Homilía predicada por el P. José Alegre
1Sam 1,20-22.24-28; Sal 83; 1Jn 3,1-2.21-24; Lc 2,41-52
El evangelio nos ofrece una estampa singular, una escena un tanto sorprendente:
María y José entran en el templo y contemplan al Hijo en un interesante diálogo con los maestros de la Ley. La sorpresa de los padres de Jesús no evita unas palabras de reproche: «Hijo por qué nos has tratado así. Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados». Es una escena que se escapa a nuestra comprensión. Nos encontramos con el misterio de un Dios que se hace hombre, humano, para que, como dicen los Padres Orientales, nosotros, el hombre, nos hagamos divinos. Por ello, yo creo que un camino más correcto para penetrar en la comprensión de este misterio de un Dios humano es considerar cómo vivimos, nuestra relación con este misterio divino que se nos ha manifestado en la carne.
Este Dios manifestado en la carne se pierde en el espacio del templo con los sabios en las cosas divinas, dejando sorprendidos con su puntual revelación tanto a los sabios como a los propios padres, María y José. Una revelación puntual. Pues, inmediatamente vuelve la normalidad ante la mirada humana para continuar por el camino habitual y normal de una vida humana: «vuelta a Nazaret y bajo la mirada de los padres crecer en entendimiento, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres».
Pero ante esta manifestación del misterio de Dios en la vida de los hombres, un rasgo que no debemos de olvidar, un rasgo que contemplamos en quien debe ser para todos nosotros una referencia principal en nuestra inmersión en el misterio de Dios: «María conservaba todos estos recuerdos en el corazón».
El RECUERDO de la vida, de lo vivido. Es lo que contemplamos en María. Ella, sensible a la acción de Dios, guarda en el corazón, hasta que llega el momento de Dios en su vida, como nos sugiere el Eclesiástico: «Voy a recordar las obras de Dios y a contar lo que he visto. ¡Qué amables son todas sus obras!, y eso que no vemos sino una chispa. Todas viven y duran eternamente… no ha hecho ninguna inútil» (Eclo 42,15).
¿Acaso nosotros no nos perdemos, no nos escondemos de Aquel que nos busca? Solo que nosotros no solemos estar en las cosas de Dios, del Padre, transitamos otros caminos. No obstante, la historia de la salvación nos muestra como Dios busca al hombre:
«Me has enamorado, hermana mía y novia mía. Me has enamorado con una sola de tus miradas dice el Amado»(Ct 4,9). «Yo soy de mi Amado y él me busca con pasión, dice la Amada» (Ct 7,11).
Y acaso ¿no escuchamos en las páginas de los profetas muchas lamentaciones de este Dios que nos busca con pasión, de un Dios que se ha enamorado del hombre, que busca seducirlo como nos dice el profeta Oseas, hasta el punto de hacerse hombre, hasta revestirse de nuestra frágil naturaleza?
Y ¿cuál es nuestra respuesta? Estar sumergidos en la sabiduría de mundo. Pero ante la pregunta de Dios: «Hijo, ¿por qué te portas así conmigo?» ¿Nos dejamos interpelar por este Dios que nos busca?
Este es el «Dios que nos reconoce como hijos suyos en una singular prueba de amor», como dice san Juan, que nos busca con angustias de amor, un amor que le llevará hasta las angustias de la Cruz.
Y ante las palabras dolidas de María, Jesús vuelve a la normalidad, baja a Nazaret, está bajo la autoridad, vuelve al silencio de la vida, mientras crece en sabiduría, estatura y gracia ante Dios y ante los hombres.
Este es el camino. Aparece con suma claridad el camino de Dios entre los hombres. Un Dios seducido por el misterio de la humanidad, el misterio salido de su propio misterio, y que ahora quiere hacer el camino inverso: aprender el camino de retorno hacia sí mismo a través de nuestra humanidad.
Aquí contemplamos lo extraordinario de Dios: la suma sencillez, lo ordinario de cada día, que invita a caminar gozando de la belleza del camino. Por dentro y por fuera.
Por esto uno no puede menos que considerar aquella interesante lección de Pablo VI en su visita a Nazaret hace 50 años, y que todavía permanece viva y actual: «Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento del evangelio. Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí se aprende incluso, quizás de una manera casi insensible, a imitar su vida».
¡Qué amables son todas tus obras Señor! ¡Danos, Señor el corazón silencioso de san José, y el corazón abierto y contemplativo de santa María, para que nos saciemos contemplando tu belleza!
27 de diciembre de 2015
21 de noviembre de 2015
PRESENTACIÓN DE SANTA MARÍA, VIRGEN
75º ANIVERSARIO DE LA RESTAURACIÓN DE LA VIDA MONÁSTICA EN POBLET
Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
1Re 8,1.3-7.9-11; Salm 83,3-5.10-11; Apoc 21,1-5; Lc 1,26-38
«La nube llenó todo el edificio del templo del Señor. La gloria del Señor llenaba todo el templo».
Así termina la gran fiesta del traslado solemne del Arca de la Alianza. Fiesta litúrgica de gran belleza, con himnos y cánticos y ofrendas al Señor, y rodeada de todo el pueblo, recordando el salmo: «Qué hermoso es convivir los hermanos unidos, es rocío del Señor, la bendición, la vida para siempre» (Sal 132).
Hoy celebramos el aniversario de la restauración de la vida monástica en Poblet. Vuelve a derramarse la bendición y la vida del Señor a través de la comunidad monástica.
«Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo». Aquella nube que llenaba el templo del Señor, que manifestaba su gloria, ahora envuelve a santa María, humilde sirvienta del Señor, que acepta la nube divina para que derrame su rocío y manifieste su gloria sobre la humanidad. La nube ya no impedirá acercarse a los hombres, sino que se abre y derrama la gloria de Dios como fuente de vida. Y nosotros podemos saludar a este acueducto singular, como la llama san Bernardo, «canalizando las aguas de la Fuente, el manantial inagotable que es Cristo, para que todos recibamos de su abundancia». Podemos saludarla con aquellas palabras de san Germán de Constantinopla: «Salve, oh nube luminosa que derramas sobre nosotros el rocío espiritual y divino, y que, al entrar hoy en el Santo de los santos, has hecho que saliera el sol resplandeciente sobre los que yacen en tinieblas y sombras de muerte». «Salve, nube purpúrea y resplandeciente, portadora de Dios y fuente inexhausta que a todos abastece».
Nosotros, la saludamos de manera especial, al recordar la fecha en que vuelven a vibrar los muros de este cenobio con el saludo de la Salve, a ella protectora y luz de la vida monástica, que nos lleva hacia el interior de la nube al encuentro con su Hijo, el Hombre nuevo, en el cual contemplamos un cielo nuevo y una tierra nueva, el tabernáculo donde Dios se encuentra con el hombre. Así lo anunciaba Pablo de Tarso: «El Señor bajará del cielo y los que mueran en Cristo resucitarán en primer lugar. Después los que queden serán arrebatados en la nube junto con ellos al encuentro del Señor en las nubes, y así esteramos siempre con el Señor». (1Tes 4,15s)
«La vida del monje debe ser la vida de quien se ha entregado a la búsqueda de Dios, y que está dispuesto a morir con tal de verlo, por eso la vida monástica es un “martirio” a la vez que un paraíso, una vida a la vez “angélica” y “crucificada”. Es un camino, un esfuerzo permanente, por contemplar a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, y ser transformados en la misma imagen de Jesucristo, avanzando de claridad en claridad como iluminados por el Espíritu del Señor» (cf 2Cor 3,17s). (T. Merton, La Vida silenciosa, prólogo)
Esta vida nos pone en el camino de hacer realidad un cielo nuevo y una tierra nueva que ha inaugurado Jesucristo el verdadero Hombre nuevo. Esta vida permite contemplar el tabernáculo establecido aquí, para que el hombre se encuentre con Dios, para que el hombre viva la experiencia de Dios.
Este es el camino que a lo largo de los siglos han ido trazando y esforzándose por vivir con fidelidad un gran número de monjes. Una rica tradición monástica que se inicia en nuestro monasterio de Poblet en el siglo XII, que provisionalmente se detendrá en el siglo XIX y cuyo testimonio último tenemos en el P. Jaume Cercós. Tradición que vuelve a revitalizarse en el siglo XX, en el año 1940. Un revivir, un renacer de la vida monástica que ha ido encarnándose en unas personas concretas ya conocidas por nosotros, en unos rostros que ya nos son familiares, que ya se marcharon al encuentro del Señor en la nube, pero que nos han dejado la vibración de su vida que buscaba deleitarse en la búsqueda de Dios, en el deseo de contemplar y vivir la gloria del Señor.
Es bueno, hoy, recordar con sus propios nombres a estos monjes que nos acompañaron en el camino y que nos han precedido en el camino hacia la nube del Señor.
Es bueno recordarles, quizás una reflexión junto a sus tumbas, para despertar más en nuestro espacio interior esa vibración por Dios que ellos vivieron y que nos dejaron como una preciosa herencia, para que continuemos con pasión nuestra búsqueda de Dios y el deseo vivo de su experiencia… Rosavini…
Es también justo tener una palabra de agradecimiento hacia estos amigos nuestros de la Germandat de Poblet que estuvieron a su lado en el generoso esfuerzo de restaurar la belleza de Poblet, y ayudar a la fidelidad y el esplendor de la vida monástica.
Que esta celebración sea un motivo para todos nosotros de continuar con fidelidad nuestra vida monástica recibiendo y enriqueciendo la herencia que nos dejaron los monjes que nos precedieron en la llamada del Señor.
Termino recogiendo el pensamiento escrito el año 1940 al lado de documento de autorización de la constitución de la nueva comunidad de Poblet con monjes de la Congregación Cisterciense de san Bernardo de Italia:
«LOS HOMBRES PASAN, DIOS QUEDA, LA HISTORIA CONTINUA»
Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
1Re 8,1.3-7.9-11; Salm 83,3-5.10-11; Apoc 21,1-5; Lc 1,26-38
«La nube llenó todo el edificio del templo del Señor. La gloria del Señor llenaba todo el templo».
Así termina la gran fiesta del traslado solemne del Arca de la Alianza. Fiesta litúrgica de gran belleza, con himnos y cánticos y ofrendas al Señor, y rodeada de todo el pueblo, recordando el salmo: «Qué hermoso es convivir los hermanos unidos, es rocío del Señor, la bendición, la vida para siempre» (Sal 132).
Hoy celebramos el aniversario de la restauración de la vida monástica en Poblet. Vuelve a derramarse la bendición y la vida del Señor a través de la comunidad monástica.
«Dios te salve, llena de gracia, el Señor está contigo». Aquella nube que llenaba el templo del Señor, que manifestaba su gloria, ahora envuelve a santa María, humilde sirvienta del Señor, que acepta la nube divina para que derrame su rocío y manifieste su gloria sobre la humanidad. La nube ya no impedirá acercarse a los hombres, sino que se abre y derrama la gloria de Dios como fuente de vida. Y nosotros podemos saludar a este acueducto singular, como la llama san Bernardo, «canalizando las aguas de la Fuente, el manantial inagotable que es Cristo, para que todos recibamos de su abundancia». Podemos saludarla con aquellas palabras de san Germán de Constantinopla: «Salve, oh nube luminosa que derramas sobre nosotros el rocío espiritual y divino, y que, al entrar hoy en el Santo de los santos, has hecho que saliera el sol resplandeciente sobre los que yacen en tinieblas y sombras de muerte». «Salve, nube purpúrea y resplandeciente, portadora de Dios y fuente inexhausta que a todos abastece».
Nosotros, la saludamos de manera especial, al recordar la fecha en que vuelven a vibrar los muros de este cenobio con el saludo de la Salve, a ella protectora y luz de la vida monástica, que nos lleva hacia el interior de la nube al encuentro con su Hijo, el Hombre nuevo, en el cual contemplamos un cielo nuevo y una tierra nueva, el tabernáculo donde Dios se encuentra con el hombre. Así lo anunciaba Pablo de Tarso: «El Señor bajará del cielo y los que mueran en Cristo resucitarán en primer lugar. Después los que queden serán arrebatados en la nube junto con ellos al encuentro del Señor en las nubes, y así esteramos siempre con el Señor». (1Tes 4,15s)
«La vida del monje debe ser la vida de quien se ha entregado a la búsqueda de Dios, y que está dispuesto a morir con tal de verlo, por eso la vida monástica es un “martirio” a la vez que un paraíso, una vida a la vez “angélica” y “crucificada”. Es un camino, un esfuerzo permanente, por contemplar a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, y ser transformados en la misma imagen de Jesucristo, avanzando de claridad en claridad como iluminados por el Espíritu del Señor» (cf 2Cor 3,17s). (T. Merton, La Vida silenciosa, prólogo)
Esta vida nos pone en el camino de hacer realidad un cielo nuevo y una tierra nueva que ha inaugurado Jesucristo el verdadero Hombre nuevo. Esta vida permite contemplar el tabernáculo establecido aquí, para que el hombre se encuentre con Dios, para que el hombre viva la experiencia de Dios.
Este es el camino que a lo largo de los siglos han ido trazando y esforzándose por vivir con fidelidad un gran número de monjes. Una rica tradición monástica que se inicia en nuestro monasterio de Poblet en el siglo XII, que provisionalmente se detendrá en el siglo XIX y cuyo testimonio último tenemos en el P. Jaume Cercós. Tradición que vuelve a revitalizarse en el siglo XX, en el año 1940. Un revivir, un renacer de la vida monástica que ha ido encarnándose en unas personas concretas ya conocidas por nosotros, en unos rostros que ya nos son familiares, que ya se marcharon al encuentro del Señor en la nube, pero que nos han dejado la vibración de su vida que buscaba deleitarse en la búsqueda de Dios, en el deseo de contemplar y vivir la gloria del Señor.
Es bueno, hoy, recordar con sus propios nombres a estos monjes que nos acompañaron en el camino y que nos han precedido en el camino hacia la nube del Señor.
Es bueno recordarles, quizás una reflexión junto a sus tumbas, para despertar más en nuestro espacio interior esa vibración por Dios que ellos vivieron y que nos dejaron como una preciosa herencia, para que continuemos con pasión nuestra búsqueda de Dios y el deseo vivo de su experiencia… Rosavini…
Es también justo tener una palabra de agradecimiento hacia estos amigos nuestros de la Germandat de Poblet que estuvieron a su lado en el generoso esfuerzo de restaurar la belleza de Poblet, y ayudar a la fidelidad y el esplendor de la vida monástica.
Que esta celebración sea un motivo para todos nosotros de continuar con fidelidad nuestra vida monástica recibiendo y enriqueciendo la herencia que nos dejaron los monjes que nos precedieron en la llamada del Señor.
Termino recogiendo el pensamiento escrito el año 1940 al lado de documento de autorización de la constitución de la nueva comunidad de Poblet con monjes de la Congregación Cisterciense de san Bernardo de Italia:
«LOS HOMBRES PASAN, DIOS QUEDA, LA HISTORIA CONTINUA»
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