Homilía predicada por el P. José Alegre
2Sm 7,4-5.12-14.16; Sal 88; Rom 4,13-16.18-22; Mt 1,16-18.21-24
Hoy celebramos la solemnidad de san José. Quizás, más acordes a la singularidad de su persona, podríamos decir: Hoy celebramos la sencillez de san José, un corazón abierto al Misterio, un corazón atento y receptivo al Misterio. Por esto no tiene nada de extraño que la persona de san José resalte en el evangelio por su silencio. La presencia del Misterio en la vida del hombre como podemos contemplar en las Sagradas Escrituras siempre conlleva un profundo silencio de admiración, de adoración… Provoca el eco de un profundo silencio en aquel a quien se revela o se hace presente Cuando nosotros nos esforzamos en un camino ascético del silencio, siempre nos resulta difícil lograr un mínimo que ayude al clima de la vida de la comunidad. Lo contrario sucede cuando es el Misterio quien viene a ser una presencia viva en nuestras vidas.
Y ya no digamos cuando el Señor nos confía este Misterio. Es el caso de san José: se le confía el Misterio de un Dios que se reviste de nuestra condición humana. También a san María. Esta recibe el Misterio, canta las obras grandes de Dios en la historia y prácticamente ya no habla en todo el evangelio. Por eso María viene a ser el silencio del Evangelio. San José será su compañero fiel en cuidar este Misterio. Los dos silencios del Evangelio.
Y hoy la Iglesia se vuelve a san José celebrándolo y pidiendo para todos nosotros seguir siendo los buenos y fieles custodios de este Misterio para encaminarlo, como miembros de la Iglesia, hacia la perfección como pedimos en la oración-colecta de hoy.
Nos podemos preguntar sobre este camino de perfección. O quizás mejor volvernos hacia las enseñanzas de la Palabra Sagrada, que nos va siempre sugiriendo los caminos en nuestro peregrinar de esta vida.
En la primera lectura, David, reconociendo la grandeza y bondad de Dios hacia él quiere construirle un templo. El Señor no se lo permite, pero tiene la bondad de hacerle la promesa que lo hará un descendiente suyo, y que será un templo eterno, que se mantendrá para siempre, y en donde Dios se manifestará como Padre.
San Pablo hace una referencia interesante a Abraham. Este Patriarca, como sabemos, no viene después de David sino antes, pero resalta el Apóstol una Promesa, que se realizará en el futuro, realización que no viene determinada por la ley, sino por la fe. Una fe que ya sugiere la creencia en un Dios Padre de todos los pueblos, un Dios que es creador, y que hace revivir los muertos. Una figura, pues, que, aunque en el tiempo es antes de David, esa dimensión de la fe lo proyecta más allá de David, hacia el Misterio que será presencia viva y definitiva en la vida de la humanidad.
La Escritura no solo nos narra este crecimiento de la presencia del Misterio en la vida de los hombres, sino que la canta, aludiendo a una dinastía perpetua, a la fidelidad del Señor a sus promesas, a un Dios Padre, a un Dios Roca, a un Dios Amor.
Y toda esta trayectoria adquiere un nombre que revela a san José y le pide que le ponga por nombre Jesús. Un Salvador que llevará nuestros pecados a la Cruz y derramará su Espíritu de Amor, para que seamos piedras vivas y nos entreguemos a edificar aquel templo que David quería material, pero que Dios lleva a una dimensión más auténtica y profunda, un templo espiritual. Y este es el templo cuyas primeras piedras ponen con su silencio de adoración María y José.
El silencio de san José es la belleza del Misterio en su vida. Debe serlo en la nuestra, llamados a ser custodios del Misterio de Dios.
Mirad: Mahler en su segunda sinfonía escribe: «Yo pertenezco a Dios y retornaré a Dios. Dios me dará un cirio para iluminar el camino hacia la bendición de la VIDA ETERNA».
¿No creéis que el silencio de san José puede ser el cirio que ilumina la presencia del misterio que tenemos como custodia, mientras caminamos hacia la bendición de la VIDA ETERNA?
19 de marzo de 2020
23 de febrero de 2020
DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO (Año A)
Homilía predicada por el P. José Alegre
Lev 19,1-2.17-18; Salm 102; 1Cor 3,16-23; Mt 5,38-48
La Palabra de Dios nos da unos consejos muy concretos. Es importante recogerlos para nuestra vida cristiana y monástica. Nos exhorta el beato cisterciense abad Guerrico: «Vosotros que os paseáis por los jardines de las Escrituras, guardaros de atravesarlo con un vuelo rápido e inactivo, sino más bien escrutadlo todo, y, como abejas diligentes recoged la miel de las flores, recoged el espíritu de las palabras».
Entremos, pues, en el jardín, donde el Levítico nos decía: «Di a toda la comunidad sed santos, porque yo, vuestro Dios, soy santo». En otra parte del jardín nos exhorta san Pablo: «No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Todo es vuestro, pero vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios».
Todavía podríamos encontrar en el jardín más palabras de sabiduría para la santidad, como aquellas del profeta Sofonías: «Dios exulta, danza por ti, Dios está dentro de ti renovándote con su amor». Y santa Teresa, visitante asidua de estos jardines de las Escrituras, pone en boca de Dios estos preciosos versos: «Porque tú eres mi aposento, mi casa y mi morada, a Mi buscarme has en ti».
Parece que esa invitación a la santidad que hoy escuchamos, parece que es un camino a nuestro alcance, pues se nos invita a ser santos como lo es Dios, pues nos encontramos que este Dios ya habita en nosotros, está presente en nuestra vida. Luego, por lo menos se nos tendrían que ir transmitiendo la sabiduría de la santidad de un huésped tan íntimo. En cambio, si miramos a nuestra vida, advertimos que no se percibe esa santidad, advertimos nuestras debilidades y pecados.
Quizás es que necesitamos escuchar un silencio habitado que ensanche nuestro corazón. Habitados por Dios, templo suyo, quizás estamos necesitados del silencio interior habitado por la Palabra que ensanche nuestro pequeño corazón para que entre en sintonía con el corazón de Dios, con la sabiduría y la luz de su Palabra.
Quizás necesitamos escribir, dibujar, las flores de este jardín de las Escrituras en ese libro que todos llevamos dentro, pero que se nos cierra con las preocupaciones que nos hacen olvidar la luz.
Pero hoy, el Dios compasivo y misericordioso, que nos sacia de amor entrañable, al que hemos cantado en el salmo nos sugiere cosas muy concretas para ir creciendo en la santidad, ir creciendo en el deseo de ir encarnado en nuestra vida esa santidad de Dios.
Ya en el Levítico se nos dice: «No te vengues ni guardes rencor contra nadie de tu pueblo». San Pablo nos exhortaba a no dejarnos engañar por la sabiduría de este mundo que es una clara ignorancia de la sabiduría divina que lleva la paz al corazón humano. Y en el evangelio es la palabra del mismo Jesús, nuestro Maestro quien nos da una enseñanza muy clara: «Ya sabéis que a nuestros antepasados les dijeron: “Ojo por ojo y diente por diente”, pero yo os digo: no os volváis contra quienes os hacen mal». También nos dice: «Da a quien te pide, y no te desentiendas de quien te pide algo prestado». Y todavía nos hace partícipes de una tercera enseñanza: «Se dijo ama a los otros, pero no a los enemigos. Pero yo os digo: Amad a los enemigos y orad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir el sol para los buenos y los malos, y da la lluvia para los justos y los injustos».
Este es nuestro camino para ir creciendo hacia la santidad: escuchar la Palabra, guardarla en el corazón, no olvidarla, más bien meditarla en el silencio del corazón para que la sabiduría de esta Palabra vaya dominando toda nuestra existencia.
O lo que vendría a ser equivalente: Que el silencio habitado ensanche tu corazón.
Lev 19,1-2.17-18; Salm 102; 1Cor 3,16-23; Mt 5,38-48
La Palabra de Dios nos da unos consejos muy concretos. Es importante recogerlos para nuestra vida cristiana y monástica. Nos exhorta el beato cisterciense abad Guerrico: «Vosotros que os paseáis por los jardines de las Escrituras, guardaros de atravesarlo con un vuelo rápido e inactivo, sino más bien escrutadlo todo, y, como abejas diligentes recoged la miel de las flores, recoged el espíritu de las palabras».
Entremos, pues, en el jardín, donde el Levítico nos decía: «Di a toda la comunidad sed santos, porque yo, vuestro Dios, soy santo». En otra parte del jardín nos exhorta san Pablo: «No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Todo es vuestro, pero vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios».
Todavía podríamos encontrar en el jardín más palabras de sabiduría para la santidad, como aquellas del profeta Sofonías: «Dios exulta, danza por ti, Dios está dentro de ti renovándote con su amor». Y santa Teresa, visitante asidua de estos jardines de las Escrituras, pone en boca de Dios estos preciosos versos: «Porque tú eres mi aposento, mi casa y mi morada, a Mi buscarme has en ti».
Parece que esa invitación a la santidad que hoy escuchamos, parece que es un camino a nuestro alcance, pues se nos invita a ser santos como lo es Dios, pues nos encontramos que este Dios ya habita en nosotros, está presente en nuestra vida. Luego, por lo menos se nos tendrían que ir transmitiendo la sabiduría de la santidad de un huésped tan íntimo. En cambio, si miramos a nuestra vida, advertimos que no se percibe esa santidad, advertimos nuestras debilidades y pecados.
Quizás es que necesitamos escuchar un silencio habitado que ensanche nuestro corazón. Habitados por Dios, templo suyo, quizás estamos necesitados del silencio interior habitado por la Palabra que ensanche nuestro pequeño corazón para que entre en sintonía con el corazón de Dios, con la sabiduría y la luz de su Palabra.
Quizás necesitamos escribir, dibujar, las flores de este jardín de las Escrituras en ese libro que todos llevamos dentro, pero que se nos cierra con las preocupaciones que nos hacen olvidar la luz.
Pero hoy, el Dios compasivo y misericordioso, que nos sacia de amor entrañable, al que hemos cantado en el salmo nos sugiere cosas muy concretas para ir creciendo en la santidad, ir creciendo en el deseo de ir encarnado en nuestra vida esa santidad de Dios.
Ya en el Levítico se nos dice: «No te vengues ni guardes rencor contra nadie de tu pueblo». San Pablo nos exhortaba a no dejarnos engañar por la sabiduría de este mundo que es una clara ignorancia de la sabiduría divina que lleva la paz al corazón humano. Y en el evangelio es la palabra del mismo Jesús, nuestro Maestro quien nos da una enseñanza muy clara: «Ya sabéis que a nuestros antepasados les dijeron: “Ojo por ojo y diente por diente”, pero yo os digo: no os volváis contra quienes os hacen mal». También nos dice: «Da a quien te pide, y no te desentiendas de quien te pide algo prestado». Y todavía nos hace partícipes de una tercera enseñanza: «Se dijo ama a los otros, pero no a los enemigos. Pero yo os digo: Amad a los enemigos y orad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir el sol para los buenos y los malos, y da la lluvia para los justos y los injustos».
Este es nuestro camino para ir creciendo hacia la santidad: escuchar la Palabra, guardarla en el corazón, no olvidarla, más bien meditarla en el silencio del corazón para que la sabiduría de esta Palabra vaya dominando toda nuestra existencia.
O lo que vendría a ser equivalente: Que el silencio habitado ensanche tu corazón.
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