TEXTOS PARA LA CUARESMA
Domingo 2º. de Cuaresma (Año C)
De las homilías de San León Magno, papa
Sermón 51, 2-3, 5-8 : PL 54, 310-313, SC 74 bis
El Señor descubre su gloria en presencia de testigos escogidos, e hizo resplandecer de tal manera aquel cuerpo suyo común a todos, que su rostro se volvió semejante a la claridad del sol y sus vestiduras aparecieron blancas como la nieve. En su transfiguración, se trataba, sobre todo, de alejar de los corazones de sus discípulos el escándalo de la cruz, y hacer que la ignominia voluntaria de su muerte no pudiera desconcertar a estos antes quienes sería descubierto la excelencia de su dignidad escondida.
Pero con no menor vista se estaba fundamentando la esperanza de la santa Iglesia, ya que el cuerpo de Cristo, en su totalidad, podría comprender cual habría de ser su transformación, y sus miembros podrían contar con la promesa de su participación en aquel honor que brillaba en la cabeza de antemano.
«Este es mi Hijo amado, ...escuchadle». Escuchadle, a él que abre el camino del cielo, por el suplicio de la cruz, vosotros preparar las enseñanzas para subir al Reino. ¿Por qué teméis, ser redimidos? ¿Por qué, heridos, teméis, ser curados? Qué más voluntad hace falta que el querer de Cristo. Arrojad el temor carnal y armaos de la constancia que inspira la fe. Pues no conviene que dudéis en la pasión del Salvador que, con su auxilio, vosotros no temeréis en vuestra propia muerte.
En estos tres apóstoles, la Iglesia entera ha aprendido todo lo que vieron sus ojos y oyeron sus oídos (cf. 1Jn 1,1). Por tanto la fe de todos ellos se vuelva más firme por la predicación del santo Evangelio, y hace que nadie enrojezca ante la cruz de Cristo, por la cual el mundo ha sido rescatado.
24 de febrero de 2013
LA CARTA DEL ABAD
Querida Carmen:
Estamos empezando el tiempo de Cuaresma. Ha sido una constante en la vida de los creyentes pensar en este tiempo como un tiempo preferentemente, de ascesis, de sacrificio, penitencia… un tiempo en definitiva de un trabajo personal para agradar a Dios. O quizás como un tiempo de hacer Via-Crucis, o penitencias sin muchas más consideraciones. No voy a decir que esto sea malo, pero sí defectuoso, porque es una obra que lleva a cabo la persona creyente, y que queda muy incompleta.
El tiempo de Cuaresma debe ser un tiempo como recoges en tu «carta para adquirir conciencia de nuestro pecado por nuestra cercanía a Dios. Es la santidad de Dios la que descubre y pone al descubierto mi pecado, mi infidelidad. Cuando me acerco a un Dios amor, un Dios de luz y misericordia, tomo conciencia de mi falta de amor, de mi oscuridad, de la dureza de mi corazón».
La Cuaresma debe ser un esfuerzo por estar, por permanecer, y esperar en silencio la salvación de Dios. Porque el hombre no se salva por sí mismo, ni hace méritos para que sean tenidos en cuenta en orden a su salvación. Yo me salvaré por la misericordia de Dios, por su fidelidad ya que no puede negarse a sí mismo, aunque yo sea infidel. Yo me salvaré por su amor. Porque sólo el Amor nos salva. Y por ello la Cuaresma debe ser un tiempo para meditar el Amor que se nos entrega hasta el extremo. Un tiempo para mirar y considerar constantemente el Amor que se entrega en la Cruz y que celebramos con la vibración de un Aleluya que nace del corazón en la Noche Pascual.
La Cuaresma no debe ser un fatigarse en «hacer», sino en contemplar, escuchar y orar para que ese amor acertemos a llevarlo a nuestra vida. La Cuaresma debe ser un tiempo para trabajar y fatigarse por el Amor; en definitiva para eso está configurado nuestro corazón, y es el camino para pacificar nuestra vida, es el camino para encontrarme en profundidad con el hermano. Evidentemente ponerse con seriedad en este sendero supone una abnegación y verdadero sacrificio en nuestra vida. Como escribe Merton: «El ascetismo más seguro es la amarga inseguridad, trabajo y pequeñez de los realmente pobres. Depender absolutamente de otros. El problema crítico de la perfección y la pureza interior está en el renunciamiento y desarraigo de todos nuestros inconscientes apegos a cosas creadas y a nuestra propia voluntad y deseo. Sólo existe un ascetismo verdadero. El que es guiado por el Espíritu de Dios y no por el espíritu de uno mismo. El espíritu del hombre, primero debe sujetarse a la gracia y entonces podrá traer la carne a la sujeción de la gracia y de sí mismo. Si por el Espíritu mortificáis los hechos de la carne, viviréis». (Rom 8,13)
De aquí pueden nacer varias opciones. Nacen de hecho: la rutina, siempre lo hemos hechos así, los viernes no comer carne y… poco más. La dejadez, como no tiene sentido hacer unos ejercicios que no nos cambian, que son del pasado… pues lo dejo o hago alguna pequeña cosa, según las circunstancias. Y la vida sigue más o menos igual de rutinaria, anodina, insípida, tibia. O bien creo que el Espíritu es importante en mi vida y me dejo guiar por él en todo momento y circunstancia. Y entonces estoy atento a sus sugerencias que me llegan de fuera, en la escucha, y también de dentro a través del movimiento de mi corazón. Y ésta puede ser una Cuaresma apasionante. Un abrazo,
+ P. Abad
Estamos empezando el tiempo de Cuaresma. Ha sido una constante en la vida de los creyentes pensar en este tiempo como un tiempo preferentemente, de ascesis, de sacrificio, penitencia… un tiempo en definitiva de un trabajo personal para agradar a Dios. O quizás como un tiempo de hacer Via-Crucis, o penitencias sin muchas más consideraciones. No voy a decir que esto sea malo, pero sí defectuoso, porque es una obra que lleva a cabo la persona creyente, y que queda muy incompleta.
El tiempo de Cuaresma debe ser un tiempo como recoges en tu «carta para adquirir conciencia de nuestro pecado por nuestra cercanía a Dios. Es la santidad de Dios la que descubre y pone al descubierto mi pecado, mi infidelidad. Cuando me acerco a un Dios amor, un Dios de luz y misericordia, tomo conciencia de mi falta de amor, de mi oscuridad, de la dureza de mi corazón».
La Cuaresma debe ser un esfuerzo por estar, por permanecer, y esperar en silencio la salvación de Dios. Porque el hombre no se salva por sí mismo, ni hace méritos para que sean tenidos en cuenta en orden a su salvación. Yo me salvaré por la misericordia de Dios, por su fidelidad ya que no puede negarse a sí mismo, aunque yo sea infidel. Yo me salvaré por su amor. Porque sólo el Amor nos salva. Y por ello la Cuaresma debe ser un tiempo para meditar el Amor que se nos entrega hasta el extremo. Un tiempo para mirar y considerar constantemente el Amor que se entrega en la Cruz y que celebramos con la vibración de un Aleluya que nace del corazón en la Noche Pascual.
La Cuaresma no debe ser un fatigarse en «hacer», sino en contemplar, escuchar y orar para que ese amor acertemos a llevarlo a nuestra vida. La Cuaresma debe ser un tiempo para trabajar y fatigarse por el Amor; en definitiva para eso está configurado nuestro corazón, y es el camino para pacificar nuestra vida, es el camino para encontrarme en profundidad con el hermano. Evidentemente ponerse con seriedad en este sendero supone una abnegación y verdadero sacrificio en nuestra vida. Como escribe Merton: «El ascetismo más seguro es la amarga inseguridad, trabajo y pequeñez de los realmente pobres. Depender absolutamente de otros. El problema crítico de la perfección y la pureza interior está en el renunciamiento y desarraigo de todos nuestros inconscientes apegos a cosas creadas y a nuestra propia voluntad y deseo. Sólo existe un ascetismo verdadero. El que es guiado por el Espíritu de Dios y no por el espíritu de uno mismo. El espíritu del hombre, primero debe sujetarse a la gracia y entonces podrá traer la carne a la sujeción de la gracia y de sí mismo. Si por el Espíritu mortificáis los hechos de la carne, viviréis». (Rom 8,13)
De aquí pueden nacer varias opciones. Nacen de hecho: la rutina, siempre lo hemos hechos así, los viernes no comer carne y… poco más. La dejadez, como no tiene sentido hacer unos ejercicios que no nos cambian, que son del pasado… pues lo dejo o hago alguna pequeña cosa, según las circunstancias. Y la vida sigue más o menos igual de rutinaria, anodina, insípida, tibia. O bien creo que el Espíritu es importante en mi vida y me dejo guiar por él en todo momento y circunstancia. Y entonces estoy atento a sus sugerencias que me llegan de fuera, en la escucha, y también de dentro a través del movimiento de mi corazón. Y ésta puede ser una Cuaresma apasionante. Un abrazo,
+ P. Abad
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