Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
Apoc 11, 19; 12, 1.3-6.10; Sal 44, 11-12.16; 1Cor 15, 20-26; Lc 1, 39-56
«María, la madre que cuidó a Jesús, ahora cuida con afecto y dolor materno este mundo herido… Ella vive con Jesús completamente transfigurada, y todas las criaturas cantan su belleza. Es la Mujer, vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Elevada al cielo, es Madre y Reina de todo lo creado. En su cuerpo glorificado, junto con Cristo resucitado, la creación obtiene toda la plenitud de su hermosura. Ella no sólo guarda en el corazón toda la vida de Jesús que “conservaba cuidadosamente”, sino que también comprende ahora el sentido de las cosas. Por eso podemos pedirle que nos ayude a mirar este mundo con ojos más sabios.» (Laudato si, 241)
Con estas palabras inspiradas en el Apocalipsis, que acaba de ser proclamado en la primera lectura, acaba el Papa Francisco su encíclica sobre el medio ambiente, que todavía completa en su referencia a María y a nosotros mismos: «Al final nos encontraremos cara a cara frente a la infinita belleza de Dios (1Cor 13,12) y podremos leer con feliz admiración el misterio del universo, que participará con nosotros de la plenitud sin fin. Sí, estamos viajando hacia el sábado de la eternidad, hacia la casa común del cielo. Jesús nos dice: Yo hago nuevas todas las cosas. La vida eterna será un asombro compartido, donde cada criatura, luminosamente transformada, ocupará su lugar y tendrá algo que aportar a los pobres definitivamente liberados.»
Estas palabras del Papa Francisco nos ponen frente al misterio de la Asunción de la Virgen María a los cielos. María, muestra a la Iglesia y a la humanidad el final de la vida del ser humano, el sentido de la peregrinación de esta vida, los motivos de esperanza. En un mundo que recorta cada día más el horizonte de su trascendencia, en un mundo donde cada día se hace más asfixiante el clima del sin sentido y la falta de esperanza, en un mundo donde cada día tenemos más motivos para el pesimismo, este misterio de la Asunción de María nos abre a una dimensión más profunda, al abrir la humanidad a un sentido más trascendente. Es una invitación a una mirada optimista sobre el hombre y su futuro.
Este Misterio nos recuerda que el verdadero hombre no está todavía en casa. La luz del más allá ilumina nuestra actualidad; la certeza de futuro ablanda la consistencia del presente, que queda para el hombre vivo como «prólogo de futuro». Es preciso cuidar el prólogo. Cuando alguien escribe un libro busca a alguien que le haga una buena introducción, para animar a adentrarse con deseo en las páginas que viene detrás. En nuestro caso el autor del libro ha escrito él mismo el prólogo. Yo diría que el libro en este caso es el libro de la vida que cada uno estamos llamados a vivir. El prólogo lo tenemos en la casa de este mundo.
«Aquí tenemos nuestra casa común, que es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos. Pero esta hermana nuestra, la tierra, nuestra casa clama por el daño que le provocamos, por el uso irresponsable y abuso que hacemos de los bienes que Dios ha puesto en ella». (Laudato si, 1)
Este misterio de la Asunción también es una invitación a cuidar de la casa, a hacer un buen prólogo, para llegar un día a introducirnos en las páginas más apasionantes del libro de la vida. Esta plenitud a la que llega María hoy, nos abre a la esperanza de seguir sus pasos. El evangelio nos presenta la sabiduría de la que tenemos necesidad para seguir sus pasos. Los pasos de María son los pasos de la Visitación, de aquella que hace de su vida un servicio.
Pero ¿como es el servicio de María? Tenemos la clave en el canto del Magníficat: Este canto nos muestra que entre el proyecto de Dios y el proyecto del hombre pecador no hay conciliación posible. Solamente la conversión que lleva consigo una transformación en el modo de pensar, de obrar y de organizar las relaciones entre los hombres, y de los hombres con los bienes de la tierra es la que abre camino para la reconciliación y la paz.
Necesitamos convertirnos a la obra de Dios que canta María: La obra de un Dios que dispersa a los soberbios de corazón, que divinizan su poder y su saber, pero se complace en los humildes que depositan en él su confianza. La obra de Dios que derriba del trono a los poderosos, y se complace en los pequeños, marginados, fracasados… La obra de Dios que colma de bienes a los hambrientos y despide a los ricos vacíos. La obra de un Dios que mira desde abajo y que nos invita a contemplar al hombre desde abajo, compartiendo el camino de esta casa. Solo así podemos tener la esperanza de llegar a la casa donde está dispuesto el libro de la Vida.
Santa María, como una madre, una buena madre, nos enseña el camino.
15 de agosto de 2015
11 de julio de 2015
NUESTRO PADRE SAN BENITO, ABAD
Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
Prov 2,1-9; Salm 1,1-6; Col 3,12-17; Llc 22,24-27
«San Benito, maestro y guía de nuestra vida; tú reinas feliz con Cristo; cuida de tu rebaño, fortalécelo con tu plegaria; condúcelo hacia el cielo por el camino luminoso que tu abriste para él». (Antífona del Magníficat de las II Vísperas)
Esta antífona nos lleva a contemplar a san Benito como la referencia principal de nuestra vida monástica. Lo contemplamos en perfecta sintonía con Cristo, lo que lleva a recomendarnos asiduamente en su Regla «no anteponer nada a Cristo». Y hacemos a la vez de esta antífona una plegaria viva cuando le pedimos que cuide, que vigile su rebaño, y las comunidades monásticas que se inspiran en su Regla, que las fortalezca con su intercesión, que las guie con la sabiduría de su Regla.
Pero hacer que sea una verdadera plegaria esta antífona, nos pide llevar la mirada del corazón a la palabra de Dios, a la sabiduría de la Palabra proclamada, del libro de los Proverbios, que nos exhortaba muy concretamente: «Guarda como un tesoro mi enseñanza y escucha con atención la sabiduría, ten el corazón dispuesto para entender y a la vez pide inteligencia», es decir, una mirada sencilla y profunda a la vez, que nos permita sondear nuestro propio misterio personal a la luz del misterio de la Palabra divina.
Este es el camino que nos lleva a venerar al Señor y a tener un conocimiento profundo de él.
Feliz el monje que va por estos caminos; viene a ser «como el árbol arraigado junto a las aguas que da fruto a su tiempo», canta el salmista.
Como san Benito que también da fruto a su tiempo. El pasa una buena parte de su vida en la soledad en condiciones duras, con momentos fuertes de tentaciones, pero se mantiene fiel en sus esfuerzos por penetrar y vivir el misterio de Dios. Y viene a dar fruto a su tiempo como nos dice san Bernardo: «Entre sus frutos encontramos tres importantes: su santidad, su justicia, su piedad. Ahí tienes, jumento de Cristo, unos ramos de hojas verdes cuajadas de flores y cargados de frutos. Apóyate en ellos y avanzarás con toda seguridad. Su doctrina nos instruye y guía nuestros pasos por el camino de la paz». (San Bernardo)
Su doctrina, su libro de texto para nosotros es su Regla, que cada día estamos llamados a escuchar y contrastar con nuestra vida. Y yo diría que hoy, en esta celebración nos presenta de alguna manera el libro de la Regla en la sabiduría proclamada en la lectura de la epístola a los colosenses, donde cada palabra viene a ser un capítulo importante y necesario para nuestra vida: «Tener los sentimientos propios de quienes han sido escogidos por Dios: compasión, bondad, humildad, serenidad, paciencia».
Cada una de estas palabras puede ser, para todos nosotros, motivo de una profunda y prolongada lectura. En concreto el Papa Francisco nos va a invitar a considerar la compasión durante todo un año Jubilar, a partir de adviento. Y así podría decir de las otras palabras: la humildad, la paz… que aparecen con una presencia viva en la Regla. Nunca estudiaremos y meditaremos lo suficiente sobre el mensaje de vida que encierran estas palabras.
Otro capítulo interesante de este libro de la regla: «soportarse los unos a los otros y perdonarnos de corazón». Uno tiene la impresión que eran palabras, frases que san Benito tenía delante cuando escribía su Regla. Y todavía nos subraya san Pablo: «la paz de Cristo en nuestros corazones, la palabra de Cristo en nosotros en toda su riqueza… para cantar a Dios agradecidos con salmos, himnos y cánticos…» Es evidente que San Benito escribía su Regla iluminado por la luz del evangelio. Y así tener una autoridad que le permitiera exhortarnos con fuerza y con sabiduría: «No anteponer nada a Cristo».
«Nuestro único destino —nos recordará san Bernardo— es caminar y dar fruto. ¿Cuál debe ser nuestro punto de partida? Nosotros mismos. Lo dice la Escritura: deja tu propia voluntad». Estas son las huellas de Jesús, que siguió fielmente san Benito. Estas huellas son para nosotros la enseñanza principal: «Yo me comporto entre vosotros como el que sirve». O en otro lugar dice: «No he venido a que me sirvan sino a servir y dar la vida».
¿Quién es el más importante en una comunidad? El que sirve, el que sirve más y mejor; el que día a día en un silencio generoso va dando su vida. Tú, ¿qué das a tu comunidad?
Prov 2,1-9; Salm 1,1-6; Col 3,12-17; Llc 22,24-27
«San Benito, maestro y guía de nuestra vida; tú reinas feliz con Cristo; cuida de tu rebaño, fortalécelo con tu plegaria; condúcelo hacia el cielo por el camino luminoso que tu abriste para él». (Antífona del Magníficat de las II Vísperas)
Esta antífona nos lleva a contemplar a san Benito como la referencia principal de nuestra vida monástica. Lo contemplamos en perfecta sintonía con Cristo, lo que lleva a recomendarnos asiduamente en su Regla «no anteponer nada a Cristo». Y hacemos a la vez de esta antífona una plegaria viva cuando le pedimos que cuide, que vigile su rebaño, y las comunidades monásticas que se inspiran en su Regla, que las fortalezca con su intercesión, que las guie con la sabiduría de su Regla.
Pero hacer que sea una verdadera plegaria esta antífona, nos pide llevar la mirada del corazón a la palabra de Dios, a la sabiduría de la Palabra proclamada, del libro de los Proverbios, que nos exhortaba muy concretamente: «Guarda como un tesoro mi enseñanza y escucha con atención la sabiduría, ten el corazón dispuesto para entender y a la vez pide inteligencia», es decir, una mirada sencilla y profunda a la vez, que nos permita sondear nuestro propio misterio personal a la luz del misterio de la Palabra divina.
Este es el camino que nos lleva a venerar al Señor y a tener un conocimiento profundo de él.
Feliz el monje que va por estos caminos; viene a ser «como el árbol arraigado junto a las aguas que da fruto a su tiempo», canta el salmista.
Como san Benito que también da fruto a su tiempo. El pasa una buena parte de su vida en la soledad en condiciones duras, con momentos fuertes de tentaciones, pero se mantiene fiel en sus esfuerzos por penetrar y vivir el misterio de Dios. Y viene a dar fruto a su tiempo como nos dice san Bernardo: «Entre sus frutos encontramos tres importantes: su santidad, su justicia, su piedad. Ahí tienes, jumento de Cristo, unos ramos de hojas verdes cuajadas de flores y cargados de frutos. Apóyate en ellos y avanzarás con toda seguridad. Su doctrina nos instruye y guía nuestros pasos por el camino de la paz». (San Bernardo)
Su doctrina, su libro de texto para nosotros es su Regla, que cada día estamos llamados a escuchar y contrastar con nuestra vida. Y yo diría que hoy, en esta celebración nos presenta de alguna manera el libro de la Regla en la sabiduría proclamada en la lectura de la epístola a los colosenses, donde cada palabra viene a ser un capítulo importante y necesario para nuestra vida: «Tener los sentimientos propios de quienes han sido escogidos por Dios: compasión, bondad, humildad, serenidad, paciencia».
Cada una de estas palabras puede ser, para todos nosotros, motivo de una profunda y prolongada lectura. En concreto el Papa Francisco nos va a invitar a considerar la compasión durante todo un año Jubilar, a partir de adviento. Y así podría decir de las otras palabras: la humildad, la paz… que aparecen con una presencia viva en la Regla. Nunca estudiaremos y meditaremos lo suficiente sobre el mensaje de vida que encierran estas palabras.
Otro capítulo interesante de este libro de la regla: «soportarse los unos a los otros y perdonarnos de corazón». Uno tiene la impresión que eran palabras, frases que san Benito tenía delante cuando escribía su Regla. Y todavía nos subraya san Pablo: «la paz de Cristo en nuestros corazones, la palabra de Cristo en nosotros en toda su riqueza… para cantar a Dios agradecidos con salmos, himnos y cánticos…» Es evidente que San Benito escribía su Regla iluminado por la luz del evangelio. Y así tener una autoridad que le permitiera exhortarnos con fuerza y con sabiduría: «No anteponer nada a Cristo».
«Nuestro único destino —nos recordará san Bernardo— es caminar y dar fruto. ¿Cuál debe ser nuestro punto de partida? Nosotros mismos. Lo dice la Escritura: deja tu propia voluntad». Estas son las huellas de Jesús, que siguió fielmente san Benito. Estas huellas son para nosotros la enseñanza principal: «Yo me comporto entre vosotros como el que sirve». O en otro lugar dice: «No he venido a que me sirvan sino a servir y dar la vida».
¿Quién es el más importante en una comunidad? El que sirve, el que sirve más y mejor; el que día a día en un silencio generoso va dando su vida. Tú, ¿qué das a tu comunidad?
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