Alocución del P. José Alegre, abad de Poblet
Regla de San Benito, capítulo 5º: La obediencia
«El primer grado de humildad es una obediencia sin demora. Esta obediencia es propia de aquellos que ninguna cosa estiman tanto como a Cristo».
La respuesta que das hoy es que quieres «asumir este camino de la obediencia monástica, para configurarte más y más a Cristo, humilde y obediente». No olvides esta promesa a lo largo de tu vida, y te aseguro que dirán de ti: es un buen monje. ¿Y qué es un buen monje? El que se asimila, se configura a Cristo. El programa para esta asimilación a Cristo ya está hecho y experimentado a lo largo de los siglos. Mira, aquí tienes la experiencia de monjes venerables:
«Monje es un abismo de humildad que ha sometido y dominado en sí mismo todo espíritu malo» (Juan Clímaco, Escala 22,22). Todos tenemos necesidad de dominar este espíritu malo. Luego este es un buen consejo.
«Monje es aquel que ha apartado de su mente las cosas materiales, y que mediante la continencia, la caridad, la salmodia la plegaria tiene la mirada fija en Dios» (Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad 2,54). Nuestra mente no está totalmente alejada de lo material. Necesitamos estas gafas de la caridad, salmodia, meditación… para tener la mirada en Dios.
«Monje, de hecho es aquel que mira sólo a Dios, desea sólo a Dios, se dedica sólo a Dios, elige servir sólo a Dios, y viviendo en paz con Dios viene a ser un servidor de paz para los demás» (Teodoro Estudita, Pequeñas catequesis, 39).
Solo Dios basta, nada te turbe…, pues sí, nos turban todavía muchas cosas en la vida monástica, por ello tenemos necesidad de volver una y otra vez la mirada a Cristo que es el camino, que nos abre la ventana a la experiencia de Dios y a hacernos conscientes de que es verdad que todo se desvanece en este mundo rápidamente, y que sólo Dios basta, porque él permanece.
Desea ardientemente su paz. «Cristo es nuestra paz». Sólo él pacificará tu corazón. Si obedeces podrás vivir la alegría de ser pacificador de otros.
Esta obediencia monástica, como la pone de relieve otra de las preguntas del Abad es una escucha humilde y permanente de la Palabra de Cristo. Esta obediencia monástica no es sólo para ti sino que es para toda la comunidad como sugiere otra pregunta del abad: «obedecer a los superiores y buscar la voluntad de Dios practicando la obediencia en una escucha mutua con los demás miembros de la comunidad».
Puedes dar una mirada al camino recorrido en tu corta vida monástica. También podemos tener esta mirada los demás monjes que te acompañamos. Es muy posible que percibas que los momentos vividos con más paz interior, y con más alegría, son aquellos vividos a partir de un mandato recibido y realizado con una obediencia de corazón. Esos momentos vividos en la obediencia son momentos que nos centran la vida en profundidad, a no ser que uno esté tan descentrado que viene a ser una maquina humana tan desquiciada que no sirve sino para el desguace. Y ya sabemos que los desguaces son para que otros aprovechen piezas para sus máquinas.
Por esto yo quiero decirte con abbá Iperechio, que «el tesoro del monje es la obediencia. Quien la posee será escuchado por Dios y vivirá con confianza ante el Crucificado, porque el Señor se hizo obediente hasta la muerte». (Iperechio, 8).
Y todavía un matiz interesante que nos aporta abbá Mios: «Obediencia por obediencia:si uno obedece a Dios, Dios le obedece a él» (Abba Mios, 1).
No puede ser de otra forma, ya que vivir con fidelidad la obediencia es hacer nuestra la actitud de Cristo que se hizo obediente hasta la muerte. Cristo tiene como alimento hacer la voluntad del Padre, obedece en todo al Padre, y el Padre le obedece dándole la respuesta de confirmarle en su vida, en su doctrina, diciéndonos que tenía razón.
Así que la obediencia es el camino seguro, único, para llegar a Dios. Coloca a la criatura en el lugar que le corresponde dentro de la obra armónica de la creación. Si esa obediencia es perfecta, la mantiene completamente unida a la voluntad de Dios, y no de una manera estática, sino que moviéndose ambas voluntades al unísono hace que la humana colabore con la divina y sea una plasmación continua del deseo, del querer de Dios. San Benito ha comprendido la trascendencia de esta virtud a la luz de la figura de Cristo, en obediencia total a la voluntad del Padre. Para san Benito, la obediencia es, junto con la humildad, la base del ascetismo monástico, lo que nos pone en el camino de nuestra verdadera realización como monjes.
David, toma buena nota. Y no pierdas la agenda.
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13 de noviembre de 2014
19 de agosto de 2014
PROFESIÓN SOLEMNE DE F. BERNAT FOLCRÀ Y F. BORJA PEYRA
PROMESA DE OBEDIENCIA
Alocución del P. José Alegre, abad de Poblet
Regla de San Benito, capítulo 58
Fra Bernat y Fra Borja,
«Aquí estoy orque está escrito en el libro que cumpla tu voluntad. Dios mío, lo quiero, llevo Tu ley en las entrañas».
Sabemos que es el mismo Cristo quien ha hecho suyas estas palabras, antes que nosotros. Ahora es vuestro turno, Bernardo y Borja, y con vosotros también nosotros, la comunidad que os acompañamos queremos renovar el mensaje de estas palabras.
Toda la vida, día a día, puede ser vivida bajo el signo de estas palabras: «Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad». Por la mañana, al iniciar una nueva jornada, con la plegaria de Maitines: «Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad». Nosotros no sabemos lo que aquel día, cada día de la jornada monástica, nos reservará; solamente sabemos una cosa con certeza: «queremos hacer la voluntad de Dios». Nosotros, no sabemos con certeza como será el camino de cada día; pero es hermoso ponernos en camino hacia él con estas palabras en los labios: «Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad».
Es un buen pensamiento para empezar la jornada, para saltar del lecho, para caminar, aunque sea algo somnolientos, hacia la primera plegaria monástica. Luego, a lo largo del día, tenemos ocasión de repetir este pensamiento, cuando en diferentes momentos rezamos el Padrenuestro. Es la plegaria del mismo Cristo, es la plegaria que él por encima de todas las demás nos ha dejado y recomendado. Esforzaros por decir siempre esta plegaria con una conciencia y un deseo muy vivos.
Este pensamiento es primordial cuando vais a hacer vuestra consagración definitiva al Señor. Y ya no sólo por cumplir esta palabra esta palabras de compromiso de una obediencia que acabáis de hacer, sino sobre todo por el contenido de este compromiso.
«Asumir el camino de la obediencia monástica para configuraros más y más con Cristo humilde y obediente. Asumir el camino de la obediencia monástica como un modo de escucha humilde de la Palabra de Cristo a quién no queréis anteponer nada».
Además, este es el punto fundamental que recuerda la Regla en el capítulo que acabáis de leer: «Buscar a Dios. Una búsqueda mediante un profundo celo por el oficio divino, por la obediencia, por las humillaciones». Para buscar a Dios no hay más que un camino, el Camino que es Cristo, por esto la Regla recuerda en más de una ocasión «no anteponer nada a Cristo». Pero el retrato de Cristo, la imagen a contemplar de quien debe ser vuestro camino, os la acaba de dar la Regla: «Una búsqueda mediante un profundo celo por el oficio divino, por la obediencia, por las humillaciones».
Este es un primer paso muy importante y decisivo; pero la Regla en este mismo capítulo resalta otro punto que entra en este retrato de Cristo: «Incorporarse a la comunidad y en ella vivir como monje y ser obediente». Cristo nos dice en el evangelio: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Aquí no somos dos o tres, sino una comunidad y que nos hemos consagrado todos a buscar a este Dios que es el verdadero sentido de la vida del hombre.
Luego la obediencia es preciso vivirla en el seno de esta comunidad, con sus luces y sus sombras, con sus virtudes y sus defectos, dada nuestra condición de caminantes.
La obediencia que pide Benito no es una dependencia muda, como una máquina, sino una obediencia a la voluntad de Dios y al Espíritu que obra en todos. En la comunidad monástica todos existen para los demás. La precisión de una fidelidad de vida para los demás depende de cómo vivimos este pensamiento: «Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad».
Uno de los problemas más graves de Occidente es la tensión entre el grupo y el individuo. Nuestra cultura educa en el individualismo, y después le condena a vivir en grandes grupos. La Regla, en cambio, educa a vivir en comunidad. Aquí nos tenemos que preguntar la comunidad si nos dejamos educar. Nos educa como monjes, para que nos ayude a sacar desde dentro el buen espíritu que hemos recibido del Señor. Es importante en este sentido que seamos responsables. Y por supuesto que nos dejemos educar, sabiendo que la educación es una tarea que abarca a toda la vida de la persona.
La responsabilidad es la obediencia en el mejor sentido de la palabra. El servilismo es la obediencia en el peor sentido de la palabra. Una es interdependencia, la otra es dependencia. Un maestro decía a su discípulo: «Para encontrar la verdad debe tenerse una prontitud para admitir que se puede estar en el error», quiere decir que la plenitud de la vida depende de tener nuestro corazón abierto para encontrar a Dios, repetidamente, no en un inventarnos un camino justo para siempre y después permanece agazapados.
Benito nos pone en guardia: «Hay caminos que algunos llaman justos y que finalmente precipitan en el infierno» (RB 7).
Para nosotros, el camino es Cristo y su pedagogía es la que está contenida en las palabras del principio: «Aquí estoy para hacer tu voluntad». Rezad bien cada día el Padrenuestro y seréis unos buenos monjes.
Alocución del P. José Alegre, abad de Poblet
Regla de San Benito, capítulo 58
Fra Bernat y Fra Borja,
«Aquí estoy orque está escrito en el libro que cumpla tu voluntad. Dios mío, lo quiero, llevo Tu ley en las entrañas».
Sabemos que es el mismo Cristo quien ha hecho suyas estas palabras, antes que nosotros. Ahora es vuestro turno, Bernardo y Borja, y con vosotros también nosotros, la comunidad que os acompañamos queremos renovar el mensaje de estas palabras.
Toda la vida, día a día, puede ser vivida bajo el signo de estas palabras: «Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad». Por la mañana, al iniciar una nueva jornada, con la plegaria de Maitines: «Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad». Nosotros no sabemos lo que aquel día, cada día de la jornada monástica, nos reservará; solamente sabemos una cosa con certeza: «queremos hacer la voluntad de Dios». Nosotros, no sabemos con certeza como será el camino de cada día; pero es hermoso ponernos en camino hacia él con estas palabras en los labios: «Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad».
Es un buen pensamiento para empezar la jornada, para saltar del lecho, para caminar, aunque sea algo somnolientos, hacia la primera plegaria monástica. Luego, a lo largo del día, tenemos ocasión de repetir este pensamiento, cuando en diferentes momentos rezamos el Padrenuestro. Es la plegaria del mismo Cristo, es la plegaria que él por encima de todas las demás nos ha dejado y recomendado. Esforzaros por decir siempre esta plegaria con una conciencia y un deseo muy vivos.
Este pensamiento es primordial cuando vais a hacer vuestra consagración definitiva al Señor. Y ya no sólo por cumplir esta palabra esta palabras de compromiso de una obediencia que acabáis de hacer, sino sobre todo por el contenido de este compromiso.
«Asumir el camino de la obediencia monástica para configuraros más y más con Cristo humilde y obediente. Asumir el camino de la obediencia monástica como un modo de escucha humilde de la Palabra de Cristo a quién no queréis anteponer nada».
Además, este es el punto fundamental que recuerda la Regla en el capítulo que acabáis de leer: «Buscar a Dios. Una búsqueda mediante un profundo celo por el oficio divino, por la obediencia, por las humillaciones». Para buscar a Dios no hay más que un camino, el Camino que es Cristo, por esto la Regla recuerda en más de una ocasión «no anteponer nada a Cristo». Pero el retrato de Cristo, la imagen a contemplar de quien debe ser vuestro camino, os la acaba de dar la Regla: «Una búsqueda mediante un profundo celo por el oficio divino, por la obediencia, por las humillaciones».
Este es un primer paso muy importante y decisivo; pero la Regla en este mismo capítulo resalta otro punto que entra en este retrato de Cristo: «Incorporarse a la comunidad y en ella vivir como monje y ser obediente». Cristo nos dice en el evangelio: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Aquí no somos dos o tres, sino una comunidad y que nos hemos consagrado todos a buscar a este Dios que es el verdadero sentido de la vida del hombre.
Luego la obediencia es preciso vivirla en el seno de esta comunidad, con sus luces y sus sombras, con sus virtudes y sus defectos, dada nuestra condición de caminantes.
La obediencia que pide Benito no es una dependencia muda, como una máquina, sino una obediencia a la voluntad de Dios y al Espíritu que obra en todos. En la comunidad monástica todos existen para los demás. La precisión de una fidelidad de vida para los demás depende de cómo vivimos este pensamiento: «Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad».
Uno de los problemas más graves de Occidente es la tensión entre el grupo y el individuo. Nuestra cultura educa en el individualismo, y después le condena a vivir en grandes grupos. La Regla, en cambio, educa a vivir en comunidad. Aquí nos tenemos que preguntar la comunidad si nos dejamos educar. Nos educa como monjes, para que nos ayude a sacar desde dentro el buen espíritu que hemos recibido del Señor. Es importante en este sentido que seamos responsables. Y por supuesto que nos dejemos educar, sabiendo que la educación es una tarea que abarca a toda la vida de la persona.
La responsabilidad es la obediencia en el mejor sentido de la palabra. El servilismo es la obediencia en el peor sentido de la palabra. Una es interdependencia, la otra es dependencia. Un maestro decía a su discípulo: «Para encontrar la verdad debe tenerse una prontitud para admitir que se puede estar en el error», quiere decir que la plenitud de la vida depende de tener nuestro corazón abierto para encontrar a Dios, repetidamente, no en un inventarnos un camino justo para siempre y después permanece agazapados.
Benito nos pone en guardia: «Hay caminos que algunos llaman justos y que finalmente precipitan en el infierno» (RB 7).
Para nosotros, el camino es Cristo y su pedagogía es la que está contenida en las palabras del principio: «Aquí estoy para hacer tu voluntad». Rezad bien cada día el Padrenuestro y seréis unos buenos monjes.
20 de agosto de 2011
PROFESIÓN TEMPORAL DE FRAY BERNARDO FOLCRÀ Y DE FRAY BORJA PEYRA
Alocución del P. Abad José Alegre Vilas en la sala capitular
Salmo 50; Regla de San Benito 4
«Dios es excelso y tiene 100 misericordias. De éstas 99 se las retiene dentro y sólo una la ha manifestado al hombre. En virtud de ésta, las criaturas se muestran recíproca compasión: la madre se enternece del hijo y el animal es afectuoso con su criatura. Y cuando llegue el día de la Resurrección, Él juntará esta misericordia con las 99 y las pondrá sobre las criaturas y cada una será amplia como el cielo y la tierra» (Maestro místico del s. XI).
Conviene que meditemos mucho la primera parte de este salmo 50,1-11. La palabra del salmo necesita apoyarse en el silencio del corazón para percibir como dice Rilke «el soplo de una onda, el mensaje ininterrumpido que se forma del silencio» (p. 114).
Este mensaje nos habla de nuestro pecado. Nos conviene ser conscientes de modo permanente de nuestro pecado, como nos sugiere esta primera parte del salmo, sabiendo que la historia acaba siempre en la misericordia. Por ello la segunda parte arranca con un grito de epíclesis, de invocación del Espíritu, que nos introduce en el reino de la gracia, en la alegría de saberse amado de Dios, lo cual nos arrastra a vivir esa misericordia de Dios con todas las criaturas con profunda generosidad.
Aquí tenemos la sugerencia de un trabajo permanente en nuestra vida, que no será sino una positiva colaboración con el Dios que nos va creado un corazón nuevo. Como dice el v. 8, que nos sugiere que Dios mismo trabaja en la intimidad del hombre para que adquiera sensatez y se manifieste en consecuencia con sabiduría. El perdón de Dios supone ser «tocados» por su amor, lo cual nos da una sabiduría que luego tiene repercusión en la vida concreta. Dice san Agustín:
«Sabemos que la hierba hisopo es una planta humilde, pero medicinal, y que, según se dice, se adhiere con la raíz a las piedras. De aquí se tomó la semejanza con el misterio de la limpieza del corazón. Adhiere tú también la raíz del amor a tu piedra; sé humilde ante tu Dios; humilde para que seas excelso con tu Dios glorificado. Si eres rociado con el hisopo, te limpiará la humildad de Cristo. No desprecies la hierba; atiende a la efectividad del medicamento» (Comentario al salmo 50).
Y atender a la efectividad de este medicamento del hisopo en también, como dice san Bernardo: «Vigilar la construcción de este edificio espiritual que sois vosotros» (1 Co 3,17). I sigue diciendo Bernardo: «Tened cuidado de elegir las vigas cuya madera no se pudra, tales como el temor de Dios, que dura por los siglos (Sab 18,10); la paciencia, pues según la Escritura la paciencia de los pobres no perecerá (Sal 9,19); la longanimidad, que no perece bajo el peso de ninguna construcción y perdura por los siglos, como ha dicho el Salvador: "Quien persevera hasta el final será salvado" (Mt 10,22); pero sobre todo la caridad que no muere jamás (Cant 8,6). Luego fijad este armazón otras maderas igualmente bellas, con las que haréis los artesonados y ornamentos de vuestra casas: los propósitos de sabiduría o de ciencia, la exégesis de los textos, o cosas semejantes, más bien propias para adornar que para proporcionar la salvación. Puedo poseer abundancia de estas maderas en la Iglesia, jardín del Esposo, que está llena de ellas: la paz, la bondad, la dulzura, la alegría en el Espíritu Santo, la piedad alegremente ejercitada, la limosna hecha con sencillez, llorar con los que lloran. Dame, te suplico estas maderas, para que pueda presentarte siempre acogedora la cámara nupcial de la conciencia: de mi conciencia y de la de los otros» (Sermón 46, sobre el Cantar).
Construir una casa, o levantar este edificio espiritual, requiere un trabajo entregado por parte nuestra. Trabajar fuerte y generosamente en nuestro taller. Y el taller hemos oído en la lectura de la Regla es el monasterio. El monasterio, nuestro obrador. «Obrador» es una palabra que hace referencia a un «taller de obras manuales». Por ejemplo un obrador es el taller de cerámica, donde hay que manejar el barro, combinar en el los colores… para que finalmente obtengamos un a obra bella; semejante podríamos de dice del taller de encuadernación, e incluso, ampliando nuestra mirada, el mismo huerto. Aquí se trabaja en obras materiales, y obtenemos un resultado material, bello, necesario, pero en definitiva material. El obrador del que os habla hoy la regla es un trabajo que os ayude a preparar la casa interior, a hacer la obra del corazón.
Evidentemente aquí los materiales son muchos más y mucho más diversos. Nada menos que 74 sugerencias muy concretas, tomadas de la Biblia y de los Santos Padres, para lo cual nos ha prometido la recompensa: ver el que ningún ojo ha visto nunca, ni ha presentido el corazón del hombre, lo que Dios tiene preparado para los que le aman.
O sea que lo vuestro, y lo nuestro, es un trabajo permanente, espiritual, que vaya dominando sobre cualquier otro trabajo. Empieza con una invitación a amar a Dios, con todo el corazón. Dios siempre es la primera referencia, él tiene también la iniciativa del amor. Y acaba con el recuerdo de que todo lo envuelve la misericordia de Dios. La primera y la última palabra de todos los materiales de nuestro trabajo espiritual es la misma: Dios. Palabra que es perdón y amor. Dos palabras muy a tener presentes en la vida del monje. Todo está en las manos de Dios.
En las sentencias más decisivas y como razón última de la existencia del monje y como objeto y garantía de su amor, «no anteponer nada a Cristo».
En este catálogo aparecen repetidas sobre todo dos palabras: amar, desear.
Y con la luz y el estímulo de estas dos palabras en el taller del monasterio se ha de ir combinando y utilizando en cada momento los materiales apropiados de este capítulo 4, para ir haciendo el camino de una vida espiritual, que será la edificación de la casa interior.
Por ejemplo en los momentos que está en el coro, seguramente no tendrá la preocupación de darse al vino, o ser goloso o dormidor, pero quizás tendrá que tener en cuenta de esclafar los malos pensamientos contre al Cristo, o de escuchar con gusto las lecturas santas. O sea que en el obrador monástico cada cosa tiene su tiempo, y lo importante será vivir cada situación, cada tiempo, de acuerdo a la exigencia del momento. Eso sí procurando que de este obrador monástico salga una obra bien hecha.
El objetivo pues, construir la casa interior. O como escribe Ester de Vaal: «Transformar la vida a imagen de Cristo. Cuando el Espíritu atrapa nuestra imaginación, se reconfiguran nuestros deseos, esperanzas y valores, la forma que tenemos cada uno de ver el mundo; en definitiva toda la vida humana. Por lo tanto, redescubrir la imaginación es un paso importante para aprender a responder a lo que Dios está haciendo en nuestras vidas y a nuestro alrededor».
Salmo 50; Regla de San Benito 4
«Dios es excelso y tiene 100 misericordias. De éstas 99 se las retiene dentro y sólo una la ha manifestado al hombre. En virtud de ésta, las criaturas se muestran recíproca compasión: la madre se enternece del hijo y el animal es afectuoso con su criatura. Y cuando llegue el día de la Resurrección, Él juntará esta misericordia con las 99 y las pondrá sobre las criaturas y cada una será amplia como el cielo y la tierra» (Maestro místico del s. XI).
Conviene que meditemos mucho la primera parte de este salmo 50,1-11. La palabra del salmo necesita apoyarse en el silencio del corazón para percibir como dice Rilke «el soplo de una onda, el mensaje ininterrumpido que se forma del silencio» (p. 114).
Este mensaje nos habla de nuestro pecado. Nos conviene ser conscientes de modo permanente de nuestro pecado, como nos sugiere esta primera parte del salmo, sabiendo que la historia acaba siempre en la misericordia. Por ello la segunda parte arranca con un grito de epíclesis, de invocación del Espíritu, que nos introduce en el reino de la gracia, en la alegría de saberse amado de Dios, lo cual nos arrastra a vivir esa misericordia de Dios con todas las criaturas con profunda generosidad.
Aquí tenemos la sugerencia de un trabajo permanente en nuestra vida, que no será sino una positiva colaboración con el Dios que nos va creado un corazón nuevo. Como dice el v. 8, que nos sugiere que Dios mismo trabaja en la intimidad del hombre para que adquiera sensatez y se manifieste en consecuencia con sabiduría. El perdón de Dios supone ser «tocados» por su amor, lo cual nos da una sabiduría que luego tiene repercusión en la vida concreta. Dice san Agustín:
«Sabemos que la hierba hisopo es una planta humilde, pero medicinal, y que, según se dice, se adhiere con la raíz a las piedras. De aquí se tomó la semejanza con el misterio de la limpieza del corazón. Adhiere tú también la raíz del amor a tu piedra; sé humilde ante tu Dios; humilde para que seas excelso con tu Dios glorificado. Si eres rociado con el hisopo, te limpiará la humildad de Cristo. No desprecies la hierba; atiende a la efectividad del medicamento» (Comentario al salmo 50).
Y atender a la efectividad de este medicamento del hisopo en también, como dice san Bernardo: «Vigilar la construcción de este edificio espiritual que sois vosotros» (1 Co 3,17). I sigue diciendo Bernardo: «Tened cuidado de elegir las vigas cuya madera no se pudra, tales como el temor de Dios, que dura por los siglos (Sab 18,10); la paciencia, pues según la Escritura la paciencia de los pobres no perecerá (Sal 9,19); la longanimidad, que no perece bajo el peso de ninguna construcción y perdura por los siglos, como ha dicho el Salvador: "Quien persevera hasta el final será salvado" (Mt 10,22); pero sobre todo la caridad que no muere jamás (Cant 8,6). Luego fijad este armazón otras maderas igualmente bellas, con las que haréis los artesonados y ornamentos de vuestra casas: los propósitos de sabiduría o de ciencia, la exégesis de los textos, o cosas semejantes, más bien propias para adornar que para proporcionar la salvación. Puedo poseer abundancia de estas maderas en la Iglesia, jardín del Esposo, que está llena de ellas: la paz, la bondad, la dulzura, la alegría en el Espíritu Santo, la piedad alegremente ejercitada, la limosna hecha con sencillez, llorar con los que lloran. Dame, te suplico estas maderas, para que pueda presentarte siempre acogedora la cámara nupcial de la conciencia: de mi conciencia y de la de los otros» (Sermón 46, sobre el Cantar).
Construir una casa, o levantar este edificio espiritual, requiere un trabajo entregado por parte nuestra. Trabajar fuerte y generosamente en nuestro taller. Y el taller hemos oído en la lectura de la Regla es el monasterio. El monasterio, nuestro obrador. «Obrador» es una palabra que hace referencia a un «taller de obras manuales». Por ejemplo un obrador es el taller de cerámica, donde hay que manejar el barro, combinar en el los colores… para que finalmente obtengamos un a obra bella; semejante podríamos de dice del taller de encuadernación, e incluso, ampliando nuestra mirada, el mismo huerto. Aquí se trabaja en obras materiales, y obtenemos un resultado material, bello, necesario, pero en definitiva material. El obrador del que os habla hoy la regla es un trabajo que os ayude a preparar la casa interior, a hacer la obra del corazón.
Evidentemente aquí los materiales son muchos más y mucho más diversos. Nada menos que 74 sugerencias muy concretas, tomadas de la Biblia y de los Santos Padres, para lo cual nos ha prometido la recompensa: ver el que ningún ojo ha visto nunca, ni ha presentido el corazón del hombre, lo que Dios tiene preparado para los que le aman.
O sea que lo vuestro, y lo nuestro, es un trabajo permanente, espiritual, que vaya dominando sobre cualquier otro trabajo. Empieza con una invitación a amar a Dios, con todo el corazón. Dios siempre es la primera referencia, él tiene también la iniciativa del amor. Y acaba con el recuerdo de que todo lo envuelve la misericordia de Dios. La primera y la última palabra de todos los materiales de nuestro trabajo espiritual es la misma: Dios. Palabra que es perdón y amor. Dos palabras muy a tener presentes en la vida del monje. Todo está en las manos de Dios.
En las sentencias más decisivas y como razón última de la existencia del monje y como objeto y garantía de su amor, «no anteponer nada a Cristo».
En este catálogo aparecen repetidas sobre todo dos palabras: amar, desear.
Y con la luz y el estímulo de estas dos palabras en el taller del monasterio se ha de ir combinando y utilizando en cada momento los materiales apropiados de este capítulo 4, para ir haciendo el camino de una vida espiritual, que será la edificación de la casa interior.
Por ejemplo en los momentos que está en el coro, seguramente no tendrá la preocupación de darse al vino, o ser goloso o dormidor, pero quizás tendrá que tener en cuenta de esclafar los malos pensamientos contre al Cristo, o de escuchar con gusto las lecturas santas. O sea que en el obrador monástico cada cosa tiene su tiempo, y lo importante será vivir cada situación, cada tiempo, de acuerdo a la exigencia del momento. Eso sí procurando que de este obrador monástico salga una obra bien hecha.
El objetivo pues, construir la casa interior. O como escribe Ester de Vaal: «Transformar la vida a imagen de Cristo. Cuando el Espíritu atrapa nuestra imaginación, se reconfiguran nuestros deseos, esperanzas y valores, la forma que tenemos cada uno de ver el mundo; en definitiva toda la vida humana. Por lo tanto, redescubrir la imaginación es un paso importante para aprender a responder a lo que Dios está haciendo en nuestras vidas y a nuestro alrededor».
15 de agosto de 2011
ASUNCIÓN DE SANTA MARÍA VIRGEN
Profesión solemne de fray Edwin Oblitas Vera
Homilía predicada por el P. José Alegre Vilas, abad de Poblet
Apoc 11,19; 12,1.3-6.10; Sal 44,11-12.16; 1Cor 15,20-26; Lc 1,39-56
Hoy, como acabamos de escuchar en la lectura del Apocalipsis, vuelve a aparecer en el cielo un gran prodigio: una mujer que tiene el sol por vestido, la luna bajo sus pies y en la cabeza una corona de doce estrellas. En el cielo un gran prodigio y en la tierra la solemnidad de la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma a los cielos. «Un regalo de gran precio —como escribe san Bernardo— porque es el sello de una feliz alianza entre el mundo humano y el mundo divino, entre la tierra y el cielo. El mejor fruto de nuestra tierra que enviamos allá de donde descienden todos los dones y las gracias». El mejor regalo, el mejor fruto que enviamos al cielo, pero también la firme esperanza de que esta tierra nuestra sigue siendo una buena tierra para continuar nuestra respuesta, nuestra ofrenda singular a Dios.
Nuestra reina nos ha precedido, y ha recibido una acogida tan maravillosa que podemos con toda confianza, nosotros, sus humildes servidores, seguir sus pasos gritando con la Esposa del cantar: «llévanos tras de ti, corremos al olor de tus perfumes» (Cant 1,3).
«La Virgen gloriosa subiendo hoy al cielo ha aumentado la felicidad de los que lo habitan», escribe con profundo y atrevido amor san Bernardo. Admiración que también hace decir al poeta: «Oh tú, sabrosa, óleo que la altura quiere, borde de humo azul que del incensario sube».
Sabrosa, sabiduría viva, vibrante, que despierta aquel rincón más íntimo y genuino de nuestro ser. Ser hecho para la eternidad. Óleo, que la altura quiere, diseñado ya antes de toda la creación. Diseño de la primera casa que Dios hace para sí mismo. Dice el evangelio: «Jesús entró en la ciudad y una mujer le recibió en su casa» (Lc 10,38). Lucas el pintor de la Virgen, quizás no hace sino recordar ese «óleo que la altura reclama»: Dios entró en el mundo y una mujer le recibió en su casa.
Dios sigue viniendo al mundo y tú, yo, nosotros… estamos llamados a recibirlo en nuestra casa. Un Dios que está ya, de alguna manera, en gestación dentro de cada uno de nosotros.
Dios entró en el mundo y una mujer lo recibió en su casa. Dios sigue viniendo a su casa del mundo para encontrar al hombre. El objetivo de la vida monástica es "buscar a Dios". Quien se consagra como monje a vivir una vida monástica se consagra a una cosa tan sencilla como esto: buscar a Dios. Buscar a Aquel que da valor a la vida, y esto es encontrar la Vida misma. Ahora bien la búsqueda de Dios requiere un cultivo de la Palabra. La Palabra nos abre el camino para buscar a Dios. Por esto san Benito establece una Escuela del Servicio Divino, en la cual es importante el ejercicio de la Palabra. La Palabra nos hace estar atentos unos a otros. Y esto abre al nacimiento de una comunidad. Por ello el monje busca a Dios en el seno de una comunidad. Esto viene a exigir otros valores necesarios en la búsqueda de Dios: el silencio, el diálogo, el encuentro, un trabajo bien hecho, vivir el tiempo, cada momento con el gozo del trabajo bien hecho.
Todos estos valores que la Regla de san Benito viene a resumir en dos palabras: «Ora et labora». De aquí nace un talante de vida nuevo, diferente. Pero de este talante nuevo, nos puede decir algo contemplar la escena del Evangelio que hemos escuchado. Contemplar unos instantes el evangelio para comprender este movimiento de Dios en la casa del mundo, en la casa de Isabel, en la casa de María.
«Ella, María —escribe san Bernardo— es aquella cuyo saludo basta para hacer saltar de alegría el niño todavía en el seno de su madre». La escena es de una belleza singular, una belleza inmortalizada en innumerables ocasiones, en los lienzos, en los retablos de artistas de todo el mundo.
María llama a la puerta de la casa de Isabel. Esta abre la puerta y se entusiasma. Y fruto de este entusiasmo grita una palabra de bendición: «eres bendita entre todas las mujeres. Al oírte el niño ha saltado en mis entrañas».
Y María la esclava del Señor calla, y deja que hable Dios, deja que hable el Verbo que agita sus entrañas. Y en esa agitación vuelve a desplegarse el amor de Dios a toda la humanidad.
Un amor que se recoge en el canto único del Magníficat. Lo que el pueblo judío había hecho a lo largo de su historia: el recuerdo de las maravillas de Dios, vividas y enseñadas de esta manera a sus hijos, para que este amor se revitalizase permanentemente, Santa María vuelve a recordarlo con el sabor de la plenitud de los tiempos. María recuerda las grandezas de Dios. María recuerda la obra de Dios. Pero María nos recuerda que esta obra continúa con fuerza incontenible hacia el futuro. O que este futuro ya está aquí y ahora. Tan solo hay que dejar que nos abrace el amor de Dios que nos transforma, que nos resucita.
Por esto nuestra alma, como la de María, debe engrandecer al Señor, que nos mira, a pesar de todo, en nuestra pequeñez. Su santidad y su amor se extienden de generación en generación. Y llegan hasta nosotros. Para que hagamos la obra de Dios. La obra que exalta a los humildes, que mira con predilección a los pobres, a los sencillos.
Dios no olvida, el recuerdo de Dios recoge el amor desde el inicio; su amor, yo diría que crece con sus obras, y por ello su amor llega de generación en generación. Santa María sabe en su recuerdo de esta obra de Dios en la historia de su pueblo y en su propia existencia, y por ello canta: todas las generaciones me llamaran bienaventurada.
El poeta también canta este misterio cuando escribe: «Como en el ojo de una aguja
quiere enhebrarse en ti la larga mirada mía antes que te sustraigas a lo visible».
Querido Edwin, como en el ojo de una aguja, es importante enhebrarse en Santa María. En esta solemnidad de la Asunción quieres consagrarte al Señor en la vida cisterciense, que mira y celebra a Santa María en su Asunción a los cielos de una manera singular, y vivir como monje. Que tu vida monástica vaya configurándose, enhebrándose, a santa María. Deja que, día a día, ella tire de ti. Tienes virtudes en tu vida que te acercan a ella: eres un monje que habla poco, eres un monje que hace con diligencia sus trabajos. Es el «Ora et Labora» monástico, dos palabras que caen bien a la vida monástica. Al monje que desea serlo. Deja que Santa María tire siempre de ti. Porque ella está siempre cerca de nosotros. Que ella sea siempre una referencia principal para ti. La paz y la alegría de Dios no te faltaran. Y tú serás también fuente de paz y de alegría para la comunidad.
Homilía predicada por el P. José Alegre Vilas, abad de Poblet
Apoc 11,19; 12,1.3-6.10; Sal 44,11-12.16; 1Cor 15,20-26; Lc 1,39-56
Hoy, como acabamos de escuchar en la lectura del Apocalipsis, vuelve a aparecer en el cielo un gran prodigio: una mujer que tiene el sol por vestido, la luna bajo sus pies y en la cabeza una corona de doce estrellas. En el cielo un gran prodigio y en la tierra la solemnidad de la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma a los cielos. «Un regalo de gran precio —como escribe san Bernardo— porque es el sello de una feliz alianza entre el mundo humano y el mundo divino, entre la tierra y el cielo. El mejor fruto de nuestra tierra que enviamos allá de donde descienden todos los dones y las gracias». El mejor regalo, el mejor fruto que enviamos al cielo, pero también la firme esperanza de que esta tierra nuestra sigue siendo una buena tierra para continuar nuestra respuesta, nuestra ofrenda singular a Dios.
Nuestra reina nos ha precedido, y ha recibido una acogida tan maravillosa que podemos con toda confianza, nosotros, sus humildes servidores, seguir sus pasos gritando con la Esposa del cantar: «llévanos tras de ti, corremos al olor de tus perfumes» (Cant 1,3).
«La Virgen gloriosa subiendo hoy al cielo ha aumentado la felicidad de los que lo habitan», escribe con profundo y atrevido amor san Bernardo. Admiración que también hace decir al poeta: «Oh tú, sabrosa, óleo que la altura quiere, borde de humo azul que del incensario sube».
Sabrosa, sabiduría viva, vibrante, que despierta aquel rincón más íntimo y genuino de nuestro ser. Ser hecho para la eternidad. Óleo, que la altura quiere, diseñado ya antes de toda la creación. Diseño de la primera casa que Dios hace para sí mismo. Dice el evangelio: «Jesús entró en la ciudad y una mujer le recibió en su casa» (Lc 10,38). Lucas el pintor de la Virgen, quizás no hace sino recordar ese «óleo que la altura reclama»: Dios entró en el mundo y una mujer le recibió en su casa.
Dios sigue viniendo al mundo y tú, yo, nosotros… estamos llamados a recibirlo en nuestra casa. Un Dios que está ya, de alguna manera, en gestación dentro de cada uno de nosotros.
Dios entró en el mundo y una mujer lo recibió en su casa. Dios sigue viniendo a su casa del mundo para encontrar al hombre. El objetivo de la vida monástica es "buscar a Dios". Quien se consagra como monje a vivir una vida monástica se consagra a una cosa tan sencilla como esto: buscar a Dios. Buscar a Aquel que da valor a la vida, y esto es encontrar la Vida misma. Ahora bien la búsqueda de Dios requiere un cultivo de la Palabra. La Palabra nos abre el camino para buscar a Dios. Por esto san Benito establece una Escuela del Servicio Divino, en la cual es importante el ejercicio de la Palabra. La Palabra nos hace estar atentos unos a otros. Y esto abre al nacimiento de una comunidad. Por ello el monje busca a Dios en el seno de una comunidad. Esto viene a exigir otros valores necesarios en la búsqueda de Dios: el silencio, el diálogo, el encuentro, un trabajo bien hecho, vivir el tiempo, cada momento con el gozo del trabajo bien hecho.
Todos estos valores que la Regla de san Benito viene a resumir en dos palabras: «Ora et labora». De aquí nace un talante de vida nuevo, diferente. Pero de este talante nuevo, nos puede decir algo contemplar la escena del Evangelio que hemos escuchado. Contemplar unos instantes el evangelio para comprender este movimiento de Dios en la casa del mundo, en la casa de Isabel, en la casa de María.
«Ella, María —escribe san Bernardo— es aquella cuyo saludo basta para hacer saltar de alegría el niño todavía en el seno de su madre». La escena es de una belleza singular, una belleza inmortalizada en innumerables ocasiones, en los lienzos, en los retablos de artistas de todo el mundo.
María llama a la puerta de la casa de Isabel. Esta abre la puerta y se entusiasma. Y fruto de este entusiasmo grita una palabra de bendición: «eres bendita entre todas las mujeres. Al oírte el niño ha saltado en mis entrañas».
Y María la esclava del Señor calla, y deja que hable Dios, deja que hable el Verbo que agita sus entrañas. Y en esa agitación vuelve a desplegarse el amor de Dios a toda la humanidad.
Un amor que se recoge en el canto único del Magníficat. Lo que el pueblo judío había hecho a lo largo de su historia: el recuerdo de las maravillas de Dios, vividas y enseñadas de esta manera a sus hijos, para que este amor se revitalizase permanentemente, Santa María vuelve a recordarlo con el sabor de la plenitud de los tiempos. María recuerda las grandezas de Dios. María recuerda la obra de Dios. Pero María nos recuerda que esta obra continúa con fuerza incontenible hacia el futuro. O que este futuro ya está aquí y ahora. Tan solo hay que dejar que nos abrace el amor de Dios que nos transforma, que nos resucita.
Por esto nuestra alma, como la de María, debe engrandecer al Señor, que nos mira, a pesar de todo, en nuestra pequeñez. Su santidad y su amor se extienden de generación en generación. Y llegan hasta nosotros. Para que hagamos la obra de Dios. La obra que exalta a los humildes, que mira con predilección a los pobres, a los sencillos.
Dios no olvida, el recuerdo de Dios recoge el amor desde el inicio; su amor, yo diría que crece con sus obras, y por ello su amor llega de generación en generación. Santa María sabe en su recuerdo de esta obra de Dios en la historia de su pueblo y en su propia existencia, y por ello canta: todas las generaciones me llamaran bienaventurada.
El poeta también canta este misterio cuando escribe: «Como en el ojo de una aguja
quiere enhebrarse en ti la larga mirada mía antes que te sustraigas a lo visible».
Querido Edwin, como en el ojo de una aguja, es importante enhebrarse en Santa María. En esta solemnidad de la Asunción quieres consagrarte al Señor en la vida cisterciense, que mira y celebra a Santa María en su Asunción a los cielos de una manera singular, y vivir como monje. Que tu vida monástica vaya configurándose, enhebrándose, a santa María. Deja que, día a día, ella tire de ti. Tienes virtudes en tu vida que te acercan a ella: eres un monje que habla poco, eres un monje que hace con diligencia sus trabajos. Es el «Ora et Labora» monástico, dos palabras que caen bien a la vida monástica. Al monje que desea serlo. Deja que Santa María tire siempre de ti. Porque ella está siempre cerca de nosotros. Que ella sea siempre una referencia principal para ti. La paz y la alegría de Dios no te faltaran. Y tú serás también fuente de paz y de alegría para la comunidad.
21 de noviembre de 2009
PROFESIÓN REGULAR DE OBEDIENCIA DE F. JOSÉ ANTONIO PERAMOS
Alocución pronunciada por el P. Abad José Alegre en la sala capitular
Regla de San Benito, capítulo 5º
La obediencia
El reino de los cielos está místicamente en tu interior.
Estas son las bondades que están ocultas dentro de nosotros
y desde allí resplandecen en el exterior
gracias a una vida vivida serenamente.
La persona que se ha comprometido con Dios
mediante la fe y la oración
ya no será atormentada
por la preocupación de sí misma.
(Isaac de Nínive)
Estas palabras de Isaac de Nínive nos vienen a confirmar aquello de que el monje es el que busca a Dios, y lo busca porque ya lo ha encontrado. El reino de los cielos está dentro de ti. Dios reside en el centro más íntimo de tu ser. Pero nuestra vida se mueve en un movimiento desde fuera hacia dentro y desde dentro hacia fuera. Comprometerse con Dios es poner cada día nuestro esfuerzo por llegar al centro profundo de nuestro ser. Hacernos conscientes de la presencia de Dios.
Para esto necesitamos la pedagogía divina. ¿Y que nos enseña ésta? Que Dios ha salido de su misterio escondido, y se ha manifestado, se ha rebajado, haciéndose hombre, y desde aquí ha vivido una experiencia de continua obediencia al Padre, y también de obediencia a los hombres. Pues como dice Él mismo no ha venido a que le sirvan sino a servir y dar la vida. Y el camino para realizar esto es la obediencia.
Esta obediencia que es propia de aquellos que nada aman más que Cristo. Solamente esta actitud de imitar a Cristo, de vivir para Él y con Él, puede dar sentido y justificar nuestra existencia monástica. Cristo es el gran obediente. Toda nuestra vida debe ser una respuesta de libertad a Cristo, el Único que puede exigirnos todo sin alienarnos. Y venimos al monasterio porque queremos aceptar esa exigencia de Cristo sobre nuestra vida. Solo Dios, en su amor absoluto puede pedir y conseguir del hombre que se entregue totalmente, a la vez que le abre a horizontes de más libertad.
La obediencia hace salir al hombre del aislamiento egoísta, y del encogimiento mediocre sobre sí mismo. Y es la obediencia la que libera al monje de la incomunicación con Dios y con los hermanos y le empuja a correr por el camino del servicio humilde y del amor abnegado. Suele haber en las comunidades monásticas monjes o monjas que se quejan de falta de comunicación. Suelen ser también esos monjes o monjas, personas que viven muy superficialmente su relación con Dios, y que en la relación con los demás miembros se buscan a sí mismos. La obediencia es el mejor camino de libertad, que nos lleva siempre, si es auténtica a un servicio generoso hacia los demás. Todo lo demás serán palabras vanas, o folklore sin color.
Y para que veáis que no son meras palabras mías, contemplad el ejemplo de Cristo, interiorizad sus palabras, sus gestos. Considerad también los muchos esclarecidos testigos de Cristo que a lo largo de la historia ha habido en los espacios monásticos.
La prontitud en el obedecer que Benito describe con riqueza de imágenes —escucha, manos vacías, pies dispuestos, subir a la vida, camino estrecho, comunidad— es un síntoma positivo de una disponibilidad gozosa. Porque Dios ama al que da con alegría.
Algo grande es la obediencia, tanto que solo llegan a vivirla plenamente los monjes humana y cristianamente maduros
La obediencia no va por los caminos de actitudes infantiles de falta de sumisión, de medio de domesticar, o tácticas de ciertas astucias para lograr salir con lo nuestro en ciertas situaciones anecdóticas de la experiencia cotidiana de la vida.
La obediencia es algo grande cuando la vivimos todos y cada uno, y toda la comunidad empeñados en ir conociendo la voluntad de Dios.
La obediencia es algo grande cuando la vivimos todos y cada uno, y toda la comunidad, empeñados en contrastar nuestra vida con las exigencias de la Regla y del Evangelio, a fin de ir madurando cada día, humana y cristianamente, abiertos a un seguimiento sincero, apasionado de Cristo.
1 de noviembre de 2009
INICIO DEL NOVICIADO Y VESTICIÓN DE FRAY DAVID RENART
Alocución pronunciada por el P. José Alegre, abad de Poblet, en la sala capitular
Regla de san Benito, capítulo 72
El buen celo que han de tener los monjes
Nuestro modo de pensar es el de Cristo (1Cor 1, 16). Anhelamos vestirnos encima la morada que viene del cielo… No querríamos quitarnos lo que tenemos puesto, sino vestirnos encima de modo que lo mortal quede absorbido por la vida (2Cor 5, 3). Revestiros de ese hombre nuevo, creado a imagen de Dios (Ef 4, 24). Vestíos de ternura entrañable, de agrado, de humildad, sencillez, tolerancia, perdonaos cuando uno tenga quejas contra otro… Interiormente que la paz del Mesías tenga la última palabra (Col 3, 12).
Lo que Dios ha empezado en ti, que lo lleve a término… ESCUCHA, David. ESCUCHA, hoy y cada día de los sucesivos, esta Palabra de la Escritura que acabo de leer. Aquí tienes el auténtico hábito, siempre nuevo, siempre dispuesto para ti. No olvides esta Palabra de la Escritura y recuérdala ejercitando la primera palabra de la Regla: ESCUCHA.
Entonces lo que Dios ha empezado en ti, lo llevará Él mismo a feliz término. Esta obra buena que comenzó en tu familia, con tus padres, Salvador y Luisa… En tu camino, hasta aquí, hubo luces y sombras. Pero, gracias a la obra buena que el Señor comenzó en ti, y que fue encontrando unas circunstancias favorables en tu ambiente, ha ido tomando fuerza la luz. Hoy quieres corresponder a la obra buena de Dios con la respuesta generosa de entregarte más a Él. De esta manera, va madurando la obra buena con un crecimiento en tu vida espiritual.
Y lo quieres hacer en una comunidad monástica, en esta comunidad de Poblet. La comunidad ayuda con sus virtudes que, evidentemente, las tiene. Una comunidad siempre es positiva para la persona. Sea la familia, comunidad religiosa, civil, eclesial… También ayuda con sus defectos, que, evidentemente, también los tiene. Tú, también los tienes. Pero quien navega con sabiduría, y la ayuda del Señor, que la tendrás si la buscas, sabe aprovechar los vientos favorables y los desfavorables. Y crece en la vida del Espíritu. ¡Vive la vida monástica! ¡Crece!
Empiezas este camino con el símbolo importante de dejar una prenda que llevabas hasta ahora por fuera. Un gesto simbólico pero lleno de vida. Aprovéchalo. Vive este gesto simbólico cada día.
Eres una persona con gusto, ordenada, que busca cuidar los detalles. Buscas cuidar el estilo, el color, la marca… Esto está bien. Una buena base para una vida monástica. Pero ante esta nueva opción que haces de cara al Señor, Él te llama a un cambio importante. Y te sugiero que, si eres generoso en tu respuesta, hallarás buena y nueva respuesta generosa por parte del Señor. Él, no se deja ganar en generosidad.
Hay que darle la vuelta a la camisa. Cambiar de marca, color, estilo… Te revistes de una nueva prenda, de un hábito. Blanco. Aquí no hay colores. Todo lo debe llenar el color de Dios. Ahora es necesario también cuidar el color, el estilo, la marca. Pero por dentro. El interior. Lo importante ahora es el color de Dios en tu corazón. Lo demás es basura. Que lo mortal sea absorbido por la vida, dice la Palabra. Entonces crecerá tu alegría y tu paz.
Tienes este capítulo 72 como punto de referencia para ir asumiendo en tu vida la Palabra de Dios que te irá revistiendo con una vida nueva. Es una página de gran vigor espiritual, propio de un hombre de Dios. Y para un hombre de Dios, o que quiere ser de Dios. Este capítulo nos ofrece una clave para leer la Regla. Aquí está la raíz de todas las vidas monásticas, de las que han alcanzado su objetivo y de las que no lo han alcanzado.
El buen celo que deben tener los monjes, hace referencia a la actitud primordial, gracias a la cual la vida del monje se convierte en camino de fuego hacia la plenitud de la caridad, sin la cual la vida se reduce a un conjunto de frustraciones.
La vida de comunidad es exigente y requiere un largo aprendizaje. Y en esta vida comunitaria el novicio está llamado a aprender contemplando la comunidad, la auténtica maestra de novicios. Sin caer en el peligro evidente de juzgar. Contemplarlo todo y quedarse con lo bueno para que se vaya encendiendo ese fuego interior.
De los ocho puntos que concretamente recomienda, cinco se refiere a relaciones dentro de la comunidad. Lo cual es bastante elocuente de lo fundamental que es vivir una buena relación humana y de fe dentro de la comunidad. Luego hay otros tres puntos: Dios, Cristo y el abad, que estarán para ayudarte a caminar con esperanza, para que llevados por el mismo Espíritu lleguemos juntos a la vida eterna.
Escucha, guarda, vive, este capítulo 72 de la Regla, para que tu corazón se sienta arropado con el vestido siempre nuevo de la Palabra divina.
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