20 de diciembre de 2012

ANTIFONAS OH, día 20, 2012

OH LLAVE de David
y cetro de la casa de Israel,
que abres y nadie puede cerrar,
cierras y nadie puede abrir.
VEN a librar a los cautivos que viven
en tinieblas y en sombras de muerte.


¡La voz de mi amado!... El viene, está siempre viniendo. Esta siempre a la puerta. Se para, oculto tras la cerca... Habla mi amado y me dice: Yo tengo las llaves del abismo. Tengo las llaves de la muerte y del abismo. (Apoc 1,19). Es Dios quien me habla desde el corazón con estas palabras. Este Dios que es amor, un amor insondable; porque el corazón de Dios es un abismo, y ha hecho al hombre a su imagen, con un corazón abismal. Y un abismo llama a otro abismo (Salm 42,8). Dios ha creado a la criatura humana para hacer de él templo suyo. Él mismo es la puerta para entrar en esta creación de Dios. Y la criatura entra en ese templo invocando Su nombre, utilizando Su llave, que es su Palabra, para cantarle con todo el corazón:

De día el Señor me hará misericordia,
de noche cantaré la alabanza del Dios de mi vida
Envía tu luz y tu verdad: que ellas me guíen
y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada...
(Salm 42-43)

Así lo han comprendido los místicos, amigos íntimos de Dios, que nos hablan de esta intimidad preciosa:

Alma, buscarte has en Mí,
y a Mí buscarme has en ti.
Porque tú eres mi aposento,
eres mi casa y mi morada,
y así llamo en cualquier tiempo,
si hallo en tu pensamiento
estar la puerta cerrada.[1]

Llamo en cualquier tiempo, si está la puerta cerrada. Un abismo llama a otro abismo. Él viene, está siempre viniendo... esperando la respuesta de su criatura.
Este diálogo vivo, creador y desbordante de vida lo inicia Dios con Santa María:

El angel aguarda tu respuesta. Señora, también nosotros esperamos tu respuesta, esa palabra tuya de conmiseración. Te ofrecen nada menos que el precio de nuestra salvación; si tú lo aceptas seremos liberados inmediatamente. Todos fuimos creados en la eterna Palabra de Dios; pero estamos muriéndonos vivos. Con tu brevísima respuesta, seremos reanimados para recuperar la vida. Todo el mundo te espera expectante y postrado a tus pies. De tu boca cuelga el consuelo de los afligidos, la liberación de los que yacen en tinieblas y sombras de muerte.
Responde ya, oh Virgen, que nos urge. Señora, di la palabra que ansían los cielos, los infiernos y la tierra. Ya ves que el mismo Rey y Señor de todos se ha prendado de tu belleza, y desea ardientemente el asentimiento de tu palabra, por la que se ha propuesto salvar el mundo. Hasta ahora le has complacido con tu silencio. Pero ahora suspira por escucharte.
Di una palabra y recibe la Palabra; pronuncia la tuya y engendra la divina; expresa la transitoria y abraza la eterna...[2]

¡La voz de mi amado!... Miradlo, aquí llega, ha llegado. Se inicia la experiencia íntima, singular, de lo humano y lo divino, en la casa del hombre. La criatura humana tiene abierto el camino para vivir una extraordinaria experiencia en su espacio interior. Una experiencia que vive de modo privilegiado Santa María y a la que nos acercamos por los caminos de la belleza:

La penumbra me invitaba al silencio. De pronto, como siempre que entraba en el silencio, mi ser interior se ensanchó y se abrió como un abismo en mis entrañas. Sentía que poco a poco las cosas de fuera se habían desdibujado, y mi alma se perdía inundada, arrasada en un mar de luz. Era la luz conocida de mis meditaciones en la que cada día me adentraba, sabiéndome ser en el Ser, plenitud de lo que permanece, hondura de la conciencia sin límite, gota del Mar, grano de su Arena, nota de su Música. Pero aquel día fue distinto. Caí en una profundidad insospechada que no sabría definir. Sentí en los ríos de mis venas una inundación. Algo nuevo, muy especial, estaba ocurriendo dentro de mí.[3]

Algo nuevo sucede en nuestro espacio interior cuando hay un silencio acogedor. Algo nuevo emerge, nace...

¡La voz de mi amado!
Miradlo, aquí llega,
saltando por los montes,
brincando por lomas.
Es mi amado una gacela,
parecido a un cervatillo.
Mirad como se para
oculto tras la cerca,
mira por las ventanas,
atisba por las rejas.
(Ct 2,8-9)

Saltando por los montes, brincando por las lomas. Llega como un enamorado, se para tras la cerca, atisba por las rejas. Esperando escuchar la voz de su amada, espera la respuesta de la criatura:

Paloma mía, escondida,
en las grietas de la roca,
en los huecos escarpados,
déjame ver tu figura,
deja que escuche tu voz;
porque es muy dulce tu voz
y atractiva tu figura.
Ct 2,14

El abismo del amor divino llama a la generosidad del amor humano. Recorriendo las páginas de las Sagradas Escrituras se diría que éste es el sueño de Dios: que nadie se sienta solo en la vida, y que toda la casa viva la fiesta del corazón. Y para eso Dios está en medio de ti, de mí, de nosotros. Exultando de gozo, renovando su amor, como preámbulo de la fiesta. Santa María le ha abierto la puerta de la humanidad. Ella nos ha proporcionado la llave, para seguir teniéndolo entre nosotros. Dios está en medio de ti, de mi, de nosotros, exultante de gozo y renovándote con su amor. Pero la fiesta del corazón necesita de la presencia de ambos: la Suya, la divina, y la tuya, la criatura. Por esto quiere ver tu figura, escuchar tu voz. Por esto:

Busca al amor de tu alma (3,1), hasta agarrarlo y llevarlo a la casa de tu madre, a la alcoba de la que te concibió, para celebrar la fiesta de la vida.

Mira que él esta a la puerta y te llama:

¡Ábreme, hermana, amiga mía,
paloma mía sin tacha!
Mi cabeza está cubierta de rocío,
mis bucles del relente de la noche.
(Ct 5,2)

Un abismo llama a otro abismo... Tú, amado de mi alma, hermano, amigo, me llamas con ternura, con amor. Abre nuestro corazón a tus constantes llamadas. Haznos disponibles y confiados, porque sigues estando a la puerta:

oculto tras la cerca,
mira por las ventanas,
atisba por las rejas.

La voz de mi amado, llega... cubierto de rocío, y de llagas y de heridas, desfallecido. Abre nuestro corazón, llama a nuestro abismo para que caminemos contigo. Que como tu madre y nuestra madre Maria respondamos con un «sí» generoso. Que sepamos dar nuestro «si» con el delantal puesto. Que nuestra vida celebre tu gran misericordia para con los pobres y humildes. Y que el Magníficat sea el retrato de nuestra alma.



[1] Santa Teresa, Alma, buscarte has en Mí, o.c., Editorial Monte Carmelo, Burgos 1994, p. 1334.
[2] San Bernardo, En alabanza a la Virgen Madre, homilía 4,8, o.c. II, BAC 452, Madrid 1994, p. 671.
[3] Pedro M. Lamet, Las palabras calladas, 3, Editorial Norma, Barcelona 2008, p. 32.

19 de diciembre de 2012

ANTIFONAS OH, día 19, 2012

OH RENUEVO del tronco de Jesé,
que te alzas como un signo para los pueblos,
ante quien los reyes enmudecen
y cuyo auxilio imploran las naciones.
VEN a librarnos, no tardes más.


Oh renuevo, que te alzas como un signo... para anunciarnos la primavera. La primavera de Dios en la casa de la humanidad. Con ella llega la vida nueva. Apuntan los signos de la nueva primavera. Todo se renueva. Nuevos coloquios de amor, nuevos sueños...

Oh, ven, amado mío,
salgamos al campo...
De mañana iremos a las viñas,
a ver si la vid está en cierne,
si se abren las yemas,
si florecen los granados.
Allí te entregaré
el don de mis amores...
La mandrágora exhala su fragancia,
nuestras puertas rebosan de frutos:
todos, nuevos y añejos,
los guardo, amado, para ti.
(Ct 7,12)

En estos coloquios deliciosos es él quien lleva la iniciativa del amor, porque en él están las fuentes de la vida y del amor. Y nos muestra su deseo:
He aquí que hago algo nuevo, no lo notáis, (Apoc 12,7) Mirad, voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva, habrá gozo y alegría perpetua por lo que voy a crear (Is 65,17)
Él nos entrega el don del amor que da la capacidad de la novedad. Una novedad que se resuelve siempre en alegría, en paz, en canto... Este signo lo contemplamos en María que al cantar el Magníficat se estremecen sus entrañas y conmueven profundamente las de Isabel en su Visitación. Este signo lo contempla Simeón, que se llena de alegría al recibir este beso nuevo de la paz, cuando lo recibe en el templo, y lo toma en sus brazos, recibiéndolo de los brazos de María (Lc 2,28). Un signo que también fue, para los pastores que velaban en la noche, un anuncio de alegría y de paz.
Renuevo del tronco de Jesé. Es el signo, ¿qué signo?:
Lo que prometían los mensajeros, lo que reclamaban los pueblos, lo que anunciaron los profetas, lo consuma el Señor Jesús. Es el signo en el que los incrédulos recibirán la fe, los temerosos la esperanza y los santos su seguridad. Os doy esta señal. ¿Señal de qué? De perdón, de gracia, de paz, de paz ilimitada...[1]

Jesús mismo se alza como el signo anunciado: Buena noticia para los pobres, libertad para los cautivos, vista para los ciegos, palabra para los sordos, fortaleza para los cojos, vida para los muertos... (Lc 4,18; 7,22s)

El amor es creativo y despierta la capacidad de la novedad y del aliciente más profundo para dar sentido a nuestra vida. Solo el amor, solo Dios. Porque Dios es amor, el Dios del amanecer que saca a la luz bellezas escondidas, que, enamorado, no cesa de buscarnos, sembrando de promesas nuestra historia, manteniendo encendida nuestra esperanza con su Palabra de vida. Nos enseña que lo nuestro es recibir su amor a manos llenas, que no podemos amar sin ser amados, y que solo su amor puede curar nuestras heridas. Toma nuestra carne para hacernos más humanos, para recrear y embellecer nuestra vida y poder encontrarlo allí donde se manifiesta: en lo pequeño y lo débil. Nos enseña a vivir con gozo nuestros límites sin perder la alegría de los sueños.

Cada mañana busco a este Dios amor, busco su amanecer en mi vida, a este Dios, bueno y amigo de los hombres. Como nos sugiere el poeta:

El Amigo se levantó temprano para buscar a su Amado. En el camino encontró a mucha gente, y preguntaba: -¿Habéis visto a mi Amado?. Le respondían:- ¿cuanto hace que le has perdido de vista? El Amigo a su vez contestaba: -los ojos del alma lo perdieron de vista cuando dejaron de mirarlo, pero los ojos del cuerpo lo ven sin cesar, pues todas las cosas visibles no hacen sino manifestarlo.[2]

Yo le busco, pues, en las cosas visibles, en la belleza de la creación, en la novedad de la primavera. Y él me habla:

Habla mi amado y me dice:
«levántate, amor mío,
hermosa mía, y vente.
Mira, ha pasado el invierno,
las lluvias cesaron, se han ido.
La tierra se cubre de flores,
llega la estación de las canciones,
ya se oye el arrullo de la tórtola
por toda nuestra tierra.
Despuntan yemas en la higuera,
las viñas en ciernes perfumean.
¡Anímate, amor mío,
hermosa mía, y ven!»
(Ct 2,10s)

La presencia de la primavera no solo se percibe por las flores y el arrullo de la tórtola: también por la higuera. El aire es más apacible cuando apuntan sus frutos, la higuera no echa flores, pero en su lugar comienzan a brotar los higos, mientras los demás árboles florecen. Pero las flores aparecen y pasan, sirven para anunciar los frutos. Es todo un signo de primavera, como un argumento para persuadir a la esposa que no se retrase en ir a las viñas.[3]

Son las cosas visibles, la belleza de la creación a través de la cual me habla el Amor. A través de la creación, a través de mis sentidos corporales. Dios, llama con insistencia: levántate, apresúrate, ven...
La tierra se cubre de flores. Todo está en ti, en nosotros. Aparecen los primeros brotes.
En las ramas del almendro, en las yemas de la higuera, en el perfume de la viña... Pero todo está también en ti, en nosotros.
No existe criatura alguna para la cual no llegue el momento de abrirse a Dios y captar el amor. Hasta el centro del jardín donde se otorga a la rosa la belleza de fructificar, como dice el texto sagrado, el aroma, y la agitación de un labio innumerable, vueltos a María, preludio de una emanación de pétalos.[4]

La higuera echa sus yemas, es el comienzo de los frutos. Las viñas en flor exhalan su fragancia, perfumean.... Son los aromas de la primavera que se expanden. Aromas en el recinto de una clausura, jardines cerrados o fuentes selladas, sacrificios oscuros en el recinto de un corazón consagrado, plegarias silenciosas, virtudes escondidas...en tantos espacios interiores de multitud de creyentes... Como sugiere la belleza del texto sagrado:
Eres huerto cerrado
hermana y novia mía,
huerto cerrado, fuente sellada.
Tus brotes, paraíso de granados,
lleno de frutos exquisitos...
(Ct 4,12)

Huertos cerrados, imitando a Santa María, el primero de los huertos donde apuntó el fruto más exquisito. Huertos cerrados, esperando en silencio, como ella, el fruto de la salvación.

He entrado en mi huerto,
hermana y novia mía,
a cosechar mi mirra y mi bálsamo,
a comer de mi miel y mi panal,
a beber de mi vino y de mi leche.
¡Comed, amigos, bebed,
queridos, embriagaos!
(Ct 5,1)

Y él viene como el fruto más exquisito del jardín, pero también a recoger los frutos de su jardín. El mejor de los frutos: el abrazo de amor.
María fue herida suavemente en todo su ser; y yo me daría por feliz, si alguna vez siquiera me sintiera tocado por la punta de esa espada, para que, herido al menos levemente por el amor, pudiera decir mi alma: Me ha traspasado el amor. ¡Quisiera tener esta llaga que extinguiese el color y el calor de todo cuanto hace guerra al alma![5]

¡Entre mi amado en su huerto
y coma de sus frutos exquisitos!
(Ct 4,16)



[1] San Bernardo, Sobre el Cantar, sermón 2,8, o.c. V, BAC 491, Madrid, 1987, p. 97.
[2] Ramón Llull, Libro del Amigo y del Amado, 39.
[3] San Bernardo, Sobre el Cantar, sermón 60,1, o.c. V, BAC, 491, Madrid 1987, p. 755.
[4] Cf. Paul Claudel, Commentaires au Cantique, poema 4,5, Gallimard, 1963, p. 193.
[5] San Bernardo, Sobre el Cantar, sermón 29,8, o.c. V, BAC, Madrid, 1987, p. 435.