Homilía predicada por el P. José Alegre
1Re 19,4-8; Sal 33; Ef 4,30-5,2; Jn 6,41-51
La vida espiritual no puede fingirse, requiere una disciplina. Hay que aprenderla e interiorizarla. No es un conjunto de ejercicios cotidianos sino un modo de vida, una actitud mental, una orientación del alma. Y se alcanza recibiendo una instrucción que viene del mismo Dios como nos sugiere el evangelio: «serán todos instruidos por Dios». Los que reciben la enseñanza del Padre van a Cristo.
Se trata de escuchar esta enseñanza, escuchar esta voz de Dios en nuestro corazón y dejarnos llevar por él hacia Jesucristo. Dejarnos enseñar por este Padre Creador de Vida y Amigo del ser humano.
Ya lo anunció el profeta Jeremías: «Yo pondré mi Ley dentro de vosotros y la escribiré en vuestro corazón».
Y Cristo alimenta nuestra vida con el pan que da la vida, el pan que ha bajado del cielo para que nadie muera sino que tenga la vida eterna…
San Benito creía que esta instrucción no era algo áspero o penoso y que no era un proceso privado, sino que hay que llevarla a cabo en comunidad y ser vivida con paciencia. Por esto establece una Escuela del Servicio divino. El objetivo: escuchar la enseñanza de Dios, despertar la vida espiritual, corregir vicios, conservar la caridad, ensanchar el corazón y vivir con la inefable dulzura del amor…
Esta es, como sabéis, la vida monástica. Pero la vida monástica no tiene el servicio exclusivo de la vida espiritual: «Serán todos instruidos por Dios». Y los que reciben la enseñanza del Padre van a Cristo.
Por esto, el universo, la creación, viene a ser también una Escuela del Servicio divino, pues como escribe san Pablo a los cristianos de Roma: «Lo que se puede conocer de Dios lo tienen a la vista, ya que Dios se les ha manifestado. Aunque conocieron a Dios no le dieron gloria ni gracias, sino que se extraviaron con sus razonamientos y su mente ignorante quedó a oscuras».
La vida monástica nace para ser unos buenos discípulos en esta Escuela del Servicio divino y transmitir las enseñanzas de Dios; y ser testimonio de la vida en Cristo.
Así que Dios, Amigo de los hombres, es quien primero establece esta Escuela. Y por si acaso nos despistamos es esa primera Escuela suscita la creación de esta Escuela filial que es la vida monástica.
Ahora bien, en esta Escuela puede suceder varias cosas: que no acudamos y nos quedemos jugando fuera yendo a la nuestra. “Hacemos novillos”. O si permanecemos dentro podemos estar distraídos, no hacer los deberes…
«Dejarse instruir por Dios». ¿Cómo lo haces tú? Toda instrucción nos llega por la Palabra. ¿Qué espacio tiene la Palabra de Dios en tu vida?
La enseñanza nos llega a todos por la Palabra, pero en la Escuela estamos todo un grupo numeroso de alumnos y todos recibimos la misma enseñanza. El eco de esta Palabra en el corazón de cada uno de nosotros es diferente, y positiva para todos.
Cabe el peligro de manipular la Palabra, más que dejar que ella nos trabaje y moldee según su voluntad. O no permitir que esta enseñanza de Dios, que su Palabra baje al corazón, y lo mueva para colaborar con la sabiduría de esta Palabra que nos enseña. Una Palabra que nos enseña y nos alimenta dándonos vida, vida nueva
Yo soy el pan que da la vida. Este pan baja del cielo para que ninguno muera, sino que viva para siempre. Este pan da vida al mundo.
El pan transforma nuestra vida. Pero es preciso saborearlo bien. Bajarlo al corazón para que su energía nos renueve y recree una vigorosa fuerza de vida. El pan de Cristo no produce automáticamente el cambio o el progreso de nuestra vida. Hay que masticarlo bien. ¿En qué consiste esta masticación del pan que nos da Cristo? San Pablo en la segunda lectura nos sugiere los ejercicios a llevar a cabo:
«No entristezcáis al Espíritu» que habéis recibido al empezar a ser discípulos de esta escuela. Lo ponemos triste cuando nos olvidamos que somos discípulos de esta escuela, llamados a corregir nuestras deficiencias, e ir aprendiendo los caminos de la vida del Espíritu.
«Lejos de vosotros todo malhumor, mal genio, gritos, injurias, cualquier tipo de maldad». ¿Y quién puede decir que estás palabras están ausentes de su vida? Y continua: «sed bondadosos, compasivos, perdonad». ¿Y quién no necesita poner un poco más de bondad, de compasión, de perdón en su vida? Ya veis que palabras, ejercicios sencillos para realizar en nuestra vida.
¡Qué grande es Dios! Que, como Amigo bueno, nos invita a esta Escuela donde la primera lección es del Padre, la segunda del Hijo, Jesucristo, y la tercera, del Espíritu, ya metido en nuestro corazón, para ayudarnos a realizar esos sencillos ejercicios.
12 de agosto de 2018
6 de mayo de 2018
DOMINGO VI DE PASCUA (Año B)
Homilía predicada por el P. José Alegre
Hech 10, 25-26.34-35.44-48; Sal 97; 1Jn 4,7-10; Jn 15,9-17
El canto peculiar del tiempo de Pascua es el ALELUYA. Lo decimos y lo cantamos numerosas veces, tanto en la plegaria personal como, sobre todo, en la liturgia, cuando oramos comunitariamente.
Expresa la alegría de Dios que nace en el corazón humano. Y la alegría es el sentimiento principal de la Pascua, pues nace de sabernos amados por Dios, de estar en sus manos y en su corazón, de sabernos vencedores de la muerte, pues Dios se ha revestido de nuestra debilidad humana para vencer la muerte con la fuerza del amor y darnos a quiénes estamos unidos a él la esperanza de vencer a la muerte. «El amor es más fuerte que la muerte».
Esta alegría, la manifiesta Jesús en el evangelio cuando los discípulos vienen de anunciarlo, y le cuentan los signos y prodigios que han hecho. «Jesús, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclama: “te doy gracias Padre porque has revelado estas cosas a los pequeños”» (Lc 10,21-22).
Hoy en el evangelio Jesús nos dice: «Os he dicho todo esto para que mi alegría sea también la vuestra y vuestra alegría sea completa».
¿Y qué nos ha dicho Jesús?
Primero, nos ha dicho, nos dice, un largo silencio de 30 años, en Nazaret.
Después, un pasar entre nosotros durante tres años, con un corazón profundamente humano haciendo el bien. Y diciéndonos en nuestro lenguaje humano: «que el amor viene Dios, que él es amor, que lleva la iniciativa del amor con nosotros, que nos ama primero».
Que esto, nos lo ha querido decir Dios en nuestro lenguaje humano, enviándonos a su Hijo Jesús como hermano nuestro. Que se nos revela como amigo. «No os digo siervos sino amigos». Un Dios amigo que ha dado la vida, en lenguaje humano, por ti, por mí, por nosotros, como un verdadero amigo.
Todas estas enseñanzas, todo este amor de Dios que hemos celebrado en el santo día de la Pascua de Resurrección, ahora la Iglesia a lo largo del tiempo Pascual nos las recuerda, nos la repite, con nuevos matices tomados de la Palabra de Dios, de la Historia de la Salvación, para que la presencia del Espíritu de Jesús nos vaya fortaleciendo en el sendero de la vida hacia un Emaús eterno.
El, Cristo, te ha escogido. No tú a él. No olvides este detalle. Y no olvides lo que te dice a propósito de esta elección que ha hecho él de ti: «para confiarte una misión que dure y llegue a dar fruto. Y el fruto es el amor mutuo: que os améis unos a otros».
Los discípulos primeros se tomaron en serio esta fuerza del Espíritu que tenían dentro y se lanzaron en la vida a ser testigos de la vida y de las enseñanzas del Resucitado.
Y esto es lo que leemos en este tiempo de Pascua en el libro de los Hechos de los Apóstoles. La respuesta de los primeros cristianos que, dejándose llevar por la fuerza del Espíritu de Jesús, extienden la fe, crean nuevas comunidades de vida y de amor fraterno.
Y si escuchamos con corazón atento veremos que no les fue fácil esta evangelización, este vivir el amor de Dios a los hombres. No es fácil vivir el amor, no es fácil nacer de Dios, más difícil que nacer a este mundo de nuestra madre natural.
Haremos bien en preguntarnos qué es el amor, puesto que es algo que está a la base de nuestra vida de cristianos.
Ramón Llull comentando el Cantar de los cantares en su Libro del Amigo y del Amado nos dice: «El amor es un mar alborotado de olas y de vientos, sin puerto, ni ribera. El Amigo perece en esta mar y con él perecen sus sufrimientos y comienza la felicidad» (228).
O sea que el amor no una vivencia bonancible de la vida, un éxtasis de dulzura, sino que es una fuerza de vida que arrastra con ella alegrías y sufrimientos, dolor y gozo, momentos duros y otros más dulces, pero que en definitiva quien vive con seriedad su amor, como Cristo, le lleva a dar la vida, dar una vida a retazos, y sólo entonces comienza la felicidad del amor, porque uno experimenta entonces que es más fuerte que la muerte.
Y si no hay amor no hay vida. Si no tenemos vida es que no tenemos comunicación con él, fuente de la vida. Si falta este amor en nuestra vida no queda sino vació y ausencia de Dios.
¿No creéis que merece la pena adentrarse en el espíritu de la Pascua, a la que nos invita este tiempo pascual a lo largo de cincuenta días?
Hech 10, 25-26.34-35.44-48; Sal 97; 1Jn 4,7-10; Jn 15,9-17
El canto peculiar del tiempo de Pascua es el ALELUYA. Lo decimos y lo cantamos numerosas veces, tanto en la plegaria personal como, sobre todo, en la liturgia, cuando oramos comunitariamente.
Expresa la alegría de Dios que nace en el corazón humano. Y la alegría es el sentimiento principal de la Pascua, pues nace de sabernos amados por Dios, de estar en sus manos y en su corazón, de sabernos vencedores de la muerte, pues Dios se ha revestido de nuestra debilidad humana para vencer la muerte con la fuerza del amor y darnos a quiénes estamos unidos a él la esperanza de vencer a la muerte. «El amor es más fuerte que la muerte».
Esta alegría, la manifiesta Jesús en el evangelio cuando los discípulos vienen de anunciarlo, y le cuentan los signos y prodigios que han hecho. «Jesús, lleno de la alegría del Espíritu Santo, exclama: “te doy gracias Padre porque has revelado estas cosas a los pequeños”» (Lc 10,21-22).
Hoy en el evangelio Jesús nos dice: «Os he dicho todo esto para que mi alegría sea también la vuestra y vuestra alegría sea completa».
¿Y qué nos ha dicho Jesús?
Primero, nos ha dicho, nos dice, un largo silencio de 30 años, en Nazaret.
Después, un pasar entre nosotros durante tres años, con un corazón profundamente humano haciendo el bien. Y diciéndonos en nuestro lenguaje humano: «que el amor viene Dios, que él es amor, que lleva la iniciativa del amor con nosotros, que nos ama primero».
Que esto, nos lo ha querido decir Dios en nuestro lenguaje humano, enviándonos a su Hijo Jesús como hermano nuestro. Que se nos revela como amigo. «No os digo siervos sino amigos». Un Dios amigo que ha dado la vida, en lenguaje humano, por ti, por mí, por nosotros, como un verdadero amigo.
Todas estas enseñanzas, todo este amor de Dios que hemos celebrado en el santo día de la Pascua de Resurrección, ahora la Iglesia a lo largo del tiempo Pascual nos las recuerda, nos la repite, con nuevos matices tomados de la Palabra de Dios, de la Historia de la Salvación, para que la presencia del Espíritu de Jesús nos vaya fortaleciendo en el sendero de la vida hacia un Emaús eterno.
El, Cristo, te ha escogido. No tú a él. No olvides este detalle. Y no olvides lo que te dice a propósito de esta elección que ha hecho él de ti: «para confiarte una misión que dure y llegue a dar fruto. Y el fruto es el amor mutuo: que os améis unos a otros».
Los discípulos primeros se tomaron en serio esta fuerza del Espíritu que tenían dentro y se lanzaron en la vida a ser testigos de la vida y de las enseñanzas del Resucitado.
Y esto es lo que leemos en este tiempo de Pascua en el libro de los Hechos de los Apóstoles. La respuesta de los primeros cristianos que, dejándose llevar por la fuerza del Espíritu de Jesús, extienden la fe, crean nuevas comunidades de vida y de amor fraterno.
Y si escuchamos con corazón atento veremos que no les fue fácil esta evangelización, este vivir el amor de Dios a los hombres. No es fácil vivir el amor, no es fácil nacer de Dios, más difícil que nacer a este mundo de nuestra madre natural.
Haremos bien en preguntarnos qué es el amor, puesto que es algo que está a la base de nuestra vida de cristianos.
Ramón Llull comentando el Cantar de los cantares en su Libro del Amigo y del Amado nos dice: «El amor es un mar alborotado de olas y de vientos, sin puerto, ni ribera. El Amigo perece en esta mar y con él perecen sus sufrimientos y comienza la felicidad» (228).
O sea que el amor no una vivencia bonancible de la vida, un éxtasis de dulzura, sino que es una fuerza de vida que arrastra con ella alegrías y sufrimientos, dolor y gozo, momentos duros y otros más dulces, pero que en definitiva quien vive con seriedad su amor, como Cristo, le lleva a dar la vida, dar una vida a retazos, y sólo entonces comienza la felicidad del amor, porque uno experimenta entonces que es más fuerte que la muerte.
Y si no hay amor no hay vida. Si no tenemos vida es que no tenemos comunicación con él, fuente de la vida. Si falta este amor en nuestra vida no queda sino vació y ausencia de Dios.
¿No creéis que merece la pena adentrarse en el espíritu de la Pascua, a la que nos invita este tiempo pascual a lo largo de cincuenta días?
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