18 de marzo de 2018

DOMINGO V DE CUARESMA (Año B)

Homilía predicada por el P. José Alegre
Jer 31, 31-34; Salm 50; Hebr 5,7-9; Jn 12,20-33

«Pondré mi ley en su interior, la escribiré en sus corazones. Todos me conocerán desde el más pequeño hasta el más grande». Así le habla Dios a Jeremías, así te habla Dios a ti.

Pero esta ley no la vemos escrita hoy con claridad en nuestros corazones. Quizás no percibas que domine ese conocimiento de Dios en tu vida, que se te ha revelado Dios como un Dios Amor. Pero si esta ley debe regir tu vida, la mía, la de todos los creyentes, e incluso la vida de todos los seres humanos, parece que es obligado preguntarnos en qué consiste esta ley del amor. ¿En qué consiste el amor?

«El amor —nos dice el libro del Amigo y del Amado— es una mar revuelta de olas y vientos, sin puertas ni orillas, y donde acaban los sufrimientos y comienza la felicidad».

Lo cual viene a decirnos, claramente que no hay auténtico amor sin muerte. No resulta nada fácil lanzarse a una mar revuelta de olas y vientos… La experiencia auténtica y profunda del amor no se da sin una experiencia de muerte. Todo lo que no sea lanzarse a esa mar revuelta será una mala copia de amor. ¡Como si te lavaras los pies en un riachuelo!

El amor debe llevarnos hasta la posibilidad de morir, de vivir el amor hasta el extremo, que es lo que contemplamos en Cristo. Cristo nos lo sugiere también en el evangelio de hoy: «Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre será glorificado; si el grano de trigo no cae en tierra y muere no da fruto».

Y este servicio de Cristo tuvo un precio fuerte como sugiere la Epístola a los Hebreos: «Se dirigió a Dios en su vida mortal, que podía salvarlo de la muerte, suplicando con gritos y lágrimas. Dios lo escuchó por su sumisión».
En la cruz, Dios se interna en la muerte, lo totalmente opuesto a él que es la vida, a fin de derrotar así a la muerte, por medio del amor hasta el extremo.

«Importa —dice santa Isabel de la Trinidad— que estudiemos este modelo a fin de identificarnos tan perfectamente con él, que logremos reproducirlo a cada instante a los ojos del Padre».

Cristo, nuestro Modelo, pasa dándose, dando el servicio concreto de su vida. Este es el gesto del amor, y en este Cristo debemos encontrar las fuerzas y el sentido para lanzarnos al mar revuelto…

Deberíamos tener muy presente que cuando uno se da, ama, se vacía de sí mismo, pero sigue siendo él mismo, más aún encuentra en el amor su propia realización. Pues al amor le es inherente unirse con el otro de modo que ninguno de los dos, ni el amante ni el amado sea absorbido por el otro, ni se agote en él. Solo en este darnos al otro llegamos a nuestra propia realización.

Pero nos cuesta llegar a comprender esta realidad. Quizás es que no llegamos a comprender y a vivir el verdadero dinamismo de la vida de la que nos habla Jesús en el evangelio: «los que la aman, la pierden, los que no la aman la guardan para la vida eterna».

Quizás se trata de llegar a comprender la verdadera y correcta relación entre la vida y el amor. Que viene a ser lo mismo que comprender la correcta relación entre la vida y la muerte.

En esto Benedicto XVI tiene unas palabras iluminadoras: «Solo cuando alguien valora el amor por encima de la vida a saber, sólo cuando alguien está dispuesto a someter la vida al amor, por el amor del amor, puede el amor ser más fuerte que la muerte y mayor que la muerte».

Pero quizás nos da respeto o miedo lanzarnos a este mar del amor, o que nuestro espíritu no está del todo despierto, o que necesita de ir dando pasos serios por este camino.

Dice un pensador: «Cada nuevo amigo que ganamos en la carrera de la vida nos perfecciona y enriquece, más aún que por lo que de él mismo nos da por lo que descubrimos de nosotros mismos. Hay en nosotros cabos sueltos espirituales, rincones del alma, escondrijos y recovecos de la conciencia que yacen inactivos e inertes. Hay regiones de nuestro espíritu que sólo florecen y fructifican bajo la mirada del Espíritu que nos llega desde el Eterno».

Hoy, en esta Eucaristía este Espíritu Eterno te mira desde tu corazón y te dice: levántate y camina en la vida con sabiduría. La sabiduría del amor.

4 de febrero de 2018

DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO (Año B)

Homilía predicada por el P. José Alegre
Job 7,1-4.6-7; Sal 146; 1Cor 9,16-19.22-23; Mc 1,29-39

«Jesús salió de la sinagoga para dirigirse a la casa de Pedro y Andrés». En la sinagoga había curado en sábado a un hombre poseído de un espíritu maligno. En Nazaret, su pueblo, en la sinagoga, tampoco lo recibieron bien. Y dice el evangelio que Jesús se admiraba de su falta de fe. Este saltarse la norma, la ley, en el sábado, para hacer el bien y curar exasperaba a los judíos.

La institución, toda institución, adquiere una rigidez que no siempre ayuda a crecer en más humanidad. Lo vimos con la celebración del Concilio Vaticano II, y que nos recuerda estos días la lectura de la vida de Pablo VI. Una tensión que ya empezó, como leemos en Gálatas (2,11s) con San Pedro y san Pablo, y que ha continuado con el paso del tiempo.

Parece que toda institución, y mucho más la religiosa, no favorece la atención a la persona, sino que está más preocupada por el cumplimiento de la norma. Y hoy, como ayer, y como debe ser siempre, la norma es para la persona y no la persona para la norma y la ley, porque entonces nos deshumanizamos y deshumanizamos la sociedad.

Necesitamos contemplar la persona de Jesucristo. Él es el hombre. Siempre desbordante de humanidad. Nos dice el evangelio que «salió de la sinagoga y fue a la casa de Pedro y Andrés». Y se encuentra con la suegra de Pedro enferma, postrada en la cama.

¿Qué hace Jesús?

«Se acercó, la miró, la dio la mano, la levantó». Cuatro verbos que ponen de relieve la profunda humanidad de Jesús. Acercarse, mirar, dar la mano, levantar. ¡Cuánta necesidad tenemos hoy de estos cuatro verbos Es ésta la cercanía de Jesús a las personas, ejercitándose en aquellas palabras que él mismo Jesús subraya en otra ocasión: «No he venido a que me sirvan, sino a servir y dar la vida» (Mt 20,28).

La suegra de Pedro, una vez que ha sanado se pone ella misma a servir. He aquí un signo de la presencia de Dios en nuestra vida, de nuestro verdadero encuentro con Jesucristo: «el servicio». Un servicio que nace del encuentro amoroso con el Señor, que al sanarnos nos hace partícipes de su mismo espíritu, que es siempre un espíritu de servicio.

Pero Jesús no se deja atrapar por su fama, por la gente que le busca con admiración y continua su camino para entrar en otras casas: «vamos a otros lugares», les dice a los discípulos, «a los pueblos vecinos, para llevarles la Buena Noticia, pues esta es mi misión». Su misión, por tanto y la misión de los que se encuentran con él y se sienten sanados.

Ya veis la importancia de la casa. La casa en el ámbito de la revelación tiene un lugar importante. La casa es un espacio donde Dios se da a conocer. Se ve como Dios mismo tiene casa. Cada uno somos casa, su casa. Decimos al recibir la comunión: «Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa».

Dios está en tu casa. Espera siempre en tu corazón. Eres una casa habitada por Dios. Pero sólo cuando se entra en casa sabemos que alguien está en ella esperándote. Sí, porque suele suceder con frecuencia en nuestra vida aquella afirmación de san Agustín: «Yo estaba fuera y tú estabas dentro».

Podemos estar fuera, o dormidos. Pídele que rompa tu sordera como a san Agustín, o que ponga un despertador potente en la mesita de tu cama, de manera que abriendo los ojos tu mirada se cruce con la suya, y que aceptes la mano que te ofrece. ¡Y serás sanado!

¿Y cómo lo descubres? Pues atiende si haces como la suegra de Pedro: levantándote y poniéndote a servir.

Por otro lado, esta es la misión que has recibido como cristiano y como monje: anunciar el evangelio, como nos enseña san Pablo. «Para ganar a todos se hace débil con los débiles. Se hace todo para todos, para, como sea ganar a algunos. Tratándose del evangelio —continua Pablo—, estoy dispuesto a hacer lo que haga falta para poder tener parte en el».

Lo cual nunca será posible en tu vida, si no lo dejas entrar en tu casa y si no dejas que te despierte. De lo contrario tendríamos que cambiar la expresión de Job en la primera lectura:

«El hombre en la tierra no está sometido al servicio, se pasa la vida durmiendo».