Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
Is 25,6.7-9; Salm 26; 1Tes 4,13-18; Jn 11,17-27
«La obra de amor, que consiste en recordar a un difunto, es la obra de amor más desinteresada, más libre y más fiel de todas, escribe Kierkeegaard. La más desinteresada porque el difunto no puede corresponder al elogio, ni devolver lo que se le hace». Por eso dice el libro de los Macabeos: «Es una idea piadosa y santa rezar por los difuntos para sean liberados del pecado». «Es un rezo por nuestros "parientes de la tierra"» dice también Kierkeegaard. Todos volvemos a la tierra. Todos somos tierra, polvo, como se nos recuerda el Miércoles de Ceniza, y que fácilmente olvidamos.
Este punto nos vuelve a recordar la sabiduría de la Regla cuando nos propone los 12 grados de la humildad. La humildad es la palabra relacionada con el humus. Es rebajarse hasta lo que somos: humus, tierra. Así empieza nuestro camino en esta tierra.
Pero necesitamos luz para el camino. Es la luz que proclama el salmo: «El Señor es mi luz y mi salvación. El Señor es la defensa de mi vida». El es quien primero hace el camino con la luz de la verdadera sabiduría, hecho hombre, humillado, hasta la nada, para ser después glorificado. Por eso podrá decir a Marta: «Yo soy la resurrección y la vida. Los que creen mí, aunque mueran vivirán, y los que viven y creen en mí no morirán».
Porque creer en Cristo, es obrar como él obro, vivir como él vivió; para esto desde la cima de su humillación, y antes de su glorificación, entrega su Espíritu, el Espíritu que será derramado sobre toda carne. El Espíritu que nos da sabiduría y fuerza para hacer el camino de esta vida desde el humus, desde la tierra humilde, desde una humillación que es moderar los deseos como el niño en el regazo de la madre. Y esto es morir, porque decidme si no es morir, vivir los grados de humildad de la regla, sobre todo el 6 y el 7, que acaba con la palabra: «me ha hecho bien que me haya humillado; así he aprendido tus mandamientos».
Y el primer mandamiento es el del amor. El amor que es la manifestación de toda la vida de Jesús, revelación del Padre que es Amor. «Solo la vida de este amor que se humilla puede mostrar la verdad de nuestra fe en la resurrección como decimos en la oración colecta de hoy». Pero la verdad de esta fe es al mismo tiempo vida, es ir experimentando en este camino de la vida la transformación de nuestro ser: ir elevándonos desde nuestra humillación, pero apoyados y envueltos en la fuerza de amor que nos viene de Dios. Solo quien va teniendo esta experiencia en su vida de un cambio profundo en su ser tiene verdadera fe, una fe viva en la resurrección de todos los hombres, porque la va experimentado en las dificultades, en los obstáculos que encuentra y va venciendo desde la postración en el humus, desde el polvo, hasta la elevación a una nueva criatura. Y la firme esperanza de subir a la Montaña, donde el Señor prepara el banquete para todos los pueblos.
Para este camino nos ha dado su Espíritu. «El Señor nos ilumina y nos salva». Por eso puede escribir Orígenes: «El alma que posee la luz de Dios comienza por mirar a su Salvador, y entonces, intrépido, contra no importa quien, hombre o diablo, combate, teniendo a Cristo a su lado».
Celebrar la Eucaristía por todos los difuntos es para nosotros la oportunidad de incorporarnos al banquete mesiánico; el banquete al que van entrando los difuntos. El Banquete de la Belleza. «El banquete, donde ya no hay duelo, ni lágrimas, ni oprobios, ni humillaciones. El banquete de la alegría».
El banquete es el espacio donde más cercanos estamos de los dos polos: la humillación y la gloria. La Eucaristía es el tiempo donde se nos la oportunidad de contemplar la humillación y la glorificación. La Eucaristía es el Banquete de la Belleza.
Nosotros somos humildes, queramos o no. Nuestra condición humana es frágil. Lo sepamos o no, lo queramos o no, los grados de la humildad de la Regla son la verdad. La verdad que contemplamos en Cristo en este Misterio de su vida muerte y Resurrección. De humillación y de glorificación.
Nosotros debemos entrar en ella desde nuestra condición humana, desde nuestra pobreza, desde nuestro barro, y dejar que nos agarre el Misterio, y dejar que la fuerza de este Misterio llene toda nuestra existencia. De esta forma crecerá nuestra esperanza de sumarnos un día al Banquete de la Belleza.
Escribe Juan Pablo II en su Carta a los Artistas: «Porque la belleza es la clave del misterio y llamada a lo trascendente. Es una invitación a gustar la vida y a soñar el futuro. La belleza de las cosas creadas no puede saciar del todo y suscita la arcana nostalgia de Dios».
Gustar la vida, inmersos en nuestra condición frágil, de barro, pero soñando con el futuro, el verdadero Banquete de la Belleza, sin velos, ni oprobios. El salmista dice que solo pide una cosa al Señor, y eso busca: «habitar en la casa del Señor toda la vida, contemplando su belleza». Nosotros, hoy pedimos dos en una: esta contemplación de la Belleza para los hermanos que nos dejaron, y la misma contemplación para quienes estamos caminando.
2 de noviembre de 2011
1 de noviembre de 2011
TODOS LOS SANTOS
Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
Apoc 7,2-4.9-14; Salm 23,1-6; 1Jn 3,1-3; Mt 5,1-12
Me decía alguien: «la vida es un salmo». Y me pregunto: ¿y qué es un salmo? Y me encuentro con respuestas diversas y llenas de belleza: «Los salmos son poemas, poemas con un significado. Las palabras de un poema no son meramente signos y conceptos, sino que es rico asociaciones afectivas y espirituales». (Merton) «El libro de los salmos es como un árbol que plantado junto a la corriente da fruto en su sazón. La corriente es el río de la vida y el río de la historia. De la vida humana y de la historia chupa el árbol su savia» (L.A. Schökel). «Los salmos son diálogo más que monólogo, encuentro antes que réplica, porque Dios habla también en los salmos, y más todavía cuando guarda silencio».
Los hombres y mujeres que hablan en los salmos se dirigen a un Dios que no garantiza la felicidad y la salvación automática; cuestionan saberes y poderes de nuestra vida humana; hechos de preguntas y respuestas, alabanzas y acusaciones, promesas y arrepentimientos, deseos y quejas, en el marco de un diálogo, una conversación entre Dios y el hombre, entre un yo y un Tú.
En esta fiesta de Todos los Santos la liturgia nos ofrece el salmo 23 para vivir ese diálogo con Dios. Es una buena pedagogía religiosa para enseñarnos que no hay religión sin un encuentro cultual con Dios y sin una rectitud moral.
«¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿quién puede estar en el recinto sacro?» La respuesta tiene un nombre: Cristo. El hombre de manos inocentes y puro corazón, que pasó entre los hombres con la bendición de Dios. Pero aprovechó su paso entre nosotros para darnos el programa que necesitamos para subir al monte del Señor y permanecer en el recinto sacro.
Y este programa, esta lección son las Bienaventuranzas, el Sermón de la Montaña. Quienes redactaron el texto de este Sermón tenían ante sus ojos los comportamientos en la vida y en la muerte del Crucificado y del Resucitado. El Sermón de la Montaña es una propuesta límite, valida para nosotros en la concreción de las Bienaventuranzas, y que nos muestra hacia donde debe tender el discípulo, de acuerdo a lo peculiar del estado de cada uno en la vida.
San Bernardo les dice a los monjes: «No dudo que la lectura del Evangelio y el sermón del Señor os ha enseñado mejor que nadie como imitar a los santos. Tenéis ante vuestros ojos la escalera por la que ha subido el coro de los santos a quienes hoy festejamos».
Las bienaventuranzas nos hablan de Cristo, de que él con su vida y muerte nos ha traído y nos ofrece esta nueva sabiduría, esta nueva justicia del Reino. Cristo es quien realiza y quien vive este Sermón. Él es el verdadero bienaventurado. Y las Bienaventuranzas son su retrato. Si son un retrato no tiene sentido afirmar que son una utopía admirable, pero no realizable. Cristo primero las vivió y luego las propuso. El cristianismo mira primero la persona de Jesús, y desde él y con él intenta llevar a cabo en este mundo su proyecto.
Pero a lo largo de la historia ha habido cristianos que han encarnado su proyecto en su vida, y que han subido al monte del Señor y que permanecen en el recinto sacro. Y hoy sigue habiendo cristianos que contemplan a este Cristo y meditan sus palabras, la enseñanza de su vida, su muerte y su pasión, y que van haciendo este camino hacia la cumbre del monte.
A este respeto creo que es luminosa la enseñanza de san Bernardo, cuando escribe: «Hoy es fiesta para nosotros. Una de las más solemnes. Celebramos a todos los Santos juntos, los del cielo y los de la tierra. Honramos a todos en común aunque no con la misma intensidad. Lo cual es comprensible, ya que su grado de santidad no es idéntico. Cada uno encarna la santidad según su personalidad. Hay pues diversos matices en el uso y en la vivencia de la palabra santidad: unos son santos porque ya la poseen plenamente, y otros porque están predestinados a ella. La santidad en estos últimos está oculta en Dios; es algo misterios y se celebra en la penumbra del misterio».
Es lo que enseña san Juan: «ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos, cuando se manifieste seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es». Mientras, es necesario caminar para subir al monte del Señor. Pero si queremos hacer progresos en el camino no podemos olvidar la enseñanza de la Regla de San Benito: «No anteponer nada al amor de Cristo».
Apoc 7,2-4.9-14; Salm 23,1-6; 1Jn 3,1-3; Mt 5,1-12
Me decía alguien: «la vida es un salmo». Y me pregunto: ¿y qué es un salmo? Y me encuentro con respuestas diversas y llenas de belleza: «Los salmos son poemas, poemas con un significado. Las palabras de un poema no son meramente signos y conceptos, sino que es rico asociaciones afectivas y espirituales». (Merton) «El libro de los salmos es como un árbol que plantado junto a la corriente da fruto en su sazón. La corriente es el río de la vida y el río de la historia. De la vida humana y de la historia chupa el árbol su savia» (L.A. Schökel). «Los salmos son diálogo más que monólogo, encuentro antes que réplica, porque Dios habla también en los salmos, y más todavía cuando guarda silencio».
Los hombres y mujeres que hablan en los salmos se dirigen a un Dios que no garantiza la felicidad y la salvación automática; cuestionan saberes y poderes de nuestra vida humana; hechos de preguntas y respuestas, alabanzas y acusaciones, promesas y arrepentimientos, deseos y quejas, en el marco de un diálogo, una conversación entre Dios y el hombre, entre un yo y un Tú.
En esta fiesta de Todos los Santos la liturgia nos ofrece el salmo 23 para vivir ese diálogo con Dios. Es una buena pedagogía religiosa para enseñarnos que no hay religión sin un encuentro cultual con Dios y sin una rectitud moral.
«¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿quién puede estar en el recinto sacro?» La respuesta tiene un nombre: Cristo. El hombre de manos inocentes y puro corazón, que pasó entre los hombres con la bendición de Dios. Pero aprovechó su paso entre nosotros para darnos el programa que necesitamos para subir al monte del Señor y permanecer en el recinto sacro.
Y este programa, esta lección son las Bienaventuranzas, el Sermón de la Montaña. Quienes redactaron el texto de este Sermón tenían ante sus ojos los comportamientos en la vida y en la muerte del Crucificado y del Resucitado. El Sermón de la Montaña es una propuesta límite, valida para nosotros en la concreción de las Bienaventuranzas, y que nos muestra hacia donde debe tender el discípulo, de acuerdo a lo peculiar del estado de cada uno en la vida.
San Bernardo les dice a los monjes: «No dudo que la lectura del Evangelio y el sermón del Señor os ha enseñado mejor que nadie como imitar a los santos. Tenéis ante vuestros ojos la escalera por la que ha subido el coro de los santos a quienes hoy festejamos».
Las bienaventuranzas nos hablan de Cristo, de que él con su vida y muerte nos ha traído y nos ofrece esta nueva sabiduría, esta nueva justicia del Reino. Cristo es quien realiza y quien vive este Sermón. Él es el verdadero bienaventurado. Y las Bienaventuranzas son su retrato. Si son un retrato no tiene sentido afirmar que son una utopía admirable, pero no realizable. Cristo primero las vivió y luego las propuso. El cristianismo mira primero la persona de Jesús, y desde él y con él intenta llevar a cabo en este mundo su proyecto.
Pero a lo largo de la historia ha habido cristianos que han encarnado su proyecto en su vida, y que han subido al monte del Señor y que permanecen en el recinto sacro. Y hoy sigue habiendo cristianos que contemplan a este Cristo y meditan sus palabras, la enseñanza de su vida, su muerte y su pasión, y que van haciendo este camino hacia la cumbre del monte.
A este respeto creo que es luminosa la enseñanza de san Bernardo, cuando escribe: «Hoy es fiesta para nosotros. Una de las más solemnes. Celebramos a todos los Santos juntos, los del cielo y los de la tierra. Honramos a todos en común aunque no con la misma intensidad. Lo cual es comprensible, ya que su grado de santidad no es idéntico. Cada uno encarna la santidad según su personalidad. Hay pues diversos matices en el uso y en la vivencia de la palabra santidad: unos son santos porque ya la poseen plenamente, y otros porque están predestinados a ella. La santidad en estos últimos está oculta en Dios; es algo misterios y se celebra en la penumbra del misterio».
Es lo que enseña san Juan: «ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos, cuando se manifieste seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es». Mientras, es necesario caminar para subir al monte del Señor. Pero si queremos hacer progresos en el camino no podemos olvidar la enseñanza de la Regla de San Benito: «No anteponer nada al amor de Cristo».
Suscribirse a:
Entradas (Atom)