Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
Is 60,1-6; Sl 712.7-13, Ef 3,2-3.5-6; Mt 2,1-12
«Causan alarma los focos de tensión y contraposición provocados por la creciente desigualdad entre ricos y pobres, por el predominio de una mentalidad egoísta, que se expresa también en un capitalismo financiero no regulado. Aparte de las diversas formas de terrorismo y delincuencia internacional, representan un peligro para la paz los fundamentalismos y fanatismos que distorsionan la verdadera naturaleza de la religión, llamada a favorecer la comunión y la reconciliación entre los hombres». (Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada de la Paz 2013)
Pero podríamos afirmar con un contemplativo: «Sin embargo hay paz en el mundo ¿Dónde se halla? En los corazones de los hombres y las mujeres que son sabios porque son humildes, lo bastante humildes para estar en paz en medio de la angustia, para aceptar el conflicto y la inseguridad venciéndolos con el amor, porque comprenden quienes son, y, por lo tanto, poseen la libertad que es su verdadera herencia. Son los hijos de Dios. No hay que ir a buscarlos a los monasterios, están en todas partes. Pueden no pasar el tiempo hablando de la paz, pero conocen la paz, conocen a Dios y han hallado a Cristo en medio de la batalla». (T. Merton, Pensamientos de la soledad, Bienaventurados los pacíficos, p. 81)
Hoy encontramos y contemplamos esta paz en el regazo de Santa María: su hijo Jesús, recién nacido. «Cristo, nuestra paz», o como dice la oración-colecta, «Cristo, autor de la vida». Dos palabras entrelazadas: paz y vida. Sin la paz no hay auténtica vida. Una vida plena brota de un corazón pacificado. Paz y vida siempre serán un fruto precioso que hace madurar en nosotros la bendición de Dios, como nos enseña la bendición que hemos escuchado en la lectura primera, bendición recomendada por el Señor a Moisés y que es también muy adecuada para nosotros: «El Señor te bendiga y te proteja, ilumine tu rostro, te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda su paz».
Y es que la bendición arrastra siempre una vigorosa energía de vida y de amor. Es un recrear. San Pablo dice a los Efesios que «el Padre nos ha bendecido en el Cristo con toda clase de bienes espirituales y materiales para que seamos santos».
En el Cristo somos hechos hombres nuevos, humanidad nueva. He aquí que hago nuevas todas las cosas, una novedad de vida que se fragua en la escucha de la Palabra, y en guardarla en el corazón. Como hace María, cuando se van sucediendo los acontecimientos con motivo del Nacimiento de su Hijo. «Conservaba las cosas meditándolas en su corazón».
Quizás nosotros somos más inclinados a guardar las cosas cuando los otros han actuado de manera incorrecta hacia nosotros, pero este guardar las cosas negativas nos quita paz del corazón. Necesitamos ejercitarnos en la guarda de las cosas positivas; recurrir a todo aquello que nos pacifique el corazón: la consideración de las maravillas de la creación, vivir una relación personal con los demás que nos permita descubrir la grandeza y dignidad de las otras personas.
La presencia del otro es el fundamento de la ley, de la justicia y de la paz. El impulso ético, y no digamos la dimensión religiosa de nuestra vida, no es tanto fruto del yo, como de la presencia del otra persona. Esta responsabilidad hacia el prójimo se convierte en una parte constitutiva de nosotros mismos. La proximidad del otro articula nuestras obligaciones hacia él. Esta dimensión es la que nos ha venido a descubrir el hecho de la Encarnación de Dios, el hecho de que nuestro Dios se ha revestido de la fragilidad de nuestra naturaleza humana, y que nos descubre lo que el hombre nunca podía pensar o imaginar: un Dios hecho hombre, una divinidad profundamente humana
Que pone perfectamente de relieve la hondura religiosa de la humanidad.
Por esto, con razón escribía Juan XXIII: «por mucho que los hombres hagan todos los progresos técnicos y económicos de que sean capaces, no habrá paz ni justicia en el mundo hasta que no alcancen a recuperar el sentido de su dignidad como criaturas e hijos de Dios, que es la primera y última causa de todo lo creado. Separado de Dios, el hombre no es sino un monstruo, para sí mismo y para los demás, pues el correcto ordenamiento de la sociedad humana presupone el correcto ordenamiento de la conciencia humana con respecto a Dios, que es la fuente de toda justicia, de toda verdad, y de todo amor». (Mater et Magistra)
Que el Señor os mire, hoy y a lo largo de este nuevo año; que el Señor os toque, hoy y a la largo de este nuevo año, para que él os bendiga de acuerdo a aquella palabra de san Agustín: «Me tocaste y quedé envuelto en las llamas de tu paz» (Confesiones X,27)
1 de enero de 2013
30 de diciembre de 2012
LA VOZ DE LOS PADRES
TEXTOS PARA LA NAVIDAD
Domingo 1º de Navidad. La Sagrada Familia (Año C)
De las homilías de Orígenes (sobre el evangelio de Lucas, n. 18)
A la edad de doce años, Jesús se queda en Jerusalén. No sabiéndolo, sus padres lo buscan con inquietud y no lo encuentran. Buscan «entre sus parientes cercanos», buscan «entre sus compañeros de camino», buscan «entre sus conocidos», pero, entre toda aquella gente, no lo encuentran... Mi Jesús no quiere ser encontrado entre la muchedumbre.
Aprended pues dónde lo encontraron... para que vosotros también podáis encontrarlo: «a fuerza de buscarlo, lo encontraron en el Templo». No en cualquier lugar, sino «en el Templo», y no simplemente en el Templo, sino «en medio de los doctores a los que escuchaba y hacía preguntas». Vosotros también, buscad pues a Jesús en el templo de Dios, buscadlo en la Iglesia, buscadlo cerca de los maestros que están en este templo y que no salen de él. Si buscáis de ese modo, lo encontraréis...
Lo encontraron «sentado en medio de los doctores, escuchándoles y haciéndoles preguntas». Ahora todavía, Jesús está aquí; nos interroga y nos escucha. «Todos estaban admirados», dice Lucas. ¿Qué admiraban? No sus preguntas que sin embargo eran admirables, sino sus respuestas... «Moisés hablaba, dice la Escritura, y Dios le respondía». Así es como el Señor le enseñaba a Moisés lo que ignoraba. Unas veces Jesús interroga, y otras responde, y por muy admirables que sean sus preguntas, sus respuestas todavía son más admirables.
Para que nosotros también podamos oírlo y que nos plantee preguntas que él mismo resolverá, supliquémosle, hagamos un esfuerzo intenso y doloroso por buscarle, y podremos entonces encontrar lo que buscamos. Con razón dice la Escritura: «Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Hace falta en efecto que el que busca a Jesús no lo haga con negligencia y blandura, de forma intermitente, como lo hacen algunos... y que, por esta razón, no lo encuentran. Nosotros, digamos: «Te buscábamos angustiados».
Domingo 1º de Navidad. La Sagrada Familia (Año C)
De las homilías de Orígenes (sobre el evangelio de Lucas, n. 18)
A la edad de doce años, Jesús se queda en Jerusalén. No sabiéndolo, sus padres lo buscan con inquietud y no lo encuentran. Buscan «entre sus parientes cercanos», buscan «entre sus compañeros de camino», buscan «entre sus conocidos», pero, entre toda aquella gente, no lo encuentran... Mi Jesús no quiere ser encontrado entre la muchedumbre.
Aprended pues dónde lo encontraron... para que vosotros también podáis encontrarlo: «a fuerza de buscarlo, lo encontraron en el Templo». No en cualquier lugar, sino «en el Templo», y no simplemente en el Templo, sino «en medio de los doctores a los que escuchaba y hacía preguntas». Vosotros también, buscad pues a Jesús en el templo de Dios, buscadlo en la Iglesia, buscadlo cerca de los maestros que están en este templo y que no salen de él. Si buscáis de ese modo, lo encontraréis...
Lo encontraron «sentado en medio de los doctores, escuchándoles y haciéndoles preguntas». Ahora todavía, Jesús está aquí; nos interroga y nos escucha. «Todos estaban admirados», dice Lucas. ¿Qué admiraban? No sus preguntas que sin embargo eran admirables, sino sus respuestas... «Moisés hablaba, dice la Escritura, y Dios le respondía». Así es como el Señor le enseñaba a Moisés lo que ignoraba. Unas veces Jesús interroga, y otras responde, y por muy admirables que sean sus preguntas, sus respuestas todavía son más admirables.
Para que nosotros también podamos oírlo y que nos plantee preguntas que él mismo resolverá, supliquémosle, hagamos un esfuerzo intenso y doloroso por buscarle, y podremos entonces encontrar lo que buscamos. Con razón dice la Escritura: «Tu padre y yo te buscábamos angustiados». Hace falta en efecto que el que busca a Jesús no lo haga con negligencia y blandura, de forma intermitente, como lo hacen algunos... y que, por esta razón, no lo encuentran. Nosotros, digamos: «Te buscábamos angustiados».
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