Homilía predicada por el P. José Alegre
2Sam 7,4-5.12-14.16; Salmo 88; Rom 4,13.16-18.22; Mt 1,16.18-21.24
San German de Constantinopla, un Padre de la Iglesia del siglo VII, tiene una bellísima homilía sobre la Anunciación a María donde intercala unos diálogos entre María y el Angel, y después entre María y José, probablemente recitados por varias personas. Realmente una versión muy moderna de homilía.
Primero, un diálogo del ángel y María que se resiste a creerle, y después entre María y José que transcurre así:
María: En los profetas está escrito: se dará un libro sellado a un hombre que sabe leer y dirá: No puedo leerlo. Me parece, José que esta profecía se refiere a ti.
José: Oh María, denuncia públicamente al que ha puesto asechanzas contra mi casa, me ha deshonrado; no sea que yo venga a ser objeto de burla en Israel.
Un José que se muestra muy desconfiado y en ocasiones duro en las respuestas a María la cual va persuadiendo a José.
María: Qué grande y dichoso es este día en el cual ha obrado en mí grandes cosas el Todopoderoso, cuyo nombre es santo y cuya misericordia se derrama de generación en generación.
El diálogo de María con el ángel se realiza apoyándose en el relato evangélico. El diálogo con José es más libre, tiene su punto de apoyo más que en el relato de la Anunciación, en un razonamiento más a nivel los problemas humanos que la Encarnación de Dios venía a ocasionar en la vida de san José.
Y esto puede ser muy interesante para nuestra vida de fe. Contemplamos las dificultades de san José para asumir con todas las consecuencias la Encarnación de Dios en la vida humana. Nosotros nos podemos hacer una idea acerca de la intervención de Dios en la vida de la humanidad, o nos podemos acostumbrar a lo ha llevado a cabo Dios en la historia y vivirlo ya como la rutina de algo sabido.
«El Espíritu de Dios sopla donde quiere y como quiere». La acción de Dios siempre es sorprendente. «Los pensamientos de Dios son distintos de los nuestros… sus caminos no son los nuestros». Él ha venido para ser nuestro camino, pero somos nosotros los que tenemos que incorporarnos a su camino. Y esto no siempre es fácil. Los vemos en las otras dos personas que presenta la liturgia en relación la persona de san José.
No fue fácil el camino para David. Aquí se muestra agradecido a Dios, le quiere construir un templo. Dios se niega. David que tuvo serios problemas en su relación con Dios y no siempre actúa con fidelidad, pero Dios sí lo fue con él, y por ello le promete una descendencia que durará siempre.
No fue fácil el camino para Abraham. Éste recibió la promesa de una descendencia en virtud de su fe, cuando no tenía hijos, y cuando lo tuvo Dios lo pone a prueba con el sacrificio de su hijo. Verdaderamente como escribe san Pablo a los romanos «esperó contra toda esperanza y creyó firmemente que Dios le haría padre de una multitud de pueblos». Debió ser bastante duro el trayecto o la vivencia de su fe en Dios.
Lo que percibimos claro a lo largo de la historia de la salvación es que Dios busca al hombre, su amistad, aquella amistad que se rompió al principio de los tiempos. Que esta historia de Dios con el hombre muestra la verdad aquellos versos del Cantar: «Yo soy para mi Amado objeto de su deseo» (7,11).
Nuestro Amado se nos manifiesta a través de su Espíritu que sopla como quiere y donde quiere. San José escucho las palabras de María y tuvo el silencio apropiado para discernir la presencia del Espíritu; así, también nosotros tenemos necesidad de vivir nuestra fe abiertos a la escucha de Dios, a la escucha de aquello que hoy quiere decirme Dios en estos tiempos tan revueltos, mucho más que un revuelto de huevos, pues estos son comestibles, pero el revuelto de nuestra sociedad si dejamos de lado la voluntad de Dios es a nosotros a quienes pueden comer.
Ese silencio y discreción de san José que quizás empezaría con una actitud desconfiada, dura o de reproche, dejó siempre una abertura a la luz. Y nunca habitó por completo en él la noche, y así pudo ser el acogedor y guardián de la Luz que viene a iluminar a todos los hombres. Y en toda esta historia breve de san José yo creo que tenemos tres palabras que debemos guardar bien en nuestro espacio interior: escucha, silencio, discreción. Lo demás vendrá por añadidura.
Y terminará san Germán esta bella homilía con estas palabras de María: «Qué grande y dichoso es este día, en el cual ha obrado en mí grandes cosas el Todopoderoso, cuyo nombre es santo y cuya misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen».
19 de marzo de 2016
31 de enero de 2016
DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO (Año C)
Homilía predicada por el P. José Alegre
Jer 1, 4-5. 17-19; Sal 70; 1Cor 12,31-13,13; Lc 4,21-30
«El amor no pasará nunca».
Y aquí tenéis un retrato del amor. En la lectura segunda de san Pablo. O también un lienzo, una singular y única pintura sobre Dios; y que nos resaltan sus bellas pinceladas de color, de manera admirable para nosotros, la psicología de la persona retratada. Esta es la pintura de Dios, su retrato, que queda esbozado a lo largo de las páginas sagradas de la Biblia, y perfilado por completo para ti, para mí, para cada uno de nosotros en la persona de Jesucristo: «El amor es paciente, es bondad, el amor no tiene envidia, no presume, no es orgulloso no se irrita, no da lugar a la venganza; el amor no acepta las farsas, sino la rectitud; el amor lo soporta todo y no pierde nunca la confianza, la esperanza, la conciencia».
Esta es la pintura más fiel de Dios. Porque Dios es amor. No pasará nunca.
Y este amor nos lo ha revelado Dios, lo ha manifestado entre nosotros, nos lo ha hecho presente en su Hijo. Y nosotros ¿lo rechazamos como sus vecinos de Nazaret? «La misión de Jesús es revelar este misterio de amor divino en su plenitud. Su persona no es otra cosa que amor. Un amor que se da y ofrece gratuitamente» (Misericordiae vultus, 8).
El amor, pues, no es un sueño… Quizás te pueden entrar dudas acerca de la existencia de Dios, pero seguro que no te entran dudas acerca de la existencia del amor. Tú, ¿no amas a alguien, no te sientes o te has sentido amado por alguien… Ten la seguridad de que estás en el sendero de Dios. Que Dios está muy próximo a ti.
El amor no es un sueño. El amor nos ayuda a soñar. Soñar en esta imagen de Dios, esta pintura de singular belleza, obra que ya está empezada en tu corazón. El amor es la vida misma en su estado de madurez y perfección… Quizás no sientes esta madurez del amor en tu vida… Pero ¿y el deseo? ¿Acaso no deseas vivir o reproducir en tu persona esta pintura amable del amor, esta pintura de Dios?
Pero si contemplamos esta vida que se nos ha revelado como amor descubrimos que va ligada a otra palabra: muerte. Tenemos que copiar esa pintura divina de amor, pero tenemos que aceptar la muerte. La pincelada de la muerte. Escoger la vida, escoger el amor, es escoger la muerte, porque la vida, que vivimos como hombres y en el tiempo, termina con la muerte. Aceptar otra forma de vida que no acepte la muerte es puro sueño inútil. Una vida terrena sin muerte es puro sueño inútil. Algo irreal.
Por ello escribe el poeta, hablando del Amor que da su vida:
«Desgarrón de los cielos, abertura.
Tú eres de Dios y quien por Ti le mira
muere de verte, al fin, de amor se muere
y muriendo de amor vida recobra
vida que nunca muere».
Quizás por ello esa pintura de Dios, del amor, que nos ofrece hoy san Pablo nos deja fríos, o con un deseo muy frágil. Podría ser…
Necesitamos poner en nuestra vida el ritmo del amor. Es vivir la vida, viviendo también la negación de nosotros en esas pequeñas y múltiples circunstancias de nuestra existencia. ¿Qué tiene que morir en mí cuando ponen a prueba mi paciencia, cuando me hacen una mala faena y busca la revancha… ¿Qué tiene que morir en mí cuando vivo una relación personal con otro o con otros, en la familia, en la comunidad… para incorporar a mi vida esta palabra viva que hoy proclamamos en la lectura de Corintios? ¿De qué tengo que vaciarme, como se vacía Dios en su amor por nosotros, para que resplandezca en mi vida la vida del Crucificado, el amor del Crucificado que cada domingo celebramos en torno a este altar?
En todos vosotros está la chispa del deseo insaciable. De amor. Ofrecido. O recibido. O ambas cosas. En todos vosotros está este fuego secreto, este abismo sin fondo, la misma ambición infinita de felicidad y de gozo y de posesión sin fin. En todos los ojos humanos existe un pozo profundo, que es el pozo de este vino de la vida. Esta sed que está en todos los seres y que es el amor de Dios. Es la única y verdadera nostalgia. Desde el fondo de todas las criaturas nos llama Dios. Y esta llamada es el encanto que hay en todas las criaturas. Pon en tu vida el ritmo del amor, el ritmo de la contemplación, con las palabras de esa pintura divina de san Pablo.
Porque yo quiero decirte lo que le digo al Señor en mi oración con palabras del poeta:
«Y con amor furioso
persigues a quien amas, y si te huye
le acosas con ahinco y acorralas
sin dejarle vivir, de sed se muere».
Jer 1, 4-5. 17-19; Sal 70; 1Cor 12,31-13,13; Lc 4,21-30
«El amor no pasará nunca».
Y aquí tenéis un retrato del amor. En la lectura segunda de san Pablo. O también un lienzo, una singular y única pintura sobre Dios; y que nos resaltan sus bellas pinceladas de color, de manera admirable para nosotros, la psicología de la persona retratada. Esta es la pintura de Dios, su retrato, que queda esbozado a lo largo de las páginas sagradas de la Biblia, y perfilado por completo para ti, para mí, para cada uno de nosotros en la persona de Jesucristo: «El amor es paciente, es bondad, el amor no tiene envidia, no presume, no es orgulloso no se irrita, no da lugar a la venganza; el amor no acepta las farsas, sino la rectitud; el amor lo soporta todo y no pierde nunca la confianza, la esperanza, la conciencia».
Esta es la pintura más fiel de Dios. Porque Dios es amor. No pasará nunca.
Y este amor nos lo ha revelado Dios, lo ha manifestado entre nosotros, nos lo ha hecho presente en su Hijo. Y nosotros ¿lo rechazamos como sus vecinos de Nazaret? «La misión de Jesús es revelar este misterio de amor divino en su plenitud. Su persona no es otra cosa que amor. Un amor que se da y ofrece gratuitamente» (Misericordiae vultus, 8).
El amor, pues, no es un sueño… Quizás te pueden entrar dudas acerca de la existencia de Dios, pero seguro que no te entran dudas acerca de la existencia del amor. Tú, ¿no amas a alguien, no te sientes o te has sentido amado por alguien… Ten la seguridad de que estás en el sendero de Dios. Que Dios está muy próximo a ti.
El amor no es un sueño. El amor nos ayuda a soñar. Soñar en esta imagen de Dios, esta pintura de singular belleza, obra que ya está empezada en tu corazón. El amor es la vida misma en su estado de madurez y perfección… Quizás no sientes esta madurez del amor en tu vida… Pero ¿y el deseo? ¿Acaso no deseas vivir o reproducir en tu persona esta pintura amable del amor, esta pintura de Dios?
Pero si contemplamos esta vida que se nos ha revelado como amor descubrimos que va ligada a otra palabra: muerte. Tenemos que copiar esa pintura divina de amor, pero tenemos que aceptar la muerte. La pincelada de la muerte. Escoger la vida, escoger el amor, es escoger la muerte, porque la vida, que vivimos como hombres y en el tiempo, termina con la muerte. Aceptar otra forma de vida que no acepte la muerte es puro sueño inútil. Una vida terrena sin muerte es puro sueño inútil. Algo irreal.
Por ello escribe el poeta, hablando del Amor que da su vida:
«Desgarrón de los cielos, abertura.
Tú eres de Dios y quien por Ti le mira
muere de verte, al fin, de amor se muere
y muriendo de amor vida recobra
vida que nunca muere».
Quizás por ello esa pintura de Dios, del amor, que nos ofrece hoy san Pablo nos deja fríos, o con un deseo muy frágil. Podría ser…
Necesitamos poner en nuestra vida el ritmo del amor. Es vivir la vida, viviendo también la negación de nosotros en esas pequeñas y múltiples circunstancias de nuestra existencia. ¿Qué tiene que morir en mí cuando ponen a prueba mi paciencia, cuando me hacen una mala faena y busca la revancha… ¿Qué tiene que morir en mí cuando vivo una relación personal con otro o con otros, en la familia, en la comunidad… para incorporar a mi vida esta palabra viva que hoy proclamamos en la lectura de Corintios? ¿De qué tengo que vaciarme, como se vacía Dios en su amor por nosotros, para que resplandezca en mi vida la vida del Crucificado, el amor del Crucificado que cada domingo celebramos en torno a este altar?
En todos vosotros está la chispa del deseo insaciable. De amor. Ofrecido. O recibido. O ambas cosas. En todos vosotros está este fuego secreto, este abismo sin fondo, la misma ambición infinita de felicidad y de gozo y de posesión sin fin. En todos los ojos humanos existe un pozo profundo, que es el pozo de este vino de la vida. Esta sed que está en todos los seres y que es el amor de Dios. Es la única y verdadera nostalgia. Desde el fondo de todas las criaturas nos llama Dios. Y esta llamada es el encanto que hay en todas las criaturas. Pon en tu vida el ritmo del amor, el ritmo de la contemplación, con las palabras de esa pintura divina de san Pablo.
Porque yo quiero decirte lo que le digo al Señor en mi oración con palabras del poeta:
«Y con amor furioso
persigues a quien amas, y si te huye
le acosas con ahinco y acorralas
sin dejarle vivir, de sed se muere».
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