PROFESIÓN SOLEMNE DE FRAY DAVID RENART
Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
2Cr 5,6-10.13-6,2; Salmo 83; 1Pe 2,4-9; Lc 19,1-10
«¿Qué nos dice la fiesta de la dedicación del templo? Que en el corazón del mundo, ante la mirada de Dios y de los hombres levantamos un templo material. Un templo que es el signo visible de Dios invisible. Un templo para que los hombres se pongan ante el misterio de Dios; para adentrarse y vivir la experiencia de este misterio de Dios. Es la dedicación a Dios de un espacio sagrado para ser definitivamente Dios con los hombres». (Benedicto XVI)
Un espacio sagrado para vivir nuestro encuentro con Dios. Como Zaqueo. El templo es la higuera a la que nos subimos para ver a Jesús. Zaqueo tenía deseos de ver a Jesús, trataba de distinguir a Jesús. Ha oído hablar de él, pero no se han encontrado todavía. El deseo le llevará no sólo a encontrarlo sino a recibirlo en su casa. Y esto tendrá unas consecuencias profundas en su vida. Unas consecuencias muy positivas, también, para la vida de los demás.
Para vivir este deseo haces la Profesión solemne; para vivir cada día la experiencia apasionada de la búsqueda de Dios. El deseo de Dios que es lo que nos lleva a llenar el corazón. El deseo que pone de relieve de modo admirable el salmista:
«¡Qué deseables son tus moradas, Señor de los ejércitos! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo».
¿Qué es lo que desata el entusiasmo y la dulzura del salmista? Es Aquel que va a encontrar en el templo, y con él encontrará el secreto de su vida y una fuerza interior que le permitirá hacer un camino recto de acuerdo a la ley del Señor. Es el deseo de Dios, que nunca permite que la rutina domine en nuestra vida. El deseo del que escribe san Agustín: «El deseo de la casa de Dios ya es un don de Dios. Dios dilata el deseo para que crezca, y crece para que alcance a Dios. Dios no da una cosa pequeña al que desea; Dios, que hizo todas las cosas, se da a sí mismo».
El salmista se siente invadido por una sed casi física de Dios y de su vida, que es «nuestro manantial de agua viva». (Jer 17,13) Y es hacia ese Dios viviente hacia donde tiende el hombre entero con su corazón y su alma, su respiración más profunda: «Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa, y prefiero el umbral de la casa de Dios a vivir con los malvados».
La actitud del salmista es la de quien hace una opción radical por Dios, y rompe con los dioses falsos del mundo, con los ídolos; y toma la decisión de vivir según el espíritu de la ley del Señor, de vivir del deseo de Dios, de orientar sus pasos hacia él. El salmista en su deseo de Dios juega con los números: un día y mil días. Los mil días son los nuestros, un día es el de Dios. Nuestros días sin Dios son vacíos se desvanecen sin sentido. La presencia de Dios es lo que da valor infinito a un solo día pasado con el Señor.
Es preciso perderse en el corazón de Cristo, que es la plenitud del templo, y también la plenitud de nuestros días, porque en él habita Dios. Él debe ser nuestro espacio, nuestra casa. Y sentiremos su presencia cuando vivimos en comunión con nuestros hermanos, cuando verdaderamente somos comunidad, el templo de piedras vivas edificado con el amor, para celebrar el amor.
Tú, vas a dirigir una breve plegaria a Dios: «Recíbeme Señor según tu palabra, y viviré, que no vea confundida mi esperanza».
Pronuncia estas palabras con confianza, desde el corazón, cree y espera en lo que dices, desea a Dios… Y tendrás la garantía de que estas palabras se cumplirán.
Este amor de Dios se hace presente, además, al consagrarte a este Amor que contemplamos en el misterio de un amor comunión entre las tres personas divinas, el amor de la Trinidad, que te recuerda el Dios Creador… Te consagras a un Dios creador de todas las cosas y le pedimos que te bendiga, de manera que su bendición haga de ti un hombre nuevo, a medida que correspondas cada día a su amor. Te consagras a Jesucristo que te enseñará el camino hacia Dios. Por ello, sabiamente san Benito nos dice de no anteponer nada a Cristo. No dejes de alimentarte de su Palabra, y tu corazón reposará en su paz. Te consagras al Espíritu Santo que es el amor del Padre y del Hijo. Escucha este Espíritu de Amor y no te faltará la sabiduría para la vida, la fuerza para el camino, y en definitiva la fuente del amor.
David, di a Dios cuando empieces a vivir el regalo de cada día, que te hace Dios: Señor, te quiero construir hoy una casa, un espacio para que residas en él.
13 de noviembre de 2014
PROFESIÓN REGULAR DE OBEDIENCIA DE FRAY DAVID RENART
Alocución del P. José Alegre, abad de Poblet
Regla de San Benito, capítulo 5º: La obediencia
«El primer grado de humildad es una obediencia sin demora. Esta obediencia es propia de aquellos que ninguna cosa estiman tanto como a Cristo».
La respuesta que das hoy es que quieres «asumir este camino de la obediencia monástica, para configurarte más y más a Cristo, humilde y obediente». No olvides esta promesa a lo largo de tu vida, y te aseguro que dirán de ti: es un buen monje. ¿Y qué es un buen monje? El que se asimila, se configura a Cristo. El programa para esta asimilación a Cristo ya está hecho y experimentado a lo largo de los siglos. Mira, aquí tienes la experiencia de monjes venerables:
«Monje es un abismo de humildad que ha sometido y dominado en sí mismo todo espíritu malo» (Juan Clímaco, Escala 22,22). Todos tenemos necesidad de dominar este espíritu malo. Luego este es un buen consejo.
«Monje es aquel que ha apartado de su mente las cosas materiales, y que mediante la continencia, la caridad, la salmodia la plegaria tiene la mirada fija en Dios» (Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad 2,54). Nuestra mente no está totalmente alejada de lo material. Necesitamos estas gafas de la caridad, salmodia, meditación… para tener la mirada en Dios.
«Monje, de hecho es aquel que mira sólo a Dios, desea sólo a Dios, se dedica sólo a Dios, elige servir sólo a Dios, y viviendo en paz con Dios viene a ser un servidor de paz para los demás» (Teodoro Estudita, Pequeñas catequesis, 39).
Solo Dios basta, nada te turbe…, pues sí, nos turban todavía muchas cosas en la vida monástica, por ello tenemos necesidad de volver una y otra vez la mirada a Cristo que es el camino, que nos abre la ventana a la experiencia de Dios y a hacernos conscientes de que es verdad que todo se desvanece en este mundo rápidamente, y que sólo Dios basta, porque él permanece.
Desea ardientemente su paz. «Cristo es nuestra paz». Sólo él pacificará tu corazón. Si obedeces podrás vivir la alegría de ser pacificador de otros.
Esta obediencia monástica, como la pone de relieve otra de las preguntas del Abad es una escucha humilde y permanente de la Palabra de Cristo. Esta obediencia monástica no es sólo para ti sino que es para toda la comunidad como sugiere otra pregunta del abad: «obedecer a los superiores y buscar la voluntad de Dios practicando la obediencia en una escucha mutua con los demás miembros de la comunidad».
Puedes dar una mirada al camino recorrido en tu corta vida monástica. También podemos tener esta mirada los demás monjes que te acompañamos. Es muy posible que percibas que los momentos vividos con más paz interior, y con más alegría, son aquellos vividos a partir de un mandato recibido y realizado con una obediencia de corazón. Esos momentos vividos en la obediencia son momentos que nos centran la vida en profundidad, a no ser que uno esté tan descentrado que viene a ser una maquina humana tan desquiciada que no sirve sino para el desguace. Y ya sabemos que los desguaces son para que otros aprovechen piezas para sus máquinas.
Por esto yo quiero decirte con abbá Iperechio, que «el tesoro del monje es la obediencia. Quien la posee será escuchado por Dios y vivirá con confianza ante el Crucificado, porque el Señor se hizo obediente hasta la muerte». (Iperechio, 8).
Y todavía un matiz interesante que nos aporta abbá Mios: «Obediencia por obediencia:si uno obedece a Dios, Dios le obedece a él» (Abba Mios, 1).
No puede ser de otra forma, ya que vivir con fidelidad la obediencia es hacer nuestra la actitud de Cristo que se hizo obediente hasta la muerte. Cristo tiene como alimento hacer la voluntad del Padre, obedece en todo al Padre, y el Padre le obedece dándole la respuesta de confirmarle en su vida, en su doctrina, diciéndonos que tenía razón.
Así que la obediencia es el camino seguro, único, para llegar a Dios. Coloca a la criatura en el lugar que le corresponde dentro de la obra armónica de la creación. Si esa obediencia es perfecta, la mantiene completamente unida a la voluntad de Dios, y no de una manera estática, sino que moviéndose ambas voluntades al unísono hace que la humana colabore con la divina y sea una plasmación continua del deseo, del querer de Dios. San Benito ha comprendido la trascendencia de esta virtud a la luz de la figura de Cristo, en obediencia total a la voluntad del Padre. Para san Benito, la obediencia es, junto con la humildad, la base del ascetismo monástico, lo que nos pone en el camino de nuestra verdadera realización como monjes.
David, toma buena nota. Y no pierdas la agenda.
Regla de San Benito, capítulo 5º: La obediencia
«El primer grado de humildad es una obediencia sin demora. Esta obediencia es propia de aquellos que ninguna cosa estiman tanto como a Cristo».
La respuesta que das hoy es que quieres «asumir este camino de la obediencia monástica, para configurarte más y más a Cristo, humilde y obediente». No olvides esta promesa a lo largo de tu vida, y te aseguro que dirán de ti: es un buen monje. ¿Y qué es un buen monje? El que se asimila, se configura a Cristo. El programa para esta asimilación a Cristo ya está hecho y experimentado a lo largo de los siglos. Mira, aquí tienes la experiencia de monjes venerables:
«Monje es un abismo de humildad que ha sometido y dominado en sí mismo todo espíritu malo» (Juan Clímaco, Escala 22,22). Todos tenemos necesidad de dominar este espíritu malo. Luego este es un buen consejo.
«Monje es aquel que ha apartado de su mente las cosas materiales, y que mediante la continencia, la caridad, la salmodia la plegaria tiene la mirada fija en Dios» (Máximo el Confesor, Centurias sobre la caridad 2,54). Nuestra mente no está totalmente alejada de lo material. Necesitamos estas gafas de la caridad, salmodia, meditación… para tener la mirada en Dios.
«Monje, de hecho es aquel que mira sólo a Dios, desea sólo a Dios, se dedica sólo a Dios, elige servir sólo a Dios, y viviendo en paz con Dios viene a ser un servidor de paz para los demás» (Teodoro Estudita, Pequeñas catequesis, 39).
Solo Dios basta, nada te turbe…, pues sí, nos turban todavía muchas cosas en la vida monástica, por ello tenemos necesidad de volver una y otra vez la mirada a Cristo que es el camino, que nos abre la ventana a la experiencia de Dios y a hacernos conscientes de que es verdad que todo se desvanece en este mundo rápidamente, y que sólo Dios basta, porque él permanece.
Desea ardientemente su paz. «Cristo es nuestra paz». Sólo él pacificará tu corazón. Si obedeces podrás vivir la alegría de ser pacificador de otros.
Esta obediencia monástica, como la pone de relieve otra de las preguntas del Abad es una escucha humilde y permanente de la Palabra de Cristo. Esta obediencia monástica no es sólo para ti sino que es para toda la comunidad como sugiere otra pregunta del abad: «obedecer a los superiores y buscar la voluntad de Dios practicando la obediencia en una escucha mutua con los demás miembros de la comunidad».
Puedes dar una mirada al camino recorrido en tu corta vida monástica. También podemos tener esta mirada los demás monjes que te acompañamos. Es muy posible que percibas que los momentos vividos con más paz interior, y con más alegría, son aquellos vividos a partir de un mandato recibido y realizado con una obediencia de corazón. Esos momentos vividos en la obediencia son momentos que nos centran la vida en profundidad, a no ser que uno esté tan descentrado que viene a ser una maquina humana tan desquiciada que no sirve sino para el desguace. Y ya sabemos que los desguaces son para que otros aprovechen piezas para sus máquinas.
Por esto yo quiero decirte con abbá Iperechio, que «el tesoro del monje es la obediencia. Quien la posee será escuchado por Dios y vivirá con confianza ante el Crucificado, porque el Señor se hizo obediente hasta la muerte». (Iperechio, 8).
Y todavía un matiz interesante que nos aporta abbá Mios: «Obediencia por obediencia:si uno obedece a Dios, Dios le obedece a él» (Abba Mios, 1).
No puede ser de otra forma, ya que vivir con fidelidad la obediencia es hacer nuestra la actitud de Cristo que se hizo obediente hasta la muerte. Cristo tiene como alimento hacer la voluntad del Padre, obedece en todo al Padre, y el Padre le obedece dándole la respuesta de confirmarle en su vida, en su doctrina, diciéndonos que tenía razón.
Así que la obediencia es el camino seguro, único, para llegar a Dios. Coloca a la criatura en el lugar que le corresponde dentro de la obra armónica de la creación. Si esa obediencia es perfecta, la mantiene completamente unida a la voluntad de Dios, y no de una manera estática, sino que moviéndose ambas voluntades al unísono hace que la humana colabore con la divina y sea una plasmación continua del deseo, del querer de Dios. San Benito ha comprendido la trascendencia de esta virtud a la luz de la figura de Cristo, en obediencia total a la voluntad del Padre. Para san Benito, la obediencia es, junto con la humildad, la base del ascetismo monástico, lo que nos pone en el camino de nuestra verdadera realización como monjes.
David, toma buena nota. Y no pierdas la agenda.
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