Homilía predicada por el P. José Alegre
Am 8,4-7; Salmo 112; 1Tim 2,1-8; Lc 16,1-13
«Escuchad esta palabra». Así empieza el profeta Amós la primera lectura. Una llamada de atención a su pueblo que está de fiesta, pero que no tiene el corazón en la fiesta, pues están diciendo: «¿Cuándo pasará la fiesta, para abrir los graneros y poder ofrecer y vender los alimentos?»
¿Es que es un pueblo poco amante de la fiesta y lo es más del comercio, y de una vida de trabajo? No lo parece así. Observad lo que piensan: «Pasada la fiesta venderemos el grano con unas medidas más pequeñas y cobraremos más de lo establecido. Haremos trampas con las balanzas, venderemos el grano con desperdicios, compraremos con un par de sandalias el pobre».
En tiempo de fiesta están maquinando estas injusticias. Con premeditación y alevosía.
Ya veis, en tiempos de Amós no había ni defensa del consumidor, ni fecha de caducidad en los alimentos, ni defensor del pueblo o sindicatos auténticos que defendieran al pobre.
El único defensor será Dios. Que les dice por medio del profeta Amós: «lo juro por la gloria de Jacob que no olvidaré jamás todo esto».
Y no lo olvida, ciertamente, pues ésta será la gran y permanente advertencia de todos los profetas: una llamada al pueblo, sobre todos a los dirigentes para que practiquen la justicia. Un subrayar permanente la injusticia de los responsables del pueblo. Pero esta es una predicación que no tiene, que nunca ha tenido, buena prensa. Así les fue a los profetas: son perseguidos, y muchos de ellos muertos.
Pero, verdaderamente, Dios no olvida la injusticia, y se hará presente en medio de su pueblo, a través de Jesucristo, el Justo. Viene, no a quitar la ley sino a llevarla a la perfección, y nos muestra la verdadera sabiduría de la vida, todavía no aprendida del todo, incluso por el pueblo creyente, pues ya oísteis el evangelio de hoy, la severa advertencia de Jesucristo: «Nadie puede servir a dos amos, si ama a uno, no amará al otro, si está atento a uno no lo estará con el otro. No podéis ser servidores de Dios y del dinero».
Oyendo esta enseñanza de Jesús, dice el evangelio a continuación que los fariseos, que son amigos del dinero se burlaban de él. Pero Jesús les contesta: vosotros os dais de intachables ante la gente, pero Dios os conoce por dentro y ese encumbrase entre los hombres repugna a Dios.
Hablará Jesús en esta línea del «dinero injusto», o de las «riquezas injustas». Parece que no conoce un «dinero limpio». La riqueza de aquellos poderosos es injusta porque ha sido amasada de manera injusta y porque la disfrutan sin compartirla con los pobres y hambrientos. Lucas ha conservado estas palabras de Jesús: «Yo os digo: ganaos amigos con el dinero injusto para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas».
Mediante las cuales viene a decir a los ricos: «Emplead vuestra riqueza injusta en ayudar a los pobres; ganaos su amistad compartiendo con ellos vuestros bienes; ellos serán vuestros amigos y, cuando en la hora de la muerte el dinero no os sirva de nada, ellos os acogerán en la casa del Padre».
Que podría expresarse de otra manera: la mejor forma de «blanquear» el dinero injusto ante Dios es compartirlo con los pobres.
Pero esta enseñanza de Jesús es dura y difícil de aceptar en una sociedad donde sigue habiendo trampa en las balanzas, y todo el resto de corrupciones a que hacía alusión Amós. Es duro y difícil de aceptar en una sociedad donde, prácticamente, todos los días vienen noticias de la corrupción y de los vaivenes de una economía que pone en peligro la paz y la buena relación entre los pueblos.
Así que os recuerdo la invitación del apóstol Pablo en la segunda lectura: «elevad a Dios oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres, para que podamos llevar una vida tranquila y serena».
Escuchad la Palabra, ella encierra la sabiduría de Dios, acoged esta sabiduría, guardadla en el corazón, llevadla a la vida.
22 de septiembre de 2019
19 de mayo de 2019
DOMINGO V DEL TIEMPO PASCUAL (Año C)
Homilía predicada por el P. José Alegre
Hech 14,21-27; Salmo 144; Ap 21,1-5; Jn 13,35
Hace unas semanas conversando con una persona salió el tema del “amor”. Y apenas empezando preguntó: ¿y qué es el amor? Yo, iba a contestar, pero me quedé callado, y ambos quedamos en un breve silencio, para pasar a hablar de otros temas. Y me quedé callado, porque intuí el peligro de caer yo o él, o ambos, en las palabras rutinarias de siempre. Sucede que es peligroso hablar del amor, o arriesgado, porque todos somos conscientes de lo adulterada que está dicha palabra, y la infinidad de versiones que se viven del amor. Y hoy, más que nunca, es muy urgente que demos a las palabras el valor que tienen, y que las vivamos en lo que merecen de vivirse.
Hoy, en este domingo V de Pascua el evangelio nos sitúa en la Última Cena, es decir en el dintel de la Cruz, que es el momento de la verdadera expresión del amor. El amor hasta el extremo. El amor que vence a la muerte.
Nos irá bien recordar unas luminosas palabras del Papa Benedicto XVI en su encíclica “Deus caritas est”: «Dios es amor; el que está en el amor está en Dios y Dios está en él. Estas palabras expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana. “Hemos creído en el amor de Dios”, así expresa su vida cristiana, su fe, un cristiano. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida».
¿Hay este nuevo horizonte en nuestra vida? ¿Existe esta novedad profunda de vida que da esperanza de un cielo nuevo y una tierra nueva? Pues esto es lo que sugiere la segunda lectura cuando anuncia un bajar del cielo la ciudad santa, el cielo nuevo y la tierra nueva, el templo donde Dios se va encontrar con los hombres y que dará lugar vivamos conscientes de que Dios es nuestro Dios y nosotros somos su pueblo. Pero esto puede quedar en unas ideas que pudimos aprender en el catecismo, o en un estudio de teología. No podemos caer en esta ingenuidad. Así que volvamos a las palabras de Benet XVI: «La vida cristiana, de la fe de un cristiano se muestra en que ha creído en el amor.
»Pero el amor para un cristiano no puede ser una abstracción; el amor para un cristiano no puede diluirse en la multitud de amores que profesa o manifiesta nuestra sociedad. El amor para un cristiano tiene un rostro, es una persona muy concreta: Jesucristo. Solamente en Jesucristo podemos contemplar el verdadero amor, el amor de Dios». Y, ¿cuáles son las palabras de Jesucristo?
«Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado». Y lo repite: «Tal como yo os he amado, amaos también vosotros los unos a os otros».
Este es el TESTAMENTO DE JESÚS.
Así lo comprendieron y lo vivieron sus primeros discípulos, y así nos lo muestra el libro de los Hechos del que está tomada la primera lectura: sus discípulos se lanzan a abrir caminos nuevos, más humanos, más justos, más fraternos, animando a vivir esto en comunidades donde se subraye verdaderamente la igualdad y el apoyo mutuo.
Porque así los había amado Jesús: como AMIGOS. Y esto se lo recuerda en esta misma Ultima Cena. ¿Y qué hizo, o como vivió su amistad Jesús? No poniéndose por encima sino como hace un amigo con otro amigo: una relación de servicio y de colaboración. Así pasó Jesús entre nosotros, y sus discípulos llegan a descubrir esta verdadera amistad de Jesús, o este amor de Dios.
Seguramente me diréis que no es fácil vivir esta amistad. Y estoy de acuerdo. Pero Jesús no se quedó en las palabras, sino que es consecuente y da su vida. Una vida entregada por amor. Pero una vida entregada por amor vence a la muerte.
Pero tenemos otro punto importante en el gesto de amor de Jesús: que entrega su Espíritu, lo devuelve al Padre para que éste lo derrame en el corazón de todos nosotros, para que podamos vivir esta misma capacidad de amistad, en el servicio y en la colaboración con quienes convivimos.
Y solamente cuando nos situamos en ese sendero del servicio y la colaboración, de pasar haciendo el bien, es cuando damos lugar a que se despierte en nosotros la fuerza del Espíritu de Jesús. Y es cuando vivimos su mandamiento de amarnos mutuamente. Y hacemos posible que nos reconozcan como discípulos suyos.
Hech 14,21-27; Salmo 144; Ap 21,1-5; Jn 13,35
Hace unas semanas conversando con una persona salió el tema del “amor”. Y apenas empezando preguntó: ¿y qué es el amor? Yo, iba a contestar, pero me quedé callado, y ambos quedamos en un breve silencio, para pasar a hablar de otros temas. Y me quedé callado, porque intuí el peligro de caer yo o él, o ambos, en las palabras rutinarias de siempre. Sucede que es peligroso hablar del amor, o arriesgado, porque todos somos conscientes de lo adulterada que está dicha palabra, y la infinidad de versiones que se viven del amor. Y hoy, más que nunca, es muy urgente que demos a las palabras el valor que tienen, y que las vivamos en lo que merecen de vivirse.
Hoy, en este domingo V de Pascua el evangelio nos sitúa en la Última Cena, es decir en el dintel de la Cruz, que es el momento de la verdadera expresión del amor. El amor hasta el extremo. El amor que vence a la muerte.
Nos irá bien recordar unas luminosas palabras del Papa Benedicto XVI en su encíclica “Deus caritas est”: «Dios es amor; el que está en el amor está en Dios y Dios está en él. Estas palabras expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana. “Hemos creído en el amor de Dios”, así expresa su vida cristiana, su fe, un cristiano. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida».
¿Hay este nuevo horizonte en nuestra vida? ¿Existe esta novedad profunda de vida que da esperanza de un cielo nuevo y una tierra nueva? Pues esto es lo que sugiere la segunda lectura cuando anuncia un bajar del cielo la ciudad santa, el cielo nuevo y la tierra nueva, el templo donde Dios se va encontrar con los hombres y que dará lugar vivamos conscientes de que Dios es nuestro Dios y nosotros somos su pueblo. Pero esto puede quedar en unas ideas que pudimos aprender en el catecismo, o en un estudio de teología. No podemos caer en esta ingenuidad. Así que volvamos a las palabras de Benet XVI: «La vida cristiana, de la fe de un cristiano se muestra en que ha creído en el amor.
»Pero el amor para un cristiano no puede ser una abstracción; el amor para un cristiano no puede diluirse en la multitud de amores que profesa o manifiesta nuestra sociedad. El amor para un cristiano tiene un rostro, es una persona muy concreta: Jesucristo. Solamente en Jesucristo podemos contemplar el verdadero amor, el amor de Dios». Y, ¿cuáles son las palabras de Jesucristo?
«Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado». Y lo repite: «Tal como yo os he amado, amaos también vosotros los unos a os otros».
Este es el TESTAMENTO DE JESÚS.
Así lo comprendieron y lo vivieron sus primeros discípulos, y así nos lo muestra el libro de los Hechos del que está tomada la primera lectura: sus discípulos se lanzan a abrir caminos nuevos, más humanos, más justos, más fraternos, animando a vivir esto en comunidades donde se subraye verdaderamente la igualdad y el apoyo mutuo.
Porque así los había amado Jesús: como AMIGOS. Y esto se lo recuerda en esta misma Ultima Cena. ¿Y qué hizo, o como vivió su amistad Jesús? No poniéndose por encima sino como hace un amigo con otro amigo: una relación de servicio y de colaboración. Así pasó Jesús entre nosotros, y sus discípulos llegan a descubrir esta verdadera amistad de Jesús, o este amor de Dios.
Seguramente me diréis que no es fácil vivir esta amistad. Y estoy de acuerdo. Pero Jesús no se quedó en las palabras, sino que es consecuente y da su vida. Una vida entregada por amor. Pero una vida entregada por amor vence a la muerte.
Pero tenemos otro punto importante en el gesto de amor de Jesús: que entrega su Espíritu, lo devuelve al Padre para que éste lo derrame en el corazón de todos nosotros, para que podamos vivir esta misma capacidad de amistad, en el servicio y en la colaboración con quienes convivimos.
Y solamente cuando nos situamos en ese sendero del servicio y la colaboración, de pasar haciendo el bien, es cuando damos lugar a que se despierte en nosotros la fuerza del Espíritu de Jesús. Y es cuando vivimos su mandamiento de amarnos mutuamente. Y hacemos posible que nos reconozcan como discípulos suyos.
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