas nos muestra una sabiduría que da primacía a los últimos, a los pobres, a los que sufren. Ser compasivos como el Padre exige buscar la justicia de Dios empezando por los últimos. El camino hacia un mundo más digno y dichoso, para todos, se comienza a construir desde ellos. Así lo quiere Dios. Así lo manifiesta su Hijo, así llama a sus hijos a hacerlo.
La Iglesia en sus orígenes vivió profundamente esta llamada de Jesús a la compasión, sensible al sufrimiento. Y a lo largo de los siglos hasta hoy no han faltado instituciones, asociaciones y personas al servicio de enfermos, hambrientos, refugiados… No se apagó nunca la compasión, pero a la vez se puso el acento en exceso en la cuestión de la culpa, y se relativizó la del sufrimiento. De ser una religión sensible al sufrimiento, pasó a ser una religión sensible al pecado. La primera mirada de Dios es para el sufrimiento de la criatura, y no para dar preeminencia a la culpa. Este espíritu de Jesús se recoge en las Bienaventuranzas, núcleo central de lo que vivió y enseño Jesús. Y que puede resumirse en esa palabra de la compasión.
Por eso las Bienaventuranzas son una bendición de Jesús, la manera que tiene Dios de amar. El camino que nos ofrece para asumir. Quien funda su vida en Dios, la funda sobre Jesucristo, vive como él. La vida de Jesucristo es muy humana, pero con una humanidad que nos lleva al conocimiento del Padre. Es la realización más sensata y acabada de la vida.
Apoc 7,2-4.9-14; Salm 23,1-6; 1Jn 3,1-3; Mt 5,1-12
«Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos, pues lo somos». La Palabra de Dios hace lo que dice, luego si hace esta afirmación de nuestra condición de hijos, entonces es cierta, es verdad. Pero ¿para qué sirve una verdad que no influye en nuestra vida? Porque puede ser así.
Pues a continuación afirma: «el mundo no nos conoce como hijos, porque no conoce a Dios». Esto es evidente: si no conoce a Dios, ¿Cómo va a reconocer a quien son sus hijos? Pero hay una segunda afirmación: «ahora somos hijos y aún no se ha manifestado lo que seremos». ¿Qué se ha de manifestar? Nuestra condición de hijos. Una condición que se va manifestando a medida que vivimos con esta esperanza, que no es una actitud pasiva de recibir, sino un ejercicio permanente de purificación. La vida humana, la vida del creyente viene a ser un camino. Un camino para vivir apasionadamente.
El hombre es camino hacia Dios. Es algo que han dicho todas las filosofías y religiones. Pero el cristianismo añade: Dios es camino hacia el hombre. Dios se ha abierto camino por la historia, que el hombre ha forjado para llegar donde está. Dios viniendo a nosotros ha hecho camino por medio del Hijo, y nos ha dejado a su propio Hijo como camino. Más todavía: en él nos ha hecho hijos. Entonces, si estamos con Dios, «como hijos tenemos que proceder como procedió Jesús» (1Jn 2,6).
En caso contrario ya no nos comportamos como hijos, y como dice san Agustín: «A los que se les llama hijos de Dios, sin serlo, ¿de qué les aprovecha llevar el nombre si están privados de la realidad?, ¿a cuántos se les llama médicos y no saben curar?, ¿a cuántos se les llama serenos y pasan la noche entera durmiendo?, ¿a cuántos se les llama cristianos o monjes y están en excedencia?. No son tales en la realidad, pues no son lo que indica este nombre, es decir no lo son en la vida, en las costumbres, en la fe, en la esperanza, en la caridad» (Obras XVIII, Hom. 4ª sobre 1Jn, BAC 187, p. 568).
¿Y cómo procedió Jesús? Jesús vive la realidad insondable de Dios como «un misterio de compasión. Lo que define a Dios no es el poder sino sus entrañas maternales de Padre. La compasión es el modo de ser de Dios, su manera de mirar el mundo y de reaccionar ante las criaturas». Es la compasión de Dios la que hace a Jesús tan sensible al sufrimiento y a la humillación de las gentes. La primera mirada de Jesús no es hacia el pecado del ser humano, sino a su sufrimiento. Desde esta experiencia de la compasión de Dios introduce un principio radical: «sed compasivos como vuestro Padre es compasivo». La compasión no es una virtud más, sino el único camino para reaccionar ante el clamor de los que sufren y para construir un mundo más humano.
Y con este estilo habla Jesús un lenguaje provocativo, original e inconfundible: «las bienaventuranzas. Una de ellas es esta de la compasión, de la misericordia».
Jesús con el mensaje de las bienaventuranzas nos muestra una sabiduría que da primacía a los últimos, a los pobres, a los que sufren. Ser compasivos como el Padre exige buscar la justicia de Dios empezando por los últimos. El camino hacia un mundo más digno y dichoso, para todos, se comienza a construir desde ellos. Así lo quiere Dios. Así lo manifiesta su Hijo, así llama a sus hijos a hacerlo.
La Iglesia en sus orígenes vivió profundamente esta llamada de Jesús a la compasión, sensible al sufrimiento. Y a lo largo de los siglos hasta hoy no han faltado instituciones, asociaciones y personas al servicio de enfermos, hambrientos, refugiados… No se apagó nunca la compasión, pero a la vez se puso el acento en exceso en la cuestión de la culpa, y se relativizó la del sufrimiento. De ser una religión sensible al sufrimiento, pasó a ser una religión sensible al pecado. La primera mirada de Dios es para el sufrimiento de la criatura, y no para dar preeminencia a la culpa. Este espíritu de Jesús se recoge en las Bienaventuranzas, núcleo central de lo que vivió y enseño Jesús. Y que puede resumirse en esa palabra de la compasión.
Por eso las Bienaventuranzas son una bendición de Jesús, la manera que tiene Dios de amar. El camino que nos ofrece para asumir. Quien funda su vida en Dios, la funda sobre Jesucristo, vive como él. La vida de Jesucristo es muy humana, pero con una humanidad que nos lleva al conocimiento del Padre. Es la realización más sensata y acabada de la vida.
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