Homilía predicada por el P. José Alegre
Eclo 24,1-2.8-12; Sal 147; Ef 1,3-6.15-18; Jn 1,1-18
Celebramos el Domingo II de Navidad. ¿Qué celebramos en este Domingo? El mismo misterio que celebramos el día de Navidad, y que estamos celebrando en estos días del ciclo navideño.
El Dios del Evangelio, de una perfección total, no se muestra como un ser trascendente, retirado en una soledad absoluta e inabordable. Él tiene un Hijo único que ama como objeto privilegiado de su caridad, que no duda en enviarlo en persona a quienes rechazan el mensaje de los profetas.
Esta concepción de Dios y de sus relaciones con la humanidad es la primera revelación del Evangelio. La bondad de Dios no espera el primer movimiento de arrepentimiento del pecador, él lo provoca. La venida del Reino no es otra cosa que esta propuesta de perdón, una iniciativa de Dios a entrar en una relación con él… Más todavía: el Hijo mismo, a la manera de un sembrador va arrojando las semillas de la Palabra de Dios.
La Iglesia nos propone este tiempo de Navidad, como en Pascua será el tiempo pascual, para tener la oportunidad de reflexionar y penetrar más profundamente en el misterio de Cristo, de este Dios que te ama.
El camino es abrirnos a la sabiduría de la Palabra de Dios, es adentrarnos en la vivencia de las Sagradas Escrituras. Hay un texto bellísimo de san Jerónimo que nos exhorta de este modo: «El prado de las Escrituras es un prado esmaltado de flores policromas y todas se pueden coger… Las hay de todas las clases: rosas, encarnadas, lirios blancos, flores de variado colorido. La dificultad está en elegir. A nosotros nos incumbe coger las flores que nos parezcan más bellas. Y si cortamos las rosas, no nos dé pena dejar los lirios; si nos decidimos por los lirios no despreciamos las humildes violetas. Todo resultará bello y fascinante en la deliciosa tierra prometida al alma generosa, que haya aceptado cansarse un poco sobe los Libros Santos. Nada más dulce o mejor que la ciencia de las Escrituras».
Coger las que nos parezcan más bellas, o las que consideramos más necesarias para hacer vivo en nosotros el misterio de Cristo.
Y para esto nada mejor que volvernos a este prado de las Escrituras que se nos ha puesto delante en la proclamación de las lecturas, y consideremos cada uno de qué palabra, de qué flor necesito más para hacer vivo el misterio de Cristo en mi vida.
En la primera lectura se nos ofrece una flor espléndida: la sabiduría. Esta nos habla de la gloria de Dios, a través de la belleza de la obra de la creación; la belleza de la liturgia… Aquí al hilo de esta palabra nos podríamos preguntar, si nuestras obras dejan en nuestra vida una estela de sabiduría, o necesitamos contemplar más y mejor las obras de Dios en su creación, en nuestro tiempo, para adquirir este aroma de la sabiduría divina.
En la segunda lectura, yo diría que nos invita a contemplar el “árbol del Amor”, la comunión en el Amor de las Tres divinas Personas, un Dios que abre su círculo de amor para invitarnos a nosotros a adentrarnos en esta experiencia de amor en el Amor. Y hasta nos proporciona una breve oración para pedirlo: «Ilumina la mirada interior de nuestro corazón, y concédenos conocer a qué esperanza nos llamas, qué riquezas nos tienes preparadas, y qué herencia nos tienes destinada».
En la tercera lectura, el Evangelio, nos recuerda el valor incalculable de la Palabra, de la Palabra divina, y de la palabra humana. Nos recuerda que la Palabra contiene una riqueza incalculable de vida, de luz. Nos habla de la palabra como una luz que ilumina a todos los hombres. Que en nuestra pequeña palabra humana se refleja esa vida y esa luz de la Palabra divina.
Estás en el prado de las Escrituras. Elige una flor, aquella que crees necesitar mas en tu vida: la sabiduría, el árbol de la vida, la fuerza de vida y de luz de la palabra.
Coge una flor, solo una, y cuídala. Y no olvides que Cristo, este Dios amigo que se acerca a nosotros en el misterio de Navidad, desea que tu seas su aroma en esta sociedad, que seas el buen aroma de Cristo.
5 de enero de 2020
10 de noviembre de 2019
DOMINGO XXXII DEL TIEMPO ORDINARIO (Año C)
Homilía predicada por el P. José Alegre
2Mac 7,1-2.9-14; Sal 16; 2Te 2,16-3,5; Lc 20,27-38
Imagino que muchos de vosotros habéis tenido esta experiencia: después de un día laborioso, habéis tenido un sueño profundo por la noche, a la mañana os habéis despertado descansados, sintiendo vuestro cuerpo renovado, ágil, con ganas de vivir; abrís la ventana y encontráis un día radiante, y os nace el deseo de abrazar el mundo, empezando, de este modo, una nueva y feliz jornada.
Esto me ha sugerido el salmo que acabamos de cantar: «Cuando me despierte te contemplaré y me saciaré de tu semblante». Hay que despertar, hay que despertar desde la profundidad…
Y ahora me podríais responder: ya estamos despiertos… Pero el salmo nos habla de otro despertar más profundo.
Este salmo 16 nos habla de una amistad gustada, experimentada, con Dios, que llena el corazón de alegría. El que canta el salmo se presenta ante Dios con un espíritu tranquilo, sereno, lleno de confianza, ante un Dios personal e íntimo. Hay como una especie de juego entre el «yo» del salmista (que podemos ser cada uno de nosotros) y el Tú de Dios que nos responde. El salmista que habla y suplica y Dios que se inclina y se abaja. Este Dios que se ha rebajado hasta llegar en su amor extremo hasta la Cruz, para hacer posible que nosotros aprendamos su lección de amor, de modo que lleguemos a despertar ese mismo amor en nosotros y podamos realmente saciarnos contemplando su semblante.
A este despertar llegaron los siete hermanos macabeos de los que nos ha hablado la primera lectura. En ellos se despertó con fuerza y generosidad su amor, y dan su vida como testimonio de su fe. Dar la vida como testimonio de amor es el camino para vencer la muerte como Cristo, como tantos hombres y mujeres que a lo largo de los siglos así lo han vivido.
Pero esto nos pide estar abiertos a la Palabra de Dios, como dice san Pablo en la carta a los cristianos de Tesalónica; que esta Palabra sea en tu interior «algo vivo, enérgico, tajante como una espada, que penetra hasta la unión del alma y espíritu… que juzga tus sentimientos y pensamientos», es decir que toda tu vida esté desnuda, abierta al agua viva de la Palabra. Como enseña la carta a los Hebreos (cfr 3,12).
El evangelio no puede quedarse en los sentidos externos. Ahora, escuchamos, y dentro de unas horas todo pasa al olvido. Es necesario escuchar con los sentidos interiores, los espirituales, pues tenemos dos clases de sentidos como enseña san Gregorio de Nisa: corporales y espirituales.
Una enseñanza que completa Orígenes cuando escribe: Cristo es el objeto de cada sentido del alma. Cristo es verdadera luz para iluminar los ojos del alma; Palabra para ser escuchada; pan de vida para ser gustado; aceite de nardo para que el alma se deleite con el aroma del Verbo de Dios. Un Verbo hecho carne para que podamos captar su Palabra de vida. No vamos a Cristo por el movimiento del cuerpo, sino por el afecto del corazón
Y este Verbo de Dios ha supeditado su vida al amor, y por esto vence la muerte y nos abre a nosotros el sendero de la resurrección, puerta abierta a una vida permanente, eterna.
Nos cuesta creer, porque el amor no está profundamente arraigado en nuestro corazón. No hemos aprendido la enseñanza de Cristo.
Estamos acostumbrados a decir que debiera haber amor, con lo que se da a entender que no lo hay. Sabemos que es una obligación de amar, que los hombres tenemos el mandamiento de amarnos, pero no lo hacemos. De aquí deducimos que el mundo está tan mal porque hay en él muy poco amor y culpamos a otros de esta falta de amor.
Estamos creados y estructurados para vivir el amor; nuestra vida está estructurada para vivir más allá del tiempo, en la eternidad, a la que nos abre la Resurrección, pero ésta se nos concede cuando vivimos la vida dominados por el amor, porque el amor vence la muerte. Y hoy cada día es más difícil de comprender esta relación de vida y amor.
Me comentaba hace unos días una señora, ya abuela: tengo 2 hijos y ya he ido a 5 bodas.
A esto se le suele llamar buscar un nuevo amor. Buscamos objetos de amor, como niños que quieren un juguete y pronto se cansan de él y piden otro. El amor se encuentra buscando el corazón del otro, pero la búsqueda comienza en tu corazón. Será necesario que el Evangelio no se te quede en los sentidos externos. Deja que penetre hasta los sentidos interiores.
Necesitamos despertar de nuestro sueño, un sueño cada vez más poblado de pesadillas.
«Cuando me despierte te contemplaré y me saciaré de tu semblante».
2Mac 7,1-2.9-14; Sal 16; 2Te 2,16-3,5; Lc 20,27-38
Imagino que muchos de vosotros habéis tenido esta experiencia: después de un día laborioso, habéis tenido un sueño profundo por la noche, a la mañana os habéis despertado descansados, sintiendo vuestro cuerpo renovado, ágil, con ganas de vivir; abrís la ventana y encontráis un día radiante, y os nace el deseo de abrazar el mundo, empezando, de este modo, una nueva y feliz jornada.
Esto me ha sugerido el salmo que acabamos de cantar: «Cuando me despierte te contemplaré y me saciaré de tu semblante». Hay que despertar, hay que despertar desde la profundidad…
Y ahora me podríais responder: ya estamos despiertos… Pero el salmo nos habla de otro despertar más profundo.
Este salmo 16 nos habla de una amistad gustada, experimentada, con Dios, que llena el corazón de alegría. El que canta el salmo se presenta ante Dios con un espíritu tranquilo, sereno, lleno de confianza, ante un Dios personal e íntimo. Hay como una especie de juego entre el «yo» del salmista (que podemos ser cada uno de nosotros) y el Tú de Dios que nos responde. El salmista que habla y suplica y Dios que se inclina y se abaja. Este Dios que se ha rebajado hasta llegar en su amor extremo hasta la Cruz, para hacer posible que nosotros aprendamos su lección de amor, de modo que lleguemos a despertar ese mismo amor en nosotros y podamos realmente saciarnos contemplando su semblante.
A este despertar llegaron los siete hermanos macabeos de los que nos ha hablado la primera lectura. En ellos se despertó con fuerza y generosidad su amor, y dan su vida como testimonio de su fe. Dar la vida como testimonio de amor es el camino para vencer la muerte como Cristo, como tantos hombres y mujeres que a lo largo de los siglos así lo han vivido.
Pero esto nos pide estar abiertos a la Palabra de Dios, como dice san Pablo en la carta a los cristianos de Tesalónica; que esta Palabra sea en tu interior «algo vivo, enérgico, tajante como una espada, que penetra hasta la unión del alma y espíritu… que juzga tus sentimientos y pensamientos», es decir que toda tu vida esté desnuda, abierta al agua viva de la Palabra. Como enseña la carta a los Hebreos (cfr 3,12).
El evangelio no puede quedarse en los sentidos externos. Ahora, escuchamos, y dentro de unas horas todo pasa al olvido. Es necesario escuchar con los sentidos interiores, los espirituales, pues tenemos dos clases de sentidos como enseña san Gregorio de Nisa: corporales y espirituales.
Una enseñanza que completa Orígenes cuando escribe: Cristo es el objeto de cada sentido del alma. Cristo es verdadera luz para iluminar los ojos del alma; Palabra para ser escuchada; pan de vida para ser gustado; aceite de nardo para que el alma se deleite con el aroma del Verbo de Dios. Un Verbo hecho carne para que podamos captar su Palabra de vida. No vamos a Cristo por el movimiento del cuerpo, sino por el afecto del corazón
Y este Verbo de Dios ha supeditado su vida al amor, y por esto vence la muerte y nos abre a nosotros el sendero de la resurrección, puerta abierta a una vida permanente, eterna.
Nos cuesta creer, porque el amor no está profundamente arraigado en nuestro corazón. No hemos aprendido la enseñanza de Cristo.
Estamos acostumbrados a decir que debiera haber amor, con lo que se da a entender que no lo hay. Sabemos que es una obligación de amar, que los hombres tenemos el mandamiento de amarnos, pero no lo hacemos. De aquí deducimos que el mundo está tan mal porque hay en él muy poco amor y culpamos a otros de esta falta de amor.
Estamos creados y estructurados para vivir el amor; nuestra vida está estructurada para vivir más allá del tiempo, en la eternidad, a la que nos abre la Resurrección, pero ésta se nos concede cuando vivimos la vida dominados por el amor, porque el amor vence la muerte. Y hoy cada día es más difícil de comprender esta relación de vida y amor.
Me comentaba hace unos días una señora, ya abuela: tengo 2 hijos y ya he ido a 5 bodas.
A esto se le suele llamar buscar un nuevo amor. Buscamos objetos de amor, como niños que quieren un juguete y pronto se cansan de él y piden otro. El amor se encuentra buscando el corazón del otro, pero la búsqueda comienza en tu corazón. Será necesario que el Evangelio no se te quede en los sentidos externos. Deja que penetre hasta los sentidos interiores.
Necesitamos despertar de nuestro sueño, un sueño cada vez más poblado de pesadillas.
«Cuando me despierte te contemplaré y me saciaré de tu semblante».
Suscribirse a:
Entradas (Atom)