Homilía predicada por el P. José Alegre
Is 50,5-10; Sal 114,1-6.8-9; Sant 2,14-18; Mc 8,27-35
Jesús con sus discípulos… Habéis oído como iban por los pueblos de Cesarea anunciando la Buena Noticia. En el camino se le ocurre a Jesús hacer una encuesta: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Y como suele suceder en las encuestas, disparidad de opiniones: Unos que el Bautista, otros, Elías, otros, un profeta.
Pero ahora Jesús cambia el registro, cambia la pregunta de la encuesta, y va directo a ellos, que llevaban ya un tiempo con él, le escuchaban, veían como obraba, cómo actuaba con las muchedumbres, cómo estas reaccionaban, como reaccionaba Jesús. «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» Pedro, impetuoso como siempre, responde el primero: «Tú, ¡el Mesías!»
Hasta aquí todo claro y normal, ¿no es así? Incluso Mateo recoge en su Evangelio, al relatar esta escena, que Jesús todavía añade aquellas palabras de alabanza a Pedro: “dichoso tú Simón, porque esto no te lo ha revelado nadie de carne y hueso sino mi Padre del cielo” La escena no podía ser más bella y perfecta.
Pero viene la escena segunda: «empezó a instruirlos. El Hijo del hombre tiene que Padecer mucho, ser condenado por los sacerdotes y letrados, los representantes de la institución religiosa, ser ejecutado y resucitar al tercer día». Lo explicaba con toda claridad.
Lo de resucitar era algo que ni siquiera entendían lo más mínimo, y además no se atrevían a preguntarle sobre el tema; pero lo de ser ejecutado y condenado a muerte, era algo que les sonaba muy fuerte e inadmisible. Pero ¡si habían sido testigos de tantos milagros!
Así que Pedro volvió a tomar la palabra se lo llevó aparte y se puso a hacerle reflexionar. Pero la respuesta de Jesús a Pedro es muy dura: «¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios». Para preguntarnos: pero ¿cómo los discípulos de Jesús lo contemplaban cuando le veían enseñar y obrar con las muchedumbres? No había percibido nada de su divinidad. A lo sumo ¿un gran profeta?
Jesús continuará completando su enseñanza que subrayará después con su vida: el camino de Jesús es el servicio de dar la vida, quien la quiere salvar o guardar la pierde se le desvanece como la niebla con la fuerza del sol. La vida que se gana, se enriquece, pero se gana y se hace grande en el servicio, un servicio no según la norma, sino según la generosidad del corazón.
No es fácil el testimonio de Jesús. Seguir a Jesucristo no es obligatorio, es una decisión libre de cada uno. Pero Jesucristo se ha tomado en serio, muy en serio al hombre y a la humanidad. Y nosotros, cristianos y monjes sintiendo tocado nuestro corazón por el amor de Cristo le hemos dicho: ¡SÍ! Nos hemos consagrado a él por el bautismo y por otros sacramentos: el matrimonio cristiano, o la consagración religiosa, y esto supone tomarse en serio aquella expresión que san Benito repite más de una vez en su Regla: «no anteponer nada a Cristo».
Y no anteponer nada a Cristo viene a ser vivir aquella expresión tan fuerte de san Pablo: «El amor del Mesías no nos deja escapatoria» (2Cor 5,14). Cristo no nos deja escapatoria. Esto viene a ser como cuando entre dos jóvenes viven un primer amor, un amor serio, y un día se rompe y deja sobre todo en uno de ello una huella que recordará siempre. Así nos puede pasar a nosotros con Cristo: que hayamos gustado, vivido su amor, y este amor se ha resfriado o pero todavía: roto.
El amor de Cristo no nos deja escapatoria. Pero contemplar y considerar toda la persona de Cristo, nos debe llevar a contemplar y considerar la cruz, sin la cual no tenemos paso a la resurrección. Y sin resurrección nuestra fe no tiene sentido.
Cristo es la obra que hace verdad nuestra fe. Santiago en su lectura nos dice que la fe sin las obras no nos puede salvar, pero esas obras son Cristo: sus enseñanzas, su vida, su pasar con una gran humanidad entre las gentes…. O sea que necesitamos mirar a nuestra vida, si nuestra vida confiesa a Jesús como el Mesías, si en nuestro camino aceptamos también servir con generosidad nuestra vida, que en muchas ocasiones será cruz. Pero la cruz siempre es el dintel de la Resurrección.
Y atención: los apóstoles llevaban ya un tiempo con Jesús y no habían captado el mensaje de su vida.
Nosotros monjes que hemos hecho una profesión y solemne de seguir a la persona de Cristo. ¿Sentimos que no nos deja escapatoria? ¿Qué no queremos suavizar las palabras de Cristo como Pedro? O como cristianos: ¿la persona de Cristo nos domina la vida?
Que se cumplan en todos vosotros las palabras de Isaías: «El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado, ni me he echado atrás».
16 de septiembre de 2018
12 de agosto de 2018
DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO (Año B)
Homilía predicada por el P. José Alegre
1Re 19,4-8; Sal 33; Ef 4,30-5,2; Jn 6,41-51
La vida espiritual no puede fingirse, requiere una disciplina. Hay que aprenderla e interiorizarla. No es un conjunto de ejercicios cotidianos sino un modo de vida, una actitud mental, una orientación del alma. Y se alcanza recibiendo una instrucción que viene del mismo Dios como nos sugiere el evangelio: «serán todos instruidos por Dios». Los que reciben la enseñanza del Padre van a Cristo.
Se trata de escuchar esta enseñanza, escuchar esta voz de Dios en nuestro corazón y dejarnos llevar por él hacia Jesucristo. Dejarnos enseñar por este Padre Creador de Vida y Amigo del ser humano.
Ya lo anunció el profeta Jeremías: «Yo pondré mi Ley dentro de vosotros y la escribiré en vuestro corazón».
Y Cristo alimenta nuestra vida con el pan que da la vida, el pan que ha bajado del cielo para que nadie muera sino que tenga la vida eterna…
San Benito creía que esta instrucción no era algo áspero o penoso y que no era un proceso privado, sino que hay que llevarla a cabo en comunidad y ser vivida con paciencia. Por esto establece una Escuela del Servicio divino. El objetivo: escuchar la enseñanza de Dios, despertar la vida espiritual, corregir vicios, conservar la caridad, ensanchar el corazón y vivir con la inefable dulzura del amor…
Esta es, como sabéis, la vida monástica. Pero la vida monástica no tiene el servicio exclusivo de la vida espiritual: «Serán todos instruidos por Dios». Y los que reciben la enseñanza del Padre van a Cristo.
Por esto, el universo, la creación, viene a ser también una Escuela del Servicio divino, pues como escribe san Pablo a los cristianos de Roma: «Lo que se puede conocer de Dios lo tienen a la vista, ya que Dios se les ha manifestado. Aunque conocieron a Dios no le dieron gloria ni gracias, sino que se extraviaron con sus razonamientos y su mente ignorante quedó a oscuras».
La vida monástica nace para ser unos buenos discípulos en esta Escuela del Servicio divino y transmitir las enseñanzas de Dios; y ser testimonio de la vida en Cristo.
Así que Dios, Amigo de los hombres, es quien primero establece esta Escuela. Y por si acaso nos despistamos es esa primera Escuela suscita la creación de esta Escuela filial que es la vida monástica.
Ahora bien, en esta Escuela puede suceder varias cosas: que no acudamos y nos quedemos jugando fuera yendo a la nuestra. “Hacemos novillos”. O si permanecemos dentro podemos estar distraídos, no hacer los deberes…
«Dejarse instruir por Dios». ¿Cómo lo haces tú? Toda instrucción nos llega por la Palabra. ¿Qué espacio tiene la Palabra de Dios en tu vida?
La enseñanza nos llega a todos por la Palabra, pero en la Escuela estamos todo un grupo numeroso de alumnos y todos recibimos la misma enseñanza. El eco de esta Palabra en el corazón de cada uno de nosotros es diferente, y positiva para todos.
Cabe el peligro de manipular la Palabra, más que dejar que ella nos trabaje y moldee según su voluntad. O no permitir que esta enseñanza de Dios, que su Palabra baje al corazón, y lo mueva para colaborar con la sabiduría de esta Palabra que nos enseña. Una Palabra que nos enseña y nos alimenta dándonos vida, vida nueva
Yo soy el pan que da la vida. Este pan baja del cielo para que ninguno muera, sino que viva para siempre. Este pan da vida al mundo.
El pan transforma nuestra vida. Pero es preciso saborearlo bien. Bajarlo al corazón para que su energía nos renueve y recree una vigorosa fuerza de vida. El pan de Cristo no produce automáticamente el cambio o el progreso de nuestra vida. Hay que masticarlo bien. ¿En qué consiste esta masticación del pan que nos da Cristo? San Pablo en la segunda lectura nos sugiere los ejercicios a llevar a cabo:
«No entristezcáis al Espíritu» que habéis recibido al empezar a ser discípulos de esta escuela. Lo ponemos triste cuando nos olvidamos que somos discípulos de esta escuela, llamados a corregir nuestras deficiencias, e ir aprendiendo los caminos de la vida del Espíritu.
«Lejos de vosotros todo malhumor, mal genio, gritos, injurias, cualquier tipo de maldad». ¿Y quién puede decir que estás palabras están ausentes de su vida? Y continua: «sed bondadosos, compasivos, perdonad». ¿Y quién no necesita poner un poco más de bondad, de compasión, de perdón en su vida? Ya veis que palabras, ejercicios sencillos para realizar en nuestra vida.
¡Qué grande es Dios! Que, como Amigo bueno, nos invita a esta Escuela donde la primera lección es del Padre, la segunda del Hijo, Jesucristo, y la tercera, del Espíritu, ya metido en nuestro corazón, para ayudarnos a realizar esos sencillos ejercicios.
1Re 19,4-8; Sal 33; Ef 4,30-5,2; Jn 6,41-51
La vida espiritual no puede fingirse, requiere una disciplina. Hay que aprenderla e interiorizarla. No es un conjunto de ejercicios cotidianos sino un modo de vida, una actitud mental, una orientación del alma. Y se alcanza recibiendo una instrucción que viene del mismo Dios como nos sugiere el evangelio: «serán todos instruidos por Dios». Los que reciben la enseñanza del Padre van a Cristo.
Se trata de escuchar esta enseñanza, escuchar esta voz de Dios en nuestro corazón y dejarnos llevar por él hacia Jesucristo. Dejarnos enseñar por este Padre Creador de Vida y Amigo del ser humano.
Ya lo anunció el profeta Jeremías: «Yo pondré mi Ley dentro de vosotros y la escribiré en vuestro corazón».
Y Cristo alimenta nuestra vida con el pan que da la vida, el pan que ha bajado del cielo para que nadie muera sino que tenga la vida eterna…
San Benito creía que esta instrucción no era algo áspero o penoso y que no era un proceso privado, sino que hay que llevarla a cabo en comunidad y ser vivida con paciencia. Por esto establece una Escuela del Servicio divino. El objetivo: escuchar la enseñanza de Dios, despertar la vida espiritual, corregir vicios, conservar la caridad, ensanchar el corazón y vivir con la inefable dulzura del amor…
Esta es, como sabéis, la vida monástica. Pero la vida monástica no tiene el servicio exclusivo de la vida espiritual: «Serán todos instruidos por Dios». Y los que reciben la enseñanza del Padre van a Cristo.
Por esto, el universo, la creación, viene a ser también una Escuela del Servicio divino, pues como escribe san Pablo a los cristianos de Roma: «Lo que se puede conocer de Dios lo tienen a la vista, ya que Dios se les ha manifestado. Aunque conocieron a Dios no le dieron gloria ni gracias, sino que se extraviaron con sus razonamientos y su mente ignorante quedó a oscuras».
La vida monástica nace para ser unos buenos discípulos en esta Escuela del Servicio divino y transmitir las enseñanzas de Dios; y ser testimonio de la vida en Cristo.
Así que Dios, Amigo de los hombres, es quien primero establece esta Escuela. Y por si acaso nos despistamos es esa primera Escuela suscita la creación de esta Escuela filial que es la vida monástica.
Ahora bien, en esta Escuela puede suceder varias cosas: que no acudamos y nos quedemos jugando fuera yendo a la nuestra. “Hacemos novillos”. O si permanecemos dentro podemos estar distraídos, no hacer los deberes…
«Dejarse instruir por Dios». ¿Cómo lo haces tú? Toda instrucción nos llega por la Palabra. ¿Qué espacio tiene la Palabra de Dios en tu vida?
La enseñanza nos llega a todos por la Palabra, pero en la Escuela estamos todo un grupo numeroso de alumnos y todos recibimos la misma enseñanza. El eco de esta Palabra en el corazón de cada uno de nosotros es diferente, y positiva para todos.
Cabe el peligro de manipular la Palabra, más que dejar que ella nos trabaje y moldee según su voluntad. O no permitir que esta enseñanza de Dios, que su Palabra baje al corazón, y lo mueva para colaborar con la sabiduría de esta Palabra que nos enseña. Una Palabra que nos enseña y nos alimenta dándonos vida, vida nueva
Yo soy el pan que da la vida. Este pan baja del cielo para que ninguno muera, sino que viva para siempre. Este pan da vida al mundo.
El pan transforma nuestra vida. Pero es preciso saborearlo bien. Bajarlo al corazón para que su energía nos renueve y recree una vigorosa fuerza de vida. El pan de Cristo no produce automáticamente el cambio o el progreso de nuestra vida. Hay que masticarlo bien. ¿En qué consiste esta masticación del pan que nos da Cristo? San Pablo en la segunda lectura nos sugiere los ejercicios a llevar a cabo:
«No entristezcáis al Espíritu» que habéis recibido al empezar a ser discípulos de esta escuela. Lo ponemos triste cuando nos olvidamos que somos discípulos de esta escuela, llamados a corregir nuestras deficiencias, e ir aprendiendo los caminos de la vida del Espíritu.
«Lejos de vosotros todo malhumor, mal genio, gritos, injurias, cualquier tipo de maldad». ¿Y quién puede decir que estás palabras están ausentes de su vida? Y continua: «sed bondadosos, compasivos, perdonad». ¿Y quién no necesita poner un poco más de bondad, de compasión, de perdón en su vida? Ya veis que palabras, ejercicios sencillos para realizar en nuestra vida.
¡Qué grande es Dios! Que, como Amigo bueno, nos invita a esta Escuela donde la primera lección es del Padre, la segunda del Hijo, Jesucristo, y la tercera, del Espíritu, ya metido en nuestro corazón, para ayudarnos a realizar esos sencillos ejercicios.
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