Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
Apoc 11, 19; 12, 1.3-6.10; Sal 44, 11-12.16; 1Cor 15, 20-26; Lc 1, 39-56
San Bernardo tiene una página en la que comenta con una inmensa ternura y belleza la Asunción de la Madre de Jesús, muestra de su sensibilidad y profunda devoción a santa María, lo que hace que sea uno de los Santos Padres que más escritos tiene sobre ella.
«Habrá alguien capaz de imaginar la gloria que envuelve hoy a la Reina del mundo, el entusiasmo con que salen a su encuentro las legiones celestes, los cantos que le acompañan al trono glorioso? ¡Con qué aspecto tan afable, con qué mirada tan tierna y con qué abrazos tan divinos la recibe su Hijo! Es encumbrada por encima de toda criatura con el honor que merece tal madre y la gloria propia de tal Hijo. ¡Qué besos tan sabrosos le estampaba con sus labios al mamar y cuando la madre le acariciaba en su seno virginal! Pero son mucho más inefables los que hoy recibe de la boca del que está sentado a la derecha del Padre, cuando sube al trono de la gloria cantando aquel poema nupcial: Que me bese con besos de su boca. ¿Quién es capaz de explicar cómo fue engendrado Cristo y en qué consistió la asunción de María? Aquí recibió una gracia incomparable, pero es mucho más extraordinaria la gloria que recibe en el cielo». (San Bernardo, Sermón I sobre la Asunción, 4)
Hay alguien capaz de imaginar la gloria de María en este solemnidad? ¿Quién es capaz de explicar en qué consistió la asunción de María?
María la contemplamos siempre inmersa en el misterio de amor revelado por Dios. La revelación de este misterio de amor es que Dios tiene el proyecto de incorporarnos a su misterio de amor. Y la primera en incorporarse a este misterio es santa María, como nos sugiere la oración-colecta: «Dios ha llevado al cielo en cuerpo y alma la inmaculada Virgen María, Madre de Cristo». Y simultáneamente este misterio de amor nos abre el camino a todos nosotros como también dice dicha oración: «haced que con la mirada en las cosas celestiales merezcamos de tener parte en su gloria».
Pero nos conviene contemplar o reflexionar sobre el camino llevado a cabo por María. ¿Cuál es este camino? El camino de una persona creyente. Así lo constata su prima Isabel: «Feliz tú que has creído. Lo que el Señor te ha hecho saber se cumplirá». María es nuestra referencia primera en la fe. Ella, santa María del silencio, el silencio de evangelio, es la perfecta receptora de la Palabra. Comentaba san Bernardo: «¡Qué besos tan sabrosos le estampaba con sus labios al mamar y cuando la madre le acariciaba en su seno virginal!»
Pero este beso, un beso silencioso que destilaba su boca y su corazón, era permanente en María, abierta al misterio divino en un deseo vivo de una comunión con el Amor.
El BESO es una conjunción de cuerpos exterior y afectuosa, signo también y estímulo de una unión interior. Mediante el servicio de la boca busca, en un intercambio mutuo, la conjunción del cuerpo y del alma.
Cristo es el beso del cielo, el Verbo se hace carne, y la trae a una intimidad plena, haciéndose una sola cosa con ella. «Dios deviene hombre, el hombre deviene Dios», como nos enseñan los Santos Padres de la Iglesia. Es el beso que ofrece al alma fiel, su esposa, y le imprime, en el recuerdo de sus obras grandes, una alegría personal y exclusiva, y la inunda con la gracia de su amor. El camino de santa María, es la experiencia de un beso permanente, de una conjunción externa e interna, una compenetración íntima de María con la voluntad de Dios: «He aquí la esclava del Señor, que se cumpla en mí tu palabra».
Y por ello la palabra de María, el canto de María, no puede ser otro que el canto de las maravillas de Dios. El canto de Dios en su propia vida, donde se manifiesta la santidad de Dios, donde se revela la fuerza divina, donde la pobreza deja confundida a la riqueza. Donde se manifiesta que la fuerza está en la debilidad. Donde en definitiva se pone de relieve que los caminos de Dios no son los caminos del hombre, y que los pensamientos del hombre no son los de Dios.
El canto de María, el Magníficat, no viene sino a revelarnos que el camino de la criatura humana en este mundo no es sino desear el beso con el amado, ensayar en esta vida el canto nupcial con el que María asciende al cielo: «que me bese con besos de su boca».
No debemos aspirar a aprender otro canto. Este es el canto a ensayar para llegar a la glorificación que hoy celebramos de santa María, y que un día esperamos para nosotros: «que me bese con besos de su boca».
15 de agosto de 2013
11 de julio de 2013
NUESTRO PADRE SAN BENITO, ABAD
Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
Prov 2,1-9; Salmo 33,2-4.6.9.12.14s; Col 3,12-17; Lc 22,24-27
«Yo estoy entre vosotros como quien sirve». Estas palabras les dice Jesús a sus discípulos cuando en el última Cena disputan sobre quién es el más grande. «El Hijo del hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir y dar su vida por todos». Estas palabras se las dice a los discípulos durante su vida cuando iba enseñando y los Zebedeos le piden un lugar de privilegio en su Reino, por eso añadirá Jesús: «estáis equivocados».
Pero este tema ya venía de antiguo, pues Isaías entre los cap. 40 a 55 había expuesto un retrato muy claro con los cuatro Cantos del Siervo del Señor, y nos presenta todo un retrato muy fiel de lo que será la vida de Jesús, sobre todo en el momento culminante de su vida. En el servicio culminante: que fue la expresión de su servicio del amor extremo en el gesto de dar la vida en la cruz.
Pero han pasado 20 siglos y parece que este tema no lo tenemos bien aprendido. Parece una asignatura pendiente, pues recientemente alertaba el Papa Francisco en una intervención con los alumnos de la Academia Pontificia acerca del peligro del «carrerismo» en la Iglesia y la necesidad de estar más bien en una línea de servicio de comunión y unidad dentro de la Iglesia.
Y todavía una última palabra la hemos recibido en la encíclica «Lumen fidei», cuando afirma que «la existencia creyente es una existencia comunitaria, eclesial. Cristo abraza en sí a todos los creyentes que forman su cuerpo. los cristianos son “uno” sin perder su individualidad, y en el servicio a los demás cada uno alcanza hasta el fondo de su propio ser. En el servicio a los demás cada uno alcanza lo más genuino de sí mismo». (22)
Esta sabiduría cristiana la debió entender muy bien san Benito, así como debió captar la dificultad de vivirla con fidelidad que le lleva a establecer una Escuela, una Escuela de servicio divino. Benito es consciente de que la escuela no siempre ofrece un clima fácil; que no busca establecer nada que sea áspero o muy pesado, pero que supone siempre un camino riguroso pues se trata de educarnos y exigirnos vivir en una línea de servicio. Y la escuela se hará agradable cuando viviendo los mandamientos de Dios con la dulzura del amor, participamos con paciencia en el camino de Cristo.
El camino de Cristo, lo hemos escuchado en el evangelio, es el del servicio. Pero conviene no tergiversar la dimensión del servicio. Aquí no se trata de servir unos platos, como podemos hacer en el refectorio, o el servicio de lavado de ropa, de portería… Es decir no se trata de un servicio material, sino de un servicio a la persona. En la vida cristiana y monástica el servicio siempre hace referencia a la persona del otro. Lo material será el apoyo para vivir un auténtico servicio en la relación personal…
Esto queda muy ilustrado con la Epístola a los Colosenses, cuando nos exhorta a tener los mismos sentimientos de Cristo. Y hace una lista muy concreta de estos sentimientos: compasión, bondad, humildad, serenidad, paciencia, perdón, amor, paz…
Incluso a alguno de estos sentimientos Benito dedica un capítulo en la Regla. Todos ellos tienen una relación profunda, íntima, con los demás. Son sentimientos que vivió Cristo durante su vida en el encuentro con las personas, como nos lo muestran los evangelios. Es el gran servicio de Cristo a la humanidad. Bien pudieron sus discípulos predicar, cuando le recordaban después de Pentecostés: «Pasó haciendo el bien».
Esta es la tarea que dejó san Benito a los monjes al establecer la Escuela del servicio divino: Aprender la tarea del servicio. Es una lección que nunca la tenemos aprendida del todo. Por eso, cada semana, pedimos en las preces de Laudes del domingo que el Señor nos ilumine, nos aumente el amor para hacer un buen servicio. Esta es una de las peticiones que debemos tener siempre muy en cuenta, pues de ella depende el sentido de nuestra vida monástica. Vivir bien el servicio. Un servicio a personas concretas.
Necesitamos guardar la Palabra de Cristo en toda su riqueza, guardarla como un tesoro, puesto que él nos ha llamado a esta vida. Perseveremos en la escucha de la Palabra para que hagamos un buen camino monástico según Dios, y no bajemos a una pobre obra personal.
No lo olvidéis: lo nuestro es el servicio. Y no olvidemos tampoco que hoy corren malos tiempos para el servicio. Y para este servicio guardemos con sumo cuidado el octavario de palabras que harán bueno el servicio: compasión, bondad, humildad, serenidad, paciencia, perdón, amor, paz… Si no hacemos nuestro servicio acompañados siempre por estas palabras, no servimos.
Prov 2,1-9; Salmo 33,2-4.6.9.12.14s; Col 3,12-17; Lc 22,24-27
«Yo estoy entre vosotros como quien sirve». Estas palabras les dice Jesús a sus discípulos cuando en el última Cena disputan sobre quién es el más grande. «El Hijo del hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir y dar su vida por todos». Estas palabras se las dice a los discípulos durante su vida cuando iba enseñando y los Zebedeos le piden un lugar de privilegio en su Reino, por eso añadirá Jesús: «estáis equivocados».
Pero este tema ya venía de antiguo, pues Isaías entre los cap. 40 a 55 había expuesto un retrato muy claro con los cuatro Cantos del Siervo del Señor, y nos presenta todo un retrato muy fiel de lo que será la vida de Jesús, sobre todo en el momento culminante de su vida. En el servicio culminante: que fue la expresión de su servicio del amor extremo en el gesto de dar la vida en la cruz.
Pero han pasado 20 siglos y parece que este tema no lo tenemos bien aprendido. Parece una asignatura pendiente, pues recientemente alertaba el Papa Francisco en una intervención con los alumnos de la Academia Pontificia acerca del peligro del «carrerismo» en la Iglesia y la necesidad de estar más bien en una línea de servicio de comunión y unidad dentro de la Iglesia.
Y todavía una última palabra la hemos recibido en la encíclica «Lumen fidei», cuando afirma que «la existencia creyente es una existencia comunitaria, eclesial. Cristo abraza en sí a todos los creyentes que forman su cuerpo. los cristianos son “uno” sin perder su individualidad, y en el servicio a los demás cada uno alcanza hasta el fondo de su propio ser. En el servicio a los demás cada uno alcanza lo más genuino de sí mismo». (22)
Esta sabiduría cristiana la debió entender muy bien san Benito, así como debió captar la dificultad de vivirla con fidelidad que le lleva a establecer una Escuela, una Escuela de servicio divino. Benito es consciente de que la escuela no siempre ofrece un clima fácil; que no busca establecer nada que sea áspero o muy pesado, pero que supone siempre un camino riguroso pues se trata de educarnos y exigirnos vivir en una línea de servicio. Y la escuela se hará agradable cuando viviendo los mandamientos de Dios con la dulzura del amor, participamos con paciencia en el camino de Cristo.
El camino de Cristo, lo hemos escuchado en el evangelio, es el del servicio. Pero conviene no tergiversar la dimensión del servicio. Aquí no se trata de servir unos platos, como podemos hacer en el refectorio, o el servicio de lavado de ropa, de portería… Es decir no se trata de un servicio material, sino de un servicio a la persona. En la vida cristiana y monástica el servicio siempre hace referencia a la persona del otro. Lo material será el apoyo para vivir un auténtico servicio en la relación personal…
Esto queda muy ilustrado con la Epístola a los Colosenses, cuando nos exhorta a tener los mismos sentimientos de Cristo. Y hace una lista muy concreta de estos sentimientos: compasión, bondad, humildad, serenidad, paciencia, perdón, amor, paz…
Incluso a alguno de estos sentimientos Benito dedica un capítulo en la Regla. Todos ellos tienen una relación profunda, íntima, con los demás. Son sentimientos que vivió Cristo durante su vida en el encuentro con las personas, como nos lo muestran los evangelios. Es el gran servicio de Cristo a la humanidad. Bien pudieron sus discípulos predicar, cuando le recordaban después de Pentecostés: «Pasó haciendo el bien».
Esta es la tarea que dejó san Benito a los monjes al establecer la Escuela del servicio divino: Aprender la tarea del servicio. Es una lección que nunca la tenemos aprendida del todo. Por eso, cada semana, pedimos en las preces de Laudes del domingo que el Señor nos ilumine, nos aumente el amor para hacer un buen servicio. Esta es una de las peticiones que debemos tener siempre muy en cuenta, pues de ella depende el sentido de nuestra vida monástica. Vivir bien el servicio. Un servicio a personas concretas.
Necesitamos guardar la Palabra de Cristo en toda su riqueza, guardarla como un tesoro, puesto que él nos ha llamado a esta vida. Perseveremos en la escucha de la Palabra para que hagamos un buen camino monástico según Dios, y no bajemos a una pobre obra personal.
No lo olvidéis: lo nuestro es el servicio. Y no olvidemos tampoco que hoy corren malos tiempos para el servicio. Y para este servicio guardemos con sumo cuidado el octavario de palabras que harán bueno el servicio: compasión, bondad, humildad, serenidad, paciencia, perdón, amor, paz… Si no hacemos nuestro servicio acompañados siempre por estas palabras, no servimos.
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