Homilía predicada por el P. José Alegre
Hech 2,14.22-33; Sal 15; 1Pe 1,17-21; Lc 24,13-35
«Enséñame, Señor, el camino que conduce a la vida».
Así canta el salmista este salmo. Un salmo de los más bellos del Salterio. Viene a ser como una breve historia del hombre contento y feliz con su Dios.
Una belleza para acompañarnos en el camino de la vida, un camino como van haciendo los discípulos de Emaús. Un camino tantas veces con desesperanza cuando perdemos el horizonte como les sucede a los caminantes de Emaús, y a los demás apóstoles.
Pero esta Belleza va caminando con nosotros, y quiere penetrar en nuestra vida, va penetrando imperceptiblemente en nuestros corazones, cuando nosotros le vamos correspondiendo con un diálogo de vida, con el diálogo de la nuestra vida, que en el fondo tiene sed de Dios. De un Dios que nos busca con pasión, como dice el Cantar (7,11).
No ha faltado quien cante esta belleza de Dios:
«A Ti luna de Dios
A Ti, columna fuerte
A Ti, que el ánfora del divino licor,
que el néctar de eternidad pongas en nuestros corazones»
(Unamuno)
¿Y acaso no iba derramando este néctar de eternidad con su palabra, en los caminantes de Emaús?
El divino licor de la Palabra de Dios va embriagando su corazón, su persona toda; una embriaguez que se va a volver pronto un fuego que no podrán contener:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos abría el sentido de las Escrituras?», exclaman.
Es la belleza del fuego que alumbra y da calor al frío de nuestro corazón, de nuestra vida.
«Tú has embriagado mi corazón. Tú has desatado mi lengua… lléname de las delicias de tu rostro, lugar en que todos los caminos terminan». (Claudel)
Así se sacia, se embriaga el corazón con el ánfora del divino licor de la Palabra. Y el salmista no deja de cantar la belleza y la alegría que encuentra y desea en el Señor:
«Ninguno como Tú me hace feliz,
con él a mi derecha no caeré
Mi corazón se alegra y todo mi ser es una fiesta,
me enseñareis el camino que lleva a la vida.
Alegría y fiesta sin fin junto a Ti».
Y aquellos que caminaban invadidos de la tristeza por una ausencia que nada ni nadie podía colmar, quedan transformados en hombres nuevos que necesitan decir, comunicar la alegría que les ha cambiado. Con las primeras sombras del atardecer, de la noche, ya desvanecida sin embargo en la luz nueva del Resucitado necesitan, les urge, volver a Jerusalén.
Es la paz, es la alegría del Resucitado que quien la tiene como experiencia en su interior necesita comunicarla, en un deseo inconsciente de crecer y crecer más en ella.
Es propio de quien ha caminado en el camino de la Vida, gustar de la dulzura de la diestra de Dios.
«Jesucristo se hace pan comunicando su Palabra y confirmando el corazón del que lo come; se hace copa por la contemplación de la verdad, dando gozo del conocimiento a quien come y bebe con amor». (Orígenes)
Llegan a Jerusalén, donde estaba todos reunidos y que comentaban: «Realmente el Señor ha resucitado, y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaban lo que les había pasado por el camino. Y como le había reconocido al partir del pan».
Y en esta mutua experiencia de la presencia del Resucitado en sus vidas les lleva a comunicar esta alegría a todo el pueblo:
«Este Jesús, Dios lo ha resucitado. Todos nosotros somos testigos».
¿Todos nosotros somos testigos? Esta debe ser nuestra verdadera Pascua: Ser testigos de la paz y de la alegría del Resucitado.
Y al hilo de esta estampa evangélica de los caminantes de Emaús, nos podemos hacer preguntas:
Como vamos haciendo el camino de la vida? ¿Verdaderamente reconocemos al Resucitado al partir el pan? ¿La eucaristía tiene para nosotros la fuerza de transformarnos en paz y alegría profundas, para poder llegar a decir: nosotros somos testigos….
Quizás debemos recoger las palabras de san Pedro: «Vigilad sobre vuestra conducta mientras vivís en este mundo».
30 de abril de 2017
20 de marzo de 2017
SAN JOSÉ, ESPOSO DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA
Homilía predicada por el P. José Alegre
2Sam 7,4-5.12-14.16; Sal 88,2-5.17.29; Rom 4 13,16-18.22
«Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades».
Es el canto del salmista ante el silencio de Dios. Es el canto al final de la soberanía de la casa de David sobre el reino de Judá. El grito conmovedor, pero esperanzado, ante el silencio de Dios. El salmista no cree que Dios sea incapaz de mantener sus promesas. Y canta ante el silencio de Dios. Canta su fe, canta su esperanza…
Es el canto del silencio
En el silencio se gesta, nace, la luz de la Palabra, la luz y la sabiduría de la vida.
En el silencio percibieron la obra de Dios Abraham, David y muchos de sus elegidos llamados a ser una obra de Amor, la obra y el proyecto de Dios con la humanidad.
Es en el silencio, que llenos de asombro escucharon la llamada del Amor, y respondieron con fidelidad para el cumplimiento de una obra de amor.
En el silencio escuchó san José el anuncio del cumplimiento de las promesas de Dios. En el silencio vino a discernir el designio inescrutable de Dios.
En el silencio percibe que la obra de Dios ya no es promesa, ya no es futuro
sino presencia viva.
Una presencia silenciosa.
Una presencia ardiente.
¡Fuego!
Un fuego que no se puede contener, capaz de hacer arder la tierra.
Un fuego que san José mantuvo en un silencio expectante.
Un silencio de espera.
Una presencia solo aliviada por el canto.
El canto del salmista
«Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades».
Este el Magníficat de san José.
El canto del silencio, que acoge el Amor en su casa.
El silencio precede, acompaña, para penetrar en el misterio de Dios.
Este es el Magníficat de san José.
El silencio confiado que espera la llegada de la Palabra
Es en el silencio atento y delicado que se acoge la más brillante palabra de amor.
Del Amor que se reviste de nuestra fragilidad.
Es en el silencio del darse cada día cuando el amor manifiesta toda su riqueza de vida.
En la escucha y la respuesta fiel.
Es en el silencio donde al amor madura y ofrece sus frutos más dulces, precioso y duraderos.
El silencio es la cuna de la palabra.
En la cuna contemplamos la obra del amor, descubrimos la ternura del amor.
En la cuna despiertan nuevos sueños de amor.
Santa María canta el Magníficat en su Visitación. Canta la obra de Dios profundamente conmovida por la obra del Señor. Canta la obra de Dios que rezuma con esperanza en su pueblo de Israel, y en su corazón y sus labios en presencia de Isabel.
Hoy san José canta el Magníficat del silencio, porque la obra de Dios se gesta en el silencio, y hoy la humanidad sigue necesitando ese silencio de san José para dar lugar a la PALABRA que debe iluminar nuestros pasos.
No lo olvides nunca:
«Dios alumbra por dentro
antes de salir a nuestro encuentro por fuera».
2Sam 7,4-5.12-14.16; Sal 88,2-5.17.29; Rom 4 13,16-18.22
«Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades».
Es el canto del salmista ante el silencio de Dios. Es el canto al final de la soberanía de la casa de David sobre el reino de Judá. El grito conmovedor, pero esperanzado, ante el silencio de Dios. El salmista no cree que Dios sea incapaz de mantener sus promesas. Y canta ante el silencio de Dios. Canta su fe, canta su esperanza…
Es el canto del silencio
En el silencio se gesta, nace, la luz de la Palabra, la luz y la sabiduría de la vida.
En el silencio percibieron la obra de Dios Abraham, David y muchos de sus elegidos llamados a ser una obra de Amor, la obra y el proyecto de Dios con la humanidad.
Es en el silencio, que llenos de asombro escucharon la llamada del Amor, y respondieron con fidelidad para el cumplimiento de una obra de amor.
En el silencio escuchó san José el anuncio del cumplimiento de las promesas de Dios. En el silencio vino a discernir el designio inescrutable de Dios.
En el silencio percibe que la obra de Dios ya no es promesa, ya no es futuro
sino presencia viva.
Una presencia silenciosa.
Una presencia ardiente.
¡Fuego!
Un fuego que no se puede contener, capaz de hacer arder la tierra.
Un fuego que san José mantuvo en un silencio expectante.
Un silencio de espera.
Una presencia solo aliviada por el canto.
El canto del salmista
«Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades».
Este el Magníficat de san José.
El canto del silencio, que acoge el Amor en su casa.
El silencio precede, acompaña, para penetrar en el misterio de Dios.
Este es el Magníficat de san José.
El silencio confiado que espera la llegada de la Palabra
Es en el silencio atento y delicado que se acoge la más brillante palabra de amor.
Del Amor que se reviste de nuestra fragilidad.
Es en el silencio del darse cada día cuando el amor manifiesta toda su riqueza de vida.
En la escucha y la respuesta fiel.
Es en el silencio donde al amor madura y ofrece sus frutos más dulces, precioso y duraderos.
El silencio es la cuna de la palabra.
En la cuna contemplamos la obra del amor, descubrimos la ternura del amor.
En la cuna despiertan nuevos sueños de amor.
Santa María canta el Magníficat en su Visitación. Canta la obra de Dios profundamente conmovida por la obra del Señor. Canta la obra de Dios que rezuma con esperanza en su pueblo de Israel, y en su corazón y sus labios en presencia de Isabel.
Hoy san José canta el Magníficat del silencio, porque la obra de Dios se gesta en el silencio, y hoy la humanidad sigue necesitando ese silencio de san José para dar lugar a la PALABRA que debe iluminar nuestros pasos.
No lo olvides nunca:
«Dios alumbra por dentro
antes de salir a nuestro encuentro por fuera».
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