Homilía predicada por el P. José Alegre
Jer 31,7-9; Sal 125; Hebr 5,1-6; Mc 10,46-52
«Cuando el Señor renovó la vida nos parecía soñar, la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares».
El Salmo evoca la alegría por el cambio de la actitud de Dios hacia los desterrados en Babilonia. El salmo se distingue por la riqueza y delicadeza de las emociones, la finura y la belleza de las imágenes. Los judíos por debajo de esta obra exterior prodigiosa descubren otra obra espiritual mucho más prodigiosa: la conversión del corazón.
Alguien ha escrito que Jesucristo no trajo una nueva religión una nueva forma de vida para la humanidad. Por esto no es extraño que Él mismo se llame a sí mismo la Vida, cuando nos dice que es el Camino, la Verdad y la Vida. ¿Qué hacemos con esta Vida? ¿por dónde van nuestros caminos?
Dios al crearnos nos ha puesto en el cuerpo cinco ventanas preciosas para ir haciendo este camino de la vida. Los cinco sentidos, cinco preciosas ventanas con las nos comunicamos con la belleza de la obra divina. Pero sucede que nos acostumbramos a utilizar solamente estos cinco sentidos exteriores, y algunos de ellos todavía de manera defectuosa; pero no caemos en la cuenta, o lo olvidamos, que se corresponden con otros cinco sentidos interiores. Y si nos quedamos solo en los sentidos materiales, corremos el peligro de que nuestro amor a Dios sea excesivamente cerebral, que nuestra persona no esté totalmente unificada en Cristo. Viviremos en una especie de divorcio, la cabeza estará en el Señor, pero el corazón irá hacia otros objetos. Es frecuente en estos tiempos andar por el camino de la vida, con la persona troceada dividida por muchos y opuestos intereses que no permiten que la PAZ se asiente en nuestro interior.
En los mismos salmos vemos una muestra de estos sentido interiores que tenemos descuidados. Así: «Hasta cuando seguirás olvidándome, atiende y respóndeme, Dios mío, da luz a mis ojos» (Sal 12); «Ábreme los ojos y contemplaré
las maravillas de tu voluntad» (Sal 118,18).
El mismo san Bernardo en su Sermón 10 (De diversis) nos habla de estos sentidos interiores, que el camino de una vida renovada pasa por llevar el evangelio hacia nuestros sentidos interiores, allí donde se hace presente Dios y su obrar que es una obra de amor. Por ello dice el libro de los Proverbios: «Cuida tu corazón, porque de él brota la vida» (Prov 4,23).
Y dentro de nuestros sentidos es la VISTA la que tiene una relación más estrecha y profunda con el AMOR DIVINO. Es el más digno de los sentidos corporales.
Podemos contemplar un ejemplo concreto de esto con el evangelio de hoy: Pasa Jesús por el camino hacia Jericó, y al margen, en la cuneta, fuera del camino, está el ciego Bartimeo. También no deberíamos de preguntar si nosotros estamos en el camino con Jesús, o bien al margen. Bartimeo está al margen, no se nos dice de qué está ciego. Ya sabéis que se puede estar ciego por diversas causas: glaucoma, miopía, vista cansada, estrabismo, astigmatismo, presbicia, orzuelo.
Pero en su ceguera grita a Jesús. Y Jesús le escucha: «¿Qué quieres que haga por ti?» «Señor, que vea». Y Jesús le dice: «Marcha, tu fe te ha curado, te ha salvado». Y con su nueva vida, con su vista exterior e interior curada sigue a Jesús.
Y ahora te pregunto: ¿Cuál es la causa de tu ceguera?
Mira que en cada Eucaristía está pasando Jesús. Grítale, para que su Palabra sanadora llegue a tu corazón y no te quedes al borde del camino, pues así no se puede seguir a Jesús.
28 de octubre de 2018
16 de septiembre de 2018
DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO (Año B)
Homilía predicada por el P. José Alegre
Is 50,5-10; Sal 114,1-6.8-9; Sant 2,14-18; Mc 8,27-35
Jesús con sus discípulos… Habéis oído como iban por los pueblos de Cesarea anunciando la Buena Noticia. En el camino se le ocurre a Jesús hacer una encuesta: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Y como suele suceder en las encuestas, disparidad de opiniones: Unos que el Bautista, otros, Elías, otros, un profeta.
Pero ahora Jesús cambia el registro, cambia la pregunta de la encuesta, y va directo a ellos, que llevaban ya un tiempo con él, le escuchaban, veían como obraba, cómo actuaba con las muchedumbres, cómo estas reaccionaban, como reaccionaba Jesús. «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Pedro, impetuoso como siempre, responde el primero: «Tú, ¡el Mesías!»
Hasta aquí todo claro y normal, ¿no es así? Incluso Mateo recoge en su Evangelio, al relatar esta escena, que Jesús todavía añade aquellas palabras de alabanza a Pedro: “dichoso tú Simón, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso sino mi Padre del cielo” La escena no podía ser más bella y perfecta.
Pero viene la escena segunda: «empezó a instruirlos. El Hijo del hombre tiene que Padecer mucho, ser condenado por los sacerdotes y letrados, los representantes de la institución religiosa, ser ejecutado y resucitar al tercer día». Lo explicaba con toda claridad.
Lo de resucitar era algo que ni siquiera entendían lo más mínimo, y además no se atrevían a preguntarle sobre el tema; pero lo de ser ejecutado y condenado a muerte, era algo que les sonaba muy fuerte e inadmisible. Pero ¡si habían sido testigos de tantos milagros!
Así que Pedro volvió a tomar la palabra se lo llevó aparte y se puso a hacerle reflexionar. Pero la respuesta de Jesús a Pedro es muy dura: «¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios». Para preguntarnos: pero ¿cómo los discípulos de Jesús lo contemplaban cuando le veían enseñar y obrar con las muchedumbres? No había percibido nada de su divinidad. A lo sumo ¿un gran profeta?
Jesús continuará completando su enseñanza que subrayará después con su vida: el camino de Jesús es el servicio de dar la vida, quien la quiere salvar o guardar la pierde se le desvanece como la niebla con la fuerza del sol. La vida que se gana, se enriquece, pero se gana y se hace grande en el servicio, un servicio no según la norma, sino según la generosidad del corazón.
No es fácil el testimonio de Jesús. Seguir a Jesucristo no es obligatorio, es una decisión libre de cada uno. Pero Jesucristo se ha tomado en serio, muy en serio al hombre y a la humanidad. Y nosotros, cristianos y monjes sintiendo tocado nuestro corazón por el amor de Cristo le hemos dicho: ¡SÍ! Nos hemos consagrado a él por el bautismo y por otros sacramentos: el matrimonio cristiano, o la consagración religiosa, y esto supone tomarse en serio aquella expresión que san Benito repite más de una vez en su Regla: «no anteponer nada a Cristo».
Y no anteponer nada a Cristo viene a ser vivir aquella expresión tan fuerte de san Pablo: «El amor del Mesías no nos deja escapatoria» (2Cor 5,14). Cristo no nos deja escapatoria. Esto viene a ser como cuando entre dos jóvenes viven un primer amor, un amor serio, y un día se rompe y deja sobre todo en uno de ello una huella que recordará siempre. Así nos puede pasar a nosotros con Cristo: que hayamos gustado, vivido su amor, y este amor se ha resfriado o pero todavía: roto.
El amor de Cristo no nos deja escapatoria. Pero contemplar y considerar toda la persona de Cristo, nos debe llevar a contemplar y considerar la cruz, sin la cual no tenemos paso a la resurrección. Y sin resurrección nuestra fe no tiene sentido.
Cristo es la obra que hace verdad nuestra fe. Santiago en su lectura nos dice que la fe sin las obras no nos puede salvar, pero esas obras son Cristo: sus enseñanzas, su vida, su pasar con una gran humanidad entre las gentes…. O sea que necesitamos mirar a nuestra vida, si nuestra vida confiesa a Jesús como el Mesías, si en nuestro camino aceptamos también servir con generosidad nuestra vida, que en muchas ocasiones será cruz. Pero la cruz siempre es el dintel de la Resurrección.
Y atención: los apóstoles llevaban ya un tiempo con Jesús y no habían captado el mensaje de su vida.
Nosotros monjes que hemos hecho una profesión y solemne de seguir a la persona de Cristo. ¿Sentimos que no nos deja escapatoria? ¿Qué no queremos suavizar las palabras de Cristo como Pedro? O como cristianos: ¿la persona de Cristo nos domina la vida?
Que se cumplan en todos vosotros las palabras de Isaías: «El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado, ni me he echado atrás».
Is 50,5-10; Sal 114,1-6.8-9; Sant 2,14-18; Mc 8,27-35
Jesús con sus discípulos… Habéis oído como iban por los pueblos de Cesarea anunciando la Buena Noticia. En el camino se le ocurre a Jesús hacer una encuesta: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Y como suele suceder en las encuestas, disparidad de opiniones: Unos que el Bautista, otros, Elías, otros, un profeta.
Pero ahora Jesús cambia el registro, cambia la pregunta de la encuesta, y va directo a ellos, que llevaban ya un tiempo con él, le escuchaban, veían como obraba, cómo actuaba con las muchedumbres, cómo estas reaccionaban, como reaccionaba Jesús. «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Pedro, impetuoso como siempre, responde el primero: «Tú, ¡el Mesías!»
Hasta aquí todo claro y normal, ¿no es así? Incluso Mateo recoge en su Evangelio, al relatar esta escena, que Jesús todavía añade aquellas palabras de alabanza a Pedro: “dichoso tú Simón, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso sino mi Padre del cielo” La escena no podía ser más bella y perfecta.
Pero viene la escena segunda: «empezó a instruirlos. El Hijo del hombre tiene que Padecer mucho, ser condenado por los sacerdotes y letrados, los representantes de la institución religiosa, ser ejecutado y resucitar al tercer día». Lo explicaba con toda claridad.
Lo de resucitar era algo que ni siquiera entendían lo más mínimo, y además no se atrevían a preguntarle sobre el tema; pero lo de ser ejecutado y condenado a muerte, era algo que les sonaba muy fuerte e inadmisible. Pero ¡si habían sido testigos de tantos milagros!
Así que Pedro volvió a tomar la palabra se lo llevó aparte y se puso a hacerle reflexionar. Pero la respuesta de Jesús a Pedro es muy dura: «¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios». Para preguntarnos: pero ¿cómo los discípulos de Jesús lo contemplaban cuando le veían enseñar y obrar con las muchedumbres? No había percibido nada de su divinidad. A lo sumo ¿un gran profeta?
Jesús continuará completando su enseñanza que subrayará después con su vida: el camino de Jesús es el servicio de dar la vida, quien la quiere salvar o guardar la pierde se le desvanece como la niebla con la fuerza del sol. La vida que se gana, se enriquece, pero se gana y se hace grande en el servicio, un servicio no según la norma, sino según la generosidad del corazón.
No es fácil el testimonio de Jesús. Seguir a Jesucristo no es obligatorio, es una decisión libre de cada uno. Pero Jesucristo se ha tomado en serio, muy en serio al hombre y a la humanidad. Y nosotros, cristianos y monjes sintiendo tocado nuestro corazón por el amor de Cristo le hemos dicho: ¡SÍ! Nos hemos consagrado a él por el bautismo y por otros sacramentos: el matrimonio cristiano, o la consagración religiosa, y esto supone tomarse en serio aquella expresión que san Benito repite más de una vez en su Regla: «no anteponer nada a Cristo».
Y no anteponer nada a Cristo viene a ser vivir aquella expresión tan fuerte de san Pablo: «El amor del Mesías no nos deja escapatoria» (2Cor 5,14). Cristo no nos deja escapatoria. Esto viene a ser como cuando entre dos jóvenes viven un primer amor, un amor serio, y un día se rompe y deja sobre todo en uno de ello una huella que recordará siempre. Así nos puede pasar a nosotros con Cristo: que hayamos gustado, vivido su amor, y este amor se ha resfriado o pero todavía: roto.
El amor de Cristo no nos deja escapatoria. Pero contemplar y considerar toda la persona de Cristo, nos debe llevar a contemplar y considerar la cruz, sin la cual no tenemos paso a la resurrección. Y sin resurrección nuestra fe no tiene sentido.
Cristo es la obra que hace verdad nuestra fe. Santiago en su lectura nos dice que la fe sin las obras no nos puede salvar, pero esas obras son Cristo: sus enseñanzas, su vida, su pasar con una gran humanidad entre las gentes…. O sea que necesitamos mirar a nuestra vida, si nuestra vida confiesa a Jesús como el Mesías, si en nuestro camino aceptamos también servir con generosidad nuestra vida, que en muchas ocasiones será cruz. Pero la cruz siempre es el dintel de la Resurrección.
Y atención: los apóstoles llevaban ya un tiempo con Jesús y no habían captado el mensaje de su vida.
Nosotros monjes que hemos hecho una profesión y solemne de seguir a la persona de Cristo. ¿Sentimos que no nos deja escapatoria? ¿Qué no queremos suavizar las palabras de Cristo como Pedro? O como cristianos: ¿la persona de Cristo nos domina la vida?
Que se cumplan en todos vosotros las palabras de Isaías: «El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado, ni me he echado atrás».
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