SOLEMNIDAD TRASLADADA
Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
Is 7,10-14; Sal 39,7-11; Hebr 10,4-10; Lc 1,26-38.
En una homilía con motivo de esta solemnidad decía Benedicto XVI: «En la segunda lectura hemos escuchado la estupenda página en la que el autor de la carta a los Hebreos interpreta el salmo 39 precisamente a la luz de la encarnación de Cristo: "Cuando Cristo entró en el mundo dijo: ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad'" (Hb 10,5-7). Ante el misterio de estos dos "Aquí estoy", el "Aquí estoy" del Hijo y el "Aquí estoy" de la Madre, que se reflejan uno en el otro y forman un único Amén a la voluntad de amor de Dios, quedamos asombrados y, llenos de gratitud, adoramos. ¡Cuánta luz podemos recibir de este misterio para nuestra vida de ministros de la Iglesia!»
Necesitamos esta luz, ya que nuestra preocupación primera debe ser que también nuestro Amen coincida con el Amen de Cristo y su Madre María. Que nuestra voluntad sea un amen permanente a la voluntad de Dios. La importancia queda muy clara en la Regla, que repite con frecuencia lo de poner de acuerdo nuestra voluntad con la de Dios:
Renunciando a tus deseos
Aburrir la propia voluntad
Abandonando sus cosas y renunciando a la propia voluntad, dejando lo que tienen entre manos….
El segundo grado de la humildad cuando uno no se complace en satisfacer sus deseos, no estimando su propia voluntad
En concreto en el Prólogo, y en los capítulos 1, 3, 4, 5, 7, 33, 49.
Para que nuestro Amen coincida con el de Cristo necesitamos conectarnos con el Manantial divino que fluye por un canal privilegiado: la Virgen María. San Bernardo nos habla de este acueducto: «La vida eterna es la fuente inagotable que riega toda la superficie del paraíso. Más aún, la fuente embriagadora, la fuente del jardín, el manantial inagotable que fluye impetuoso, el correr de las acequias que alegra la ciudad de Dios. ¿Y quién es esta fuente de vida sino Cristo el Señor. Las aguas de esta fuente han sido canalizadas hasta nosotros, a través de Santa María, la llena de gracia» (cf. Sermón sobre la Natividad de la Bienaventurada Virgen María).
El Amén de María provoca inmediatamente todo un movimiento de servicio a los demás, como un instrumento de la voluntad divina, que se anonada a si misma para transmitirnos toda una fuerza de vida. Benedicto XVI, comenta a este respecto: «Lo primero que hizo María después de acoger el mensaje del ángel fue ir "con prontitud" a casa de su prima Isabel para prestarle su servicio (cf. Lc 1,39). La iniciativa de la Virgen brotó de una caridad auténtica, humilde y valiente, movida por la fe en la palabra de Dios y por el impulso interior del Espíritu Santo. Quien ama se olvida de sí mismo y se pone al servicio del prójimo».
26 de marzo de 2012
25 de marzo de 2012
LA CARTA DEL ABAD
Querida María Luisa:
«¿Se puede explicar el silencio del otoño? El cambio de color de las hojas… Aquí los árboles que veo son siempre verdes, pero recuerdo el otoño de Alcañiz. ¡Qué maravilla! Los colores nacen del silencio; no gritan, no alborotan cuando poco a poco van muriendo. Aprender a morir cada día en silencio, cambiar el color del pelo, llenarte de arrugas… en silencio, sin apenas darte cuenta. Este silencio te lo envío a ti, monje contemplativo».
Muchas gracias Mª Luisa, por este texto tan precioso. Yo creo que no se puede explicar el silencio del otoño. Yo creo que no se puede explicar el silencio, ningún silencio. El silencio se vive. Vivir la experiencia del silencio no es tarea fácil. Ni siquiera en la vida monástica. Sin embargo es una experiencia necesaria en la vida. Vivir las sucesivas estaciones de la vida, con el cambio que van provocando en nuestro espacio interior. Vivir con paz el cambio de color del corazón, cada estación, cada mes, incluso cada día. Color interior que nace del silencio, sin gritar, ni alborotar como dices, y que muere dejando espacio a otros colores, y una huella nueva en nuestro lienzo.
Necesitamos más sabiduría para morir en silencio, cambiar las frondas de nuestra vida, pero conscientes de este cambio, vivido de manera positiva, enriquecedora. Nuestra vida va cambiando en medio de multitud de experiencias de todo tipo, pero vividas como una experiencia viva de la conciencia pueden ser fuente que sacie nuestra sed, y dé sabor a nuestra vida.
Nosotros, tú y yo y cada persona humana, somos una semilla que guarda dentro la fuerza de una vida nueva, sorprendente, distinta, y necesitamos el silencio del otoño para arrojarla en surco abierto. Necesitamos lanzar el grano a la tierra abierta del otoño, perdernos en esta tierra madre, con un gesto generoso, como la matriz de la madre, tierra sagrada, donde la mujer trabaja en silencio colaborando con la fuente de la vida divina. Solamente una siembra generosa hará posible el color verde de la primavera, y el dorado del verano, la promesa del fruto abundante. Si el grano de trigo no cae a tierra y muere, queda infecundo, pero si muere da mucho fruto.
En cualquier caso siempre será preciso caer en el surco y dejar que nos envuelva el silencio y la quietud del invierno. «Este silencio te lo envío a ti, monje contemplativo». Gracias, por dedicarme este silencio.
Evidentemente, se necesita una actitud contemplativa para vivir este silencio. Pero este silencio, he de decirte que no es patrimonio exclusivo de los monjes. Ese mismo párrafo que me mandas es una experiencia contemplativa hermosa. ¿No es contemplativa esa mujer que está viviendo la experiencia del nacimiento de una nueva vida en su seno? ¿No es contemplativo el labrador sencillo que ora se dobla sobre la tierra para abrir el surco, ora se levanta con esperanza viva de la lluvia del cielo? ¿No es, acaso, experiencia contemplativa la entereza con que una persona sencilla vive un golpe fuerte en su vida, (familiar, económica, social…) la experiencia de un morir agudo, pero esperando que amanezca?
Mª Luisa, yo creo que todas las circunstancias de nuestra vida, son materia para una experiencia contemplativa si acertamos a vivirlas con un ritmo de paz, un talante silencioso, y esperando un fruto nuevo, el dibujo de un nuevo color en el corazón. Un abrazo,
+ P. Abad
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