Domingo II de Adviento
Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
Gen 3,9-15.20; Salm 97,1-4; Rm 15,4-9; Lc 1,26-38
«¡Qué dulce es la luz! ¡Qué agradable para los ojos ver el sol! Si uno vive muchos años, que los viva con alegría, pero que no olvide que también abundaran los días de oscuridad» (Ecl 11,7).
Por eso suplicamos al Señor en este tiempo de Adviento, camino de Navidad, la luz, la luz que esperamos. Una de las Antífonas de este Adviento nos lleva a pedir la luz: «Oh Sol naciente, resplandor de la luz eterna, Sol de justicia, ven a iluminar a los que yacen en tinieblas y en sombras de muerte».
Una muerte que se inicia con el pecado del Paraíso. Adán y Eva optan por no seguir el mandamiento de Dios, y sobre el Paraíso se extiende también la oscuridad de la noche, en el horizonte de la humanidad aparece la muerte, y como una introducción a la muerte la injusticia, la enemistad, violencia… Pero, Dios inmediatamente empezará a manifestar todo su proyecto de amor para con el hombre que ha creado. Dios empieza a preparar su viaje a la humanidad, a salir del espacio del Paraíso y a entrar en la historia de la humanidad y continuar la historia de amor iniciada en los atardeceres paradisiacos.
El primer sueño de amor de nuestro Dios es para proyectar y meditar poner luz y armonía en la oscuridad del abismo, pensando en la belleza suprema de la persona humana, fiel reflejo de la Suya; e iniciar un diálogo de vida y de amor a la hora de la brisa en atardeceres sin crepúsculo, donde debía estar invertido el verso del Cantar siendo entonces, Dios como Amigo, quien suspiraría: «Yo soy de mi Amado y mi Amado es Mío». Pero el Amado, el hombre le falla a Dios en este primer sueño.
Y Dios va a tener otro sueño de amor. «Un gran signo apareció en el cielo: una Mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta» (Apoc 12,1).
Sueña con una Mujer, María estrella de la mañana, estrella del atardecer, estrella de la noche. María, la Mujer que lleva dentro el Sol naciente. María, la Mujer con el resplandor de la luz eterna… En verdad puede decirle el ángel: «Dios te guarde, llena de gracia, el Señor es contigo».
Dios no ha renunciado a su primer sueño, pero ahora ha puesto el Paraíso en el corazón de esta criatura única que es santa María, la Inmaculada. Y cuando María advierte los pasos de Dios en su jardín, ella no se esconde, sino que responderá con sencillez: «He aquí la esclava del Señor, que se cumplan en mí tus palabras».
Santa María será el Paraíso que acoge la perfección de la obra divina. Y en este Paraíso queda la criatura religada a su Creador con lazos eternos. Y quedará ya escrito para siempre y de manera correcta el verso del Cantar proclamado por la criatura Amiga de Dios: «Yo soy de mi Amado y mi Amado es mío» (Ct 2,16).
Así culmina el sueño de Dios, o el viaje a la humanidad, a la historia humana, como enseñan los Santos Padres. Dios vuelve a poner luz y armonía, a través de la disponibilidad de María en la oscuridad del abismo, y volverá con más profundidad el diálogo de vida y de amor a la hora de la brisa en un atardecer sin crepúsculo.
Hermanos, esto es lo que sugieren las Escrituras en la resplendente belleza de esta solemnidad que encontramos en el camino de Adviento al Nacimiento. Repito: al Nacimiento de Dios. Yo diría al tercer Nacimiento. Pues si el primer Nacimiento de Dios, su primera Revelación, es en el Paraíso de Adán y Eva, y el segundo es el seno de santa María, ahora, el tercero, es el que ha de tener lugar en el seno de la Humanidad. Conviene no olvidar las Escrituras, recordad lo que nos dice san Pablo: «Lo que dicen las Escrituras es para instruirnos a nosotros, para que con la fuerza y consuelo que nos dan nos ayuden a mantener la esperanza».
Pero esta esperanza será firme si nos aceptamos unos a otros, como Cristo nos ha aceptado. Cristo se ha puesto, humilde al servicio del pueblo. Y solamente con nuestro servicio humilde podemos tejer el pesebre para recibirlo en una nueva Navidad, un servicio que tiene que ir dibujando letra a letra la palabra NOSOTROS. Dios no puede nacer y recostarse en nosotros con la luz o el dibujo de otra palabra.
8 de diciembre de 2013
13 de noviembre de 2013
DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE POBLET
Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
2Cr 5,6-10.13-6,2; Salmo 83,3-5.10-11 ; 1Pe 2,4-9; Lc 19,1-10
«Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo».
Este es un salmo de peregrinación, de quien se ha puesto en camino, hacia el santuario de Jerusalén, hacia la casa de Dios. Y esta casa eres tú mismo.
El ansia, el deseo, la impaciencia caracteriza a quien emprende un viaje para encontrar a una persona querida. Para encontrarse consigo misma. San Juan de la Cruz diría: «con ansias de amor inflamada».
Lo que desata el entusiasmo, la dulzura, la alegría del salmista no es tanto la casa del Señor como Aquel que habita en la casa. Es el deseo de Dios, es la pasión por Dios. Verdaderamente los versos de este salmo nos pueden llevar a escapar de la rutina en nuestra búsqueda de Dios. A vivir con más fuerza el deseo de Dios. San Agustín en un precioso comentario a este salmo escribe: «Como objeto de su deseo sólo les queda Dios. Ya no aman la tierra, porque aman al que hizo el cielo y la tierra. Aman y todavía no están con él. Su deseo se prolonga para crecer, crece para dar cabida. Pues no es poco lo que ha de dar Dios al que desea, ni es poco lo que ha de esforzarse para dar cabida a tan gran bien. Dios no va a dar algo de lo que hizo, sino a sí mismo, que lo hizo todo. Para dar cabida a Dios esfuérzate; lo que has de poseer por siempre, deséalo mucho tiempo».
Encontramos palabras muy expresivas en este salmo: mi alma se consume, es decir desfallece. El salmista aviva su amor, se siente invadido de una sed casi física de Dios, que es «manantial de agua viva» (Jer 17,13).
Estos versos del salmista recuerdan otras palabras de la Escritura:
«Que me bese con besos de su boca».
«Mi amado es mío y yode mi amado».
«Estoy enferma de amor».
«Me sedujiste, Señor y me dejé seducir».
«Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor».
«Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa».
El salmista hace una opción radical. Por Dios rompe con los dioses falsos y con la sabiduría del mundo. Decide vivir según el espíritu de la ley del Señor; orientar sus pasos hacia Dios. Mil días son los nuestros. Un día es el de Dios. Nuestros días, sin Dios, son vacíos, ruedan sin consistencia, se esfuman sin sentido. La presencia de Dios es lo que da valor infinito a un solo día pasado con el Señor. Como enseña Pablo: «Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado pérdida a causa de Cristo, y todo lo tengo como basura para ganar a Cristo» (Fl 3,7 s).
Celebramos la fiesta de la dedicación de este templo, de su consagración a Dios. Pero la verdadera consagración es la nuestra como nos recuerda san Bernardo: «estáis consagrados a Dios que os eligió y os ha tomado en propiedad. ¡Qué magnífico ha sido vuestro negocio, hermanos! Habéis invertido todas vuestras riquezas del mundo para pasar el dominio del Creador y llegar a poseer a Aquel que es patrimonio y riqueza de los suyos. ¡Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor! Cuando se consagro esta casa al Señor, se hizo para nosotros: los que estamos presentes, los que han servido y los que servirán al señor en el curso de los siglos».
Ya veis que san Bernardo no se va por las ramas. El llevaba el fuego de Dios en el corazón y apunta directamente a nuestro corazón, despertando interrogantes a la luz de la Palabra de Dios. Para quien se los quiera plantear, claro:
«¿Nos sentimos propiedad de Dios?»
«¿Con 10, 20 40 años menos cambiaríamos de negocio?»
«¿Inviertes todo tu capital aquí, o tienes una contabilidad “B” o paralela?»
Se consagró y se dedico este templo para que nosotros lleguemos a vivir y decir desde el corazón este salmo:
«Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo. Feliz el que vive en vuestra casa alabándoos cada día».
Pero nunca haremos este salmo vida nuestra si no nos duelen las palabras de san Pablo: «Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado pérdida a causa de Cristo, y todo lo tengo como basura para ganar a Cristo» (Fl 3,7 s).
Mira: Cristo está pasando cada día por aquí. Se hace presencia viva. Quizás necesitas subirte al árbol como Zaqueo.
2Cr 5,6-10.13-6,2; Salmo 83,3-5.10-11 ; 1Pe 2,4-9; Lc 19,1-10
«Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo».
Este es un salmo de peregrinación, de quien se ha puesto en camino, hacia el santuario de Jerusalén, hacia la casa de Dios. Y esta casa eres tú mismo.
El ansia, el deseo, la impaciencia caracteriza a quien emprende un viaje para encontrar a una persona querida. Para encontrarse consigo misma. San Juan de la Cruz diría: «con ansias de amor inflamada».
Lo que desata el entusiasmo, la dulzura, la alegría del salmista no es tanto la casa del Señor como Aquel que habita en la casa. Es el deseo de Dios, es la pasión por Dios. Verdaderamente los versos de este salmo nos pueden llevar a escapar de la rutina en nuestra búsqueda de Dios. A vivir con más fuerza el deseo de Dios. San Agustín en un precioso comentario a este salmo escribe: «Como objeto de su deseo sólo les queda Dios. Ya no aman la tierra, porque aman al que hizo el cielo y la tierra. Aman y todavía no están con él. Su deseo se prolonga para crecer, crece para dar cabida. Pues no es poco lo que ha de dar Dios al que desea, ni es poco lo que ha de esforzarse para dar cabida a tan gran bien. Dios no va a dar algo de lo que hizo, sino a sí mismo, que lo hizo todo. Para dar cabida a Dios esfuérzate; lo que has de poseer por siempre, deséalo mucho tiempo».
Encontramos palabras muy expresivas en este salmo: mi alma se consume, es decir desfallece. El salmista aviva su amor, se siente invadido de una sed casi física de Dios, que es «manantial de agua viva» (Jer 17,13).
Estos versos del salmista recuerdan otras palabras de la Escritura:
«Que me bese con besos de su boca».
«Mi amado es mío y yode mi amado».
«Estoy enferma de amor».
«Me sedujiste, Señor y me dejé seducir».
«Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor».
«Vale más un día en tus atrios que mil en mi casa».
El salmista hace una opción radical. Por Dios rompe con los dioses falsos y con la sabiduría del mundo. Decide vivir según el espíritu de la ley del Señor; orientar sus pasos hacia Dios. Mil días son los nuestros. Un día es el de Dios. Nuestros días, sin Dios, son vacíos, ruedan sin consistencia, se esfuman sin sentido. La presencia de Dios es lo que da valor infinito a un solo día pasado con el Señor. Como enseña Pablo: «Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado pérdida a causa de Cristo, y todo lo tengo como basura para ganar a Cristo» (Fl 3,7 s).
Celebramos la fiesta de la dedicación de este templo, de su consagración a Dios. Pero la verdadera consagración es la nuestra como nos recuerda san Bernardo: «estáis consagrados a Dios que os eligió y os ha tomado en propiedad. ¡Qué magnífico ha sido vuestro negocio, hermanos! Habéis invertido todas vuestras riquezas del mundo para pasar el dominio del Creador y llegar a poseer a Aquel que es patrimonio y riqueza de los suyos. ¡Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor! Cuando se consagro esta casa al Señor, se hizo para nosotros: los que estamos presentes, los que han servido y los que servirán al señor en el curso de los siglos».
Ya veis que san Bernardo no se va por las ramas. El llevaba el fuego de Dios en el corazón y apunta directamente a nuestro corazón, despertando interrogantes a la luz de la Palabra de Dios. Para quien se los quiera plantear, claro:
«¿Nos sentimos propiedad de Dios?»
«¿Con 10, 20 40 años menos cambiaríamos de negocio?»
«¿Inviertes todo tu capital aquí, o tienes una contabilidad “B” o paralela?»
Se consagró y se dedico este templo para que nosotros lleguemos a vivir y decir desde el corazón este salmo:
«Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo. Feliz el que vive en vuestra casa alabándoos cada día».
Pero nunca haremos este salmo vida nuestra si no nos duelen las palabras de san Pablo: «Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado pérdida a causa de Cristo, y todo lo tengo como basura para ganar a Cristo» (Fl 3,7 s).
Mira: Cristo está pasando cada día por aquí. Se hace presencia viva. Quizás necesitas subirte al árbol como Zaqueo.
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