LA BELLEZA DE LA PALABRA DE DIOS EN LA HOMILIA
Hech 15,1-2.22-29; Salm 66,2-8; Apoc 21,10-14.22-23; Jn 14,23-29
Reflexión: La ciudad santa de Jerusalén
En el Apocalipsis no hay descenso, no hay subida. El vidente ve el cielo abierto, ve los misterios de Dios que se cumplen en la tierra; la tierra y el cielo son un único reino, el cielo y la tierra son el espacio de la revelación.
La dimensión del cosmos, la espesura del tiempo eran el muro que separaba el hombre de Dios. ¿Cuál es el largo camino del hombre hacia Dios? Una vuelta al paraíso de donde había salido al pecar, para alcanzar de nuevo la divina presencia. Pero el Apocalipsis parece que no tiene necesidad de remontar los tiempos: Dios está presente. El desenvolvimiento de la historia se hace en la presencia pura: no está sólo destinado a realizar la divina presencia; es más bien en presencia del trono del Cordero donde se desarrollan todos los acontecimientos contemplados por el Vidente. El tiempo está incluido en la pura eternidad de Dios.
El Apocalipsis siendo la revelación de Dios nos dice que este tiempo no excluye la presencia de Dios. No hay otro contenido de la historia, no hay otro contenido de la creación: toda la creación está colmada de la presencia del árbol; el árbol, en efecto, tiene las dimensiones del cosmos; y toda la historia está plena del sacrificio del Cordero.
Si el cielo y la tierra no forman sino un solo reino, la revelación que el Apóstol Juan tiene de esta presencia es necesaria para levantar los velos que esconden la presencia de Dios. Incluso para Juan esta presencia está escondida, permanece el misterio; un misterio que él revela. Tal es el contenido del Apocalipsis, y el misterio es éste: Nosotros estamos ya en el paraíso, nosotros vivimos ya la vida divina; no una vida divina relativa, una cierta participación… sino aquella vida que es el acto eterno de Dios, aquella que es su amor absoluto, aquella que es el acto de la eternidad.
La ciudad santa del Apocalipsis es rutilante, translúcida, con el fulgor de las piedras preciosas… Imágenes materiales de la "gloria de Dios" que brilla sobre ella, y de la luz que despliega sobre todos los pueblos. Las dimensiones fantásticas, prácticamente irrealizables de la ciudad vienen a traducirnos la perfección suprema. Las puertas permanecen siempre abiertas para los intercambios, en signo de acogida de las ideas fecundas y de los pueblos diversos, y también para testimoniar la voluntad de difundir la luz.
Palabra
«Unos que bajaban de Judea, se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban no podían salvarse». El pasar de la Ley al Evangelio. Un problema de los primeros años del cristianismo que lo contemplamos con naturalidad. Pero no lo es tanto. No es fácil pasar de una situación donde nos sentimos cómodos, "seguros", a otra, con unos horizontes nuevos, más amplios, en que la confianza la tiene que poner tú, ya no te la proporciona el cumplimiento de una ley. Podemos percibir un poco la dimensión de este problema si pensamos, por ejemplo en los problemas que ha habido y hay todavía, después de más de 40 años con la renovación conciliar del Concilio Vaticano II.
«La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero». «El Señor es mi luz», recitamos en un salmo. O también: «el Señor me ilumina y me salva», o sea que ya ahora podemos empezar la experiencia de esa ciudad nueva bajada del cielo. Ya ahora podemos disfrutar de la luz de Dios. Porque ya lo sugerimos en la "reflexión" de antes: En el Apocalipsis no hay descenso, no hay subida. El vidente ve el cielo abierto, ve los misterios de Dios que se cumplen en la tierra; la tierra y el cielo son un único reino, el cielo y la tierra son el espacio de la revelación.
«El que ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos y haremos morada en Él». Nueva pista del evangelio para decirnos que ya es actual la presencia de Dios. Que la ciudad celestial ya está en la ciudad terrena o viceversa: "guardar la palabra" es el camino.
«La paz os dejo mi paz os doy. No os la doy como la da el mundo». El mundo no acaba de encontrar los caminos que llevan a la paz. El mundo tiene unos caminos en los cuales no hay manera de encontrar la paz. ¿Por qué no probamos los caminos del Señor que nos ofrece la paz, pero por otros caminos diversos de los del mundo?
Sabiduría en la Palabra
«¿Cuál es la perfección del amor? Amar a los enemigos, y amarlos hasta hacer de ellos hermanos. Pues nuestro amor no puede reducirse a ser carnal. ¿Deseas a un amigo tuyo la vida? Haces bien. ¿Te alegras con la muerte de un enemigo tuyo? Haces mal. Aunque quizás aquella vida que tú le deseas a tu amigo es para él inútil, y, en cambio, es útil para tu enemigo la muerte con la que te alegras. Es incierto si esta vida resulta para alguien útil o inútil; en cambio, la vida junto a Dios es útil con seguridad. Ama a tus enemigos como a tus hermanos; ama a tus enemigos de modo que se sientan llamados a tu compañía». (San Agustín, Comentario a la 1ª carta de Juan)
«Empieza por tener paz en ti mismo, y así podrás dar paz a los demás». (San Ambrosio, Catena Aurea, vol. I)
«No se contenta el Señor con eliminar toda discusión y enemistad de unos con otros, sino que nos pide algo más: que tratemos de poner paz entre los desunidos». (San Juan Crisóstomo, Hom. sobre san Mateo, 15)
9 de mayo de 2010
2 de mayo de 2010
DOMINGO V DE PASCUA (C)
LA BELLEZA DE LA PALABRA DE DIOS EN LA HOMILIA
Hech 14,21-26; Salmo 144,8-13; Apoc 21,1-5; Jn 13,31-35
Reflexión: Ahora hago el universo nuevo
Ha empezado esta novedad radical con la resurrección de Jesucristo. Hay necesidad de una renovación radical en la vida cristiana. En la misma naturaleza hay, cada año una renovación, vuelve la savia nueva, nuevos frutos… En la vida del hombre no aparece esta fidelidad a la novedad que contemplamos en la naturaleza. En la vida del hombre hay un valor añadido que hace difícil, problemática dicha novedad: la libertad de que dispone el hombre para orientar su vida. El cristiano choca con el obstáculo de una extraña inercia que enerva y aploma. Experimenta la exigencia de una renovación: «¡Si fuéramos distintos, si fuéramos mejores nosotros, todos los demás, todo este mundo que nos rodea!...»
Dios hace suya esta aspiración y la toma tan en serio que parece como si retara al hombre a soñar; él realizará siempre más aún de lo que el hombre pueda concebir: «Vi entonces un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar ya no existía». El "primer cielo y la primera tierra" son el cielo y la tierra que experimentamos ahora. El Génesis habla ya de ella, presentando un mundo bueno, sin mal, un mundo como debería ser, pero como de hecho no es ahora.
La Historia de la salvación que, por iniciativa de Dios, se desarrolló entre esos dos polos, se encamina ahora, según el libro del Apocalipsis, hacia su consumación; se realiza un mundo nuevo, querido por Dios, un mundo del que está ausente el mal —simbolizado por el "mar", como abismo y sede de lo diabólico— y en donde todo el bien que puede imaginarse recibe su potenciación hacia el infinito.
El autor del Apocalipsis estimula a tomar conciencia de que Dios actuará a favor de la humanidad, va desplazando la atención de la dimensión cósmica a la dimensión humana: «Y vi bajar del cielo, de junto a Dios, a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, ataviada como una novia que se adorna para su esposo».
La ciudad es santa, es nueva; desciende del nivel divino, es perfecta en todo, es esposa: por eso mismo puede atreverse a amar a Cristo con un amor igualitario, típico de dos esposos. Tal es la perspectiva de nuestra renovación. El autor volverá sobre esta imagen con nuevos detalles y relaciones, inconcebibles en la fase actual de la creación, que se encuentra todavía a nivel del primer cielo y de la primera tierra, pero con una referencia clara: Jesucristo Resucitado, que apunta a una sabiduría que es la que debe mover toda nuestra existencia, de manera que apoyados en el Espíritu del Resucitado, colaboremos con Él para ir haciendo realidad ese "universo nuevo".
Palabra
«Hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios». Entrar en el Reino es entrar en el dominio de Dios, en aquel espacio donde domina Dios, o donde quiere Él dominar y reinar. Este espacio es, fundamentalmente el corazón de la criatura humana, pues ha creado al hombre precisamente para que haga de su vida toda una alabanza a Dios y experimente de este modo la plenitud verdadera de todo su ser. Pero esto supone todo un trabajo de renovación, un ir haciendo el universo interior un universo nuevo. Supone colaborar con Dios para ir haciendo del espacio interior un espacio acomodado cada día más a la presencia de Dios como Amor y Señor.
«En cada iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor en quien había creído». Vemos como poco a poco se va organizando la vida de la Iglesia, mediante la actividad misionera de los Apóstoles, que predican el evangelio y se va formando comunidades, la vida de las cuales no siempre va a ser fácil, por los problemas, tensiones… que inevitablemente surgirán en ellas. Donde hay humanidad, hay problemas. Pero los problemas también son ocasión para que se den a conocer los mejores.
«Esta es la morada de Dios con los hombres». La morada de Dios será el corazón del hombre, será el corazón de la humanidad, será su pueblo. Un pueblo que en el universo nuevo que se inicia con la resurrección de Jesucristo, será toda la humanidad. Pues Cristo he venido a decir el amor de Dios a todos los hombres sin excepción.
«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros, como yo os he amado». El cristiano debe mirar a Cristo, debe mirar y contemplar su amor. Nuestro amor debe tender a ser como el suyo. Y nosotros debemos incorporar su amor en nuestras relaciones para que vayamos haciendo un camino de comunión, y podamos reflejar el misterio de Dios que es un misterio de comunión, un misterio trinitario.
Sabiduría sobre la Palabra
«La resurrección de Cristo destruye el poder del abismo, los recién bautizados renuevan la tierra, el Espíritu Santo abre las puertas del cielo. Porque el abismo, al ver sus puertas destruidas, devuelve los muertos, la tierra renovada germina resucitados y el cielo abierto acoge a los que ascienden. El ladrón es admitido en el paraíso, los cuerpos de los santos entran en la ciudad santa y los muertos vuelven a tener su morada entre los vivos. Así, como si la resurrección de Cristo fuera germinando en el mundo, todos los elementos de la creación se ven arrebatados a lo alto». (San Máximo de Turín, Sermones)
«Quien pide que venga a él el reino de Dios una vez que sabe que el verdadero rey es rey de justicia y de paz, enderezará completamente su propia vida hacia la justicia y la paz, para que reine sobre él Aquel que es rey de justicia y de paz. El ejercito de este rey está constituido por todas las virtudes, y todas las virtudes han de entenderse en conexión con la justicia y la paz. Bienaventurado aquel que está colocado bajo el mando divino, y se encuentra armado contra la maldad por las virtudes, las cuales muestran en quienes las visten la imagen del rey». (San Gregorio de Nisa, Sobre la vocación cristiana)
Hech 14,21-26; Salmo 144,8-13; Apoc 21,1-5; Jn 13,31-35
Reflexión: Ahora hago el universo nuevo
Ha empezado esta novedad radical con la resurrección de Jesucristo. Hay necesidad de una renovación radical en la vida cristiana. En la misma naturaleza hay, cada año una renovación, vuelve la savia nueva, nuevos frutos… En la vida del hombre no aparece esta fidelidad a la novedad que contemplamos en la naturaleza. En la vida del hombre hay un valor añadido que hace difícil, problemática dicha novedad: la libertad de que dispone el hombre para orientar su vida. El cristiano choca con el obstáculo de una extraña inercia que enerva y aploma. Experimenta la exigencia de una renovación: «¡Si fuéramos distintos, si fuéramos mejores nosotros, todos los demás, todo este mundo que nos rodea!...»
Dios hace suya esta aspiración y la toma tan en serio que parece como si retara al hombre a soñar; él realizará siempre más aún de lo que el hombre pueda concebir: «Vi entonces un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar ya no existía». El "primer cielo y la primera tierra" son el cielo y la tierra que experimentamos ahora. El Génesis habla ya de ella, presentando un mundo bueno, sin mal, un mundo como debería ser, pero como de hecho no es ahora.
La Historia de la salvación que, por iniciativa de Dios, se desarrolló entre esos dos polos, se encamina ahora, según el libro del Apocalipsis, hacia su consumación; se realiza un mundo nuevo, querido por Dios, un mundo del que está ausente el mal —simbolizado por el "mar", como abismo y sede de lo diabólico— y en donde todo el bien que puede imaginarse recibe su potenciación hacia el infinito.
El autor del Apocalipsis estimula a tomar conciencia de que Dios actuará a favor de la humanidad, va desplazando la atención de la dimensión cósmica a la dimensión humana: «Y vi bajar del cielo, de junto a Dios, a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, ataviada como una novia que se adorna para su esposo».
La ciudad es santa, es nueva; desciende del nivel divino, es perfecta en todo, es esposa: por eso mismo puede atreverse a amar a Cristo con un amor igualitario, típico de dos esposos. Tal es la perspectiva de nuestra renovación. El autor volverá sobre esta imagen con nuevos detalles y relaciones, inconcebibles en la fase actual de la creación, que se encuentra todavía a nivel del primer cielo y de la primera tierra, pero con una referencia clara: Jesucristo Resucitado, que apunta a una sabiduría que es la que debe mover toda nuestra existencia, de manera que apoyados en el Espíritu del Resucitado, colaboremos con Él para ir haciendo realidad ese "universo nuevo".
Palabra
«Hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios». Entrar en el Reino es entrar en el dominio de Dios, en aquel espacio donde domina Dios, o donde quiere Él dominar y reinar. Este espacio es, fundamentalmente el corazón de la criatura humana, pues ha creado al hombre precisamente para que haga de su vida toda una alabanza a Dios y experimente de este modo la plenitud verdadera de todo su ser. Pero esto supone todo un trabajo de renovación, un ir haciendo el universo interior un universo nuevo. Supone colaborar con Dios para ir haciendo del espacio interior un espacio acomodado cada día más a la presencia de Dios como Amor y Señor.
«En cada iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor en quien había creído». Vemos como poco a poco se va organizando la vida de la Iglesia, mediante la actividad misionera de los Apóstoles, que predican el evangelio y se va formando comunidades, la vida de las cuales no siempre va a ser fácil, por los problemas, tensiones… que inevitablemente surgirán en ellas. Donde hay humanidad, hay problemas. Pero los problemas también son ocasión para que se den a conocer los mejores.
«Esta es la morada de Dios con los hombres». La morada de Dios será el corazón del hombre, será el corazón de la humanidad, será su pueblo. Un pueblo que en el universo nuevo que se inicia con la resurrección de Jesucristo, será toda la humanidad. Pues Cristo he venido a decir el amor de Dios a todos los hombres sin excepción.
«Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros, como yo os he amado». El cristiano debe mirar a Cristo, debe mirar y contemplar su amor. Nuestro amor debe tender a ser como el suyo. Y nosotros debemos incorporar su amor en nuestras relaciones para que vayamos haciendo un camino de comunión, y podamos reflejar el misterio de Dios que es un misterio de comunión, un misterio trinitario.
Sabiduría sobre la Palabra
«La resurrección de Cristo destruye el poder del abismo, los recién bautizados renuevan la tierra, el Espíritu Santo abre las puertas del cielo. Porque el abismo, al ver sus puertas destruidas, devuelve los muertos, la tierra renovada germina resucitados y el cielo abierto acoge a los que ascienden. El ladrón es admitido en el paraíso, los cuerpos de los santos entran en la ciudad santa y los muertos vuelven a tener su morada entre los vivos. Así, como si la resurrección de Cristo fuera germinando en el mundo, todos los elementos de la creación se ven arrebatados a lo alto». (San Máximo de Turín, Sermones)
«Quien pide que venga a él el reino de Dios una vez que sabe que el verdadero rey es rey de justicia y de paz, enderezará completamente su propia vida hacia la justicia y la paz, para que reine sobre él Aquel que es rey de justicia y de paz. El ejercito de este rey está constituido por todas las virtudes, y todas las virtudes han de entenderse en conexión con la justicia y la paz. Bienaventurado aquel que está colocado bajo el mando divino, y se encuentra armado contra la maldad por las virtudes, las cuales muestran en quienes las visten la imagen del rey». (San Gregorio de Nisa, Sobre la vocación cristiana)
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