MISA DEL DIA DE PASCUA
Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
Hech 10, 14.37-43; Salm 117,1-2.16-17.22-23; Col 3,1-4; Jn 20,1-9
«Era verdad, ha resucitado el Señor, aleluya», es el grito desbordante de admiración, sorpresa, alegría. Un grito que resume, sobre todo la palabra ¡ALELUYA! Ello ha sido posible porque «él ha puesto su mano sobre mí, por su maravillosa sabiduría», como canta la antífona de entrada.
Las puertas de la vida están abiertas, para que, renovados por el Espíritu, vivamos en la esperanza de la resurrección futura…
Es decir que la muerte ha sido vencida, Cristo ha resucitado, y ha derramado su Espíritu, para que bajo su acción se vaya transformando nuestro corazón, y vivamos ya un anticipo de la resurrección futura, con la transformación de nuestro cuerpo y el contemplar cara a cara al Señor.
María Magdalena va al sepulcro y lo encuentra vacío y vuelve corriendo a los discípulos para decirles: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto».
Nosotros que vivimos nuestra fe en Jesús Resucitado también nos podemos plantear esta pregunta: ¿Dónde hemos puesto al Resucitado?
Nosotros no tenemos sepulcros vacíos, no tenemos pruebas para demostrar la Resurrección del Señor; pero si todo el sentido de nuestra vida es la fe que nos viene del Resucitado, sí que nos tenemos de preguntar por este Cristo que decimos ha vencido a la muerte. ¿Dónde está? ¿dónde lo hemos puesto? ¿dónde lo encontramos?...
Ahora bien, en la breve Historia de la salvación que escuchamos en la Vigilia Pascual, se percibe que desde el comienzo de la obra de Dios en el tiempo, todo apunta al corazón del hombre. A que Dios ha entablado con el hombre una relación de amor, mediante la cual Dios quiere trabajar día a día nuestra vida, incidiendo en nuestro corazón. Cambiar nuestro corazón, como un principio del cambio de nuestro cuerpo. Como el auténtico camino para llegar a la transformación o resurrección de nuestro cuerpo.
Luego este Cristo Resucitado está dentro de nosotros, obrando por medio de su Espíritu de vida. Si no lo encontramos dentro de nosotros no lo encontraremos en ninguna parte.
María está desconcertada, confusa, triste… y no saldrá de esta situación hasta que se sienta llamada por su nombre: «¡María!». María se llenará de luz y de alegría.
«Y si acaso no supieres
dónde me hallarás a Mí,
no andes de aquí para allí,
sino, si hallarme quisieres,
a Mi buscarme has en ti».
Esta situación se repetirá en los días sucesivos con los discípulos de Jesús. Necesitaran un encuentro personal con Jesús, y a partir de aquí es cuando nace la verdadera alegría; una alegría que se busca comunicar, una alegría expansiva.
Los discípulos llegan a ver a Cristo Resucitado, recordando la historia de Jesús, las experiencias vividas con él, reflexionando sobre sus gestos y palabras. Y descubren en la persona de Jesús: el amor de Dios, la compasión infinita de Dios que envuelve con su bondad. Y compartiendo, comunicándose estas experiencias que les llena de alegría y de paz, que tienen necesidad de comunicar y compartir.
Era verdad, ha resucitado el Señor, aleluya. Es el grito nuevo, es la canción nueva. Pero ¿te brota del corazón?
Escribe Benedicto XVI en su encíclica «Deus caritas est»: «Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida, una orientación decisiva» (nº 1).
Esta experiencia será la que vivirán los discípulos de Jesús con motivo de la Resurrección. Así empezaran a entender que Cristo había resucitado de entre los muertos, Y un nuevo horizonte aparece en su camino, una orientación nueva y decisiva en su vida: empiezan a resucitar con Cristo, y a partir de aquí buscan los bienes de arriba, viven su vida escondida en Dios con Cristo.
Y salimos a la plaza a ser testigos del amor, a anunciar el amor. Ya no decimos hemos creído en el amor, sino hemos visto el amor, lo hemos contemplado, lo han palpado nuestra manos, lo ha hecho experiencia nuestro corazón.
31 de marzo de 2013
DOMINGO DE PASCUA. LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR
VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA
Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
También en esta noche hay un grito: ¡ALELUYA! Es un grito nuevo. Es un grito en la noche. Es una canción. Una canción nueva debe nacer en un corazón nuevo.
A lo largo del tiempo de Cuaresma, hemos buscado, en la escucha y meditación de la Palabra de Dios ese corazón nuevo. Porque solo Dios puede dar lugar en nuestra vida a un corazón nuevo. Solo Dios, que se hace presente en la noche, y cambia la noche en luz, la muerte en vida, la desesperanza en esperanza viva. En la noche se hace presente Dios como luz, pero sobre todo en la vida del creyente cristiano. Hay dos noches especialmente significativas: aquella de Navidad, Noche que no debemos dormir, como dice la canción; y esta Noche de Pascua, Noche que debemos vivir. Es la noche para cantar a la vida.
El grito de esta noche es un grito armónico que quiere traer la armonía y la alegría de Dios a nuestro corazón, abriéndonos a la esperanza de una vida nueva. La esperanza de la resurrección.
La presencia de Dios, la obra del día nuevo, de la nueva vida, empieza por el corazón. Por esto dice un Santo Padre: «si no hay transformación del corazón tampoco habrá transformación del cuerpo». Esta noche amanece con un grito nuevo: ¡ALELUYA! Es el canto que el mismo Dios ha ayudado a preparar a lo largo de la Historia de la Salvación:
Dios nos prepara un escenario delicioso, un jardín, lleno de armonía y vida para vivir amistad con él. Dios y el hombre empiezan a vivir en la historia, una relación de confianza, de fe. El hombre va conociendo como la opción preferente de Dios es siempre el camino de la libertad, la liberación de toda opresión.
Hay momentos en que Dios se esconde a la mirada del hombre, para recobrarlo con un afecto inmenso. Es un juego delicioso de Dios que necesitamos aprender y entrar en él. Y vamos teniendo la experiencia de que Dios está siempre cerca del hombre inmerso en la experiencia de la muerte. Que él es fuente de vida, que su presencia sacia de vida. Que este camino de la vida es siempre un camino de sabiduría y de luz. Y a la vez va despertando y configurando en nosotros la experiencia del corazón nuevo.
Y este corazón nuevo, configurado según el corazón de Dios, manifestado en Jesucristo, ya no muere nunca más; está abierto a la transformación de todo el cuerpo, a la Resurrección.
Pero necesitamos aprender también que el canto nuevo, el ALELUYA de Pascua no es un canto individual, es el canto del Hombre nuevo, de la Humanidad nueva, de la Iglesia. Es un canto de la comunidad creyente.
Y por eso la Solemnidad de Pascua se prolonga durante siete días, y el tiempo Pascual durante cincuenta días más, para ensayar bien nuestro canto nuevo, el ALELUYA PASCUAL, que debe ser un celebrar juntos esta vida nueva, un vivir juntos una experiencia nueva de comunión. No es extraño que las comunidades cristianas, en este tiempo de pascua celebren encuentros en las ermitas, en las celebraciones de bautismos y confirmaciones, matrimonios… todo tiende a procurar que de nuestras gargantas nazca con más armonía este grito de alegría y esperanza: ¡ALELUYA!
Y sobre todo de nuestro corazón.
Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
También en esta noche hay un grito: ¡ALELUYA! Es un grito nuevo. Es un grito en la noche. Es una canción. Una canción nueva debe nacer en un corazón nuevo.
A lo largo del tiempo de Cuaresma, hemos buscado, en la escucha y meditación de la Palabra de Dios ese corazón nuevo. Porque solo Dios puede dar lugar en nuestra vida a un corazón nuevo. Solo Dios, que se hace presente en la noche, y cambia la noche en luz, la muerte en vida, la desesperanza en esperanza viva. En la noche se hace presente Dios como luz, pero sobre todo en la vida del creyente cristiano. Hay dos noches especialmente significativas: aquella de Navidad, Noche que no debemos dormir, como dice la canción; y esta Noche de Pascua, Noche que debemos vivir. Es la noche para cantar a la vida.
El grito de esta noche es un grito armónico que quiere traer la armonía y la alegría de Dios a nuestro corazón, abriéndonos a la esperanza de una vida nueva. La esperanza de la resurrección.
La presencia de Dios, la obra del día nuevo, de la nueva vida, empieza por el corazón. Por esto dice un Santo Padre: «si no hay transformación del corazón tampoco habrá transformación del cuerpo». Esta noche amanece con un grito nuevo: ¡ALELUYA! Es el canto que el mismo Dios ha ayudado a preparar a lo largo de la Historia de la Salvación:
Dios nos prepara un escenario delicioso, un jardín, lleno de armonía y vida para vivir amistad con él. Dios y el hombre empiezan a vivir en la historia, una relación de confianza, de fe. El hombre va conociendo como la opción preferente de Dios es siempre el camino de la libertad, la liberación de toda opresión.
Hay momentos en que Dios se esconde a la mirada del hombre, para recobrarlo con un afecto inmenso. Es un juego delicioso de Dios que necesitamos aprender y entrar en él. Y vamos teniendo la experiencia de que Dios está siempre cerca del hombre inmerso en la experiencia de la muerte. Que él es fuente de vida, que su presencia sacia de vida. Que este camino de la vida es siempre un camino de sabiduría y de luz. Y a la vez va despertando y configurando en nosotros la experiencia del corazón nuevo.
Y este corazón nuevo, configurado según el corazón de Dios, manifestado en Jesucristo, ya no muere nunca más; está abierto a la transformación de todo el cuerpo, a la Resurrección.
Pero necesitamos aprender también que el canto nuevo, el ALELUYA de Pascua no es un canto individual, es el canto del Hombre nuevo, de la Humanidad nueva, de la Iglesia. Es un canto de la comunidad creyente.
Y por eso la Solemnidad de Pascua se prolonga durante siete días, y el tiempo Pascual durante cincuenta días más, para ensayar bien nuestro canto nuevo, el ALELUYA PASCUAL, que debe ser un celebrar juntos esta vida nueva, un vivir juntos una experiencia nueva de comunión. No es extraño que las comunidades cristianas, en este tiempo de pascua celebren encuentros en las ermitas, en las celebraciones de bautismos y confirmaciones, matrimonios… todo tiende a procurar que de nuestras gargantas nazca con más armonía este grito de alegría y esperanza: ¡ALELUYA!
Y sobre todo de nuestro corazón.
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