Homilía predicada por el P. José Alegre
Ex 17,3-7; Sal 94; Rom 5,1-2.5-8; Jn 4,5-42
Juan Pablo I en una catequesis, durante su corto pontificado dio esta enseñanza: «Me encontraba en el estado de uno que está en la cama por la mañana. Le dicen: fuera, levántate. Yo, a mi vez, decía: Sí, pero más tarde, todavía un poquito. Finalmente, el Señor me dio un empujón, me echo fuera. Así, pues, no hay que decir: Sí, pero…, sí, pero más tarde. No, hay que decir ¡Señor, sí! ¡Ahora mismo! Esto es la fe. Responder generosamente al Señor. Pero ¿quién dice este sí? Quien es humilde y se fía plenamente de Dios».
Ese sí, pero… es frecuente en nuestra vida de fe. Sucede que abunda en nuestras vidas la cardio-esclerosis, la dureza del corazón, para recibir el mensaje de Jesús, y en consecuencia para la escucha y la respuesta. Y esto nos lleva al peligro de la rutina, el estancamiento espiritual, la tibieza, el desamor. Y esto ya viene de lejos como lo certifica el salmista:
«Ojala escuchéis hoy su voz,
no endurezcáis el corazón».
Este es un salmo que comienza con una procesión festiva, un himno alegre, comunitario: «venid, celebremos al Señor con gritos de fiesta, aclamemos a la roca que nos salva, él es nuestro Dios, somos su pueblo». Pero, de repente se alza la voz de Dios con una grave amonestación: «Si hoy escucháis su voz no endurezcáis el corazón». Dios aparece como un aguafiestas. Como si un hijo disoluto y derrochador viniera a festejar a su padre con efusivas muestras de cariño y el padre en vez de recibirlas y agradecerlas le soltase una severa reprimenda… Esta es la impresión que produce el salmo.
Pero esta llamada de atención nos puede hacer bien, cuando hemos escuchado en la primera lectura, como el pueblo de Israel endurecía su corazón y murmuraba contra Moisés y Dios, a pesar de haber visto los prodigios para salir de la esclavitud de Egipto.
Parece que gozamos de poner a prueba la paciencia de Dios. Ponerlo a prueba. Esto también es de hoy: Dios, ¿existe o no?, ¿está con nosotros o no? ¿cómo permite tanta desgracia i violencia?...
Esto viene a ser consecuencia de la superficialidad de nuestra vida religiosa. No llegamos a vivir un encuentro en profundidad con el Señor. Nos saciamos, como la Samaritana, del agua del pozo, de los placeres del siglo, y tenemos necesidad de volver repetidamente por agua al pozo.
«Esta mujer —dice san Agustín— es figura de la Iglesia», en ella nos podemos reconocer cada uno de nosotros. Aquí, en este relato, encontramos una preciosa enseñanza, una brillante catequesis, para nuestra vida creyente: «Dame de beber», pide Jesús. Esta invitación nos llega hoy a nosotros a través de muchas voces de hermanos nuestros, marginados en la sociedad…, incluso en nuestras mismas familias y comunidades… «¿Y que tengo yo que ver contigo?», respondemos. Cuántas veces decimos con la palabra o el silencio: «¿Y que tengo yo que ver contigo?» Y Jesús, aunque no le escuchamos, responde: «Su supieras que quiere darte Dios, y quien es el que te pide agua, tú se la darías y él daría agua viva».
Agua viva es la que se coge del manantial mismo. Jesús empieza a sugerirle, otro nivel más profundo: es el nivel del Espíritu Santo. «Todo el que bebe de esta agua vuelve a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré ya no tendrá sed, pues el agua que yo le daré se convertirá en una fuente de agua viva que manará siempre dentro de él para darle vida eterna».
La Palabra de Jesús promete no solo saciar sino poner dentro de nosotros el manantial, un manantial de vida permanente, eterna. En tu mismo corazón.
La necesitamos. Por eso la samaritana le dice: «Dame de esa agua».
Y Jesús la va llevando a su interior: «Llama a tu marido. No tengo. Tienes razón, porque tuviste cinco y el que ahora tienes no es tu marido». San Agustín nos enseña como estos cinco maridos son los cinco sentidos que utilizamos desde que nacemos, para vivir según la carne. Para vivir solamente una religiosidad exterior. Puro folklore.
Jesús nos invita a vivir desde dentro, según el Espíritu que nos viene de él: vivir según el Espíritu, que es la energía divina que unifica toda nuestra persona, toda nuestra vida. Es decir que necesitamos que la Palabra de Dios no se quede en el exterior, en los sentidos externos, sino que penetre dentro para impedir que se nos endurezca el corazón sino que pueda gozar siempre del rumor de las fuentes de la vida.
«Guarda tu corazón, porque de le brota la vida» (Pr 4,23).
19 de marzo de 2017
22 de enero de 2017
DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO (Año A)
Homilía predicada por el P. José Alegre
Is 8,23-9,3; Sal 26; 1Cor 1,10-13.17; Mt 4,12-23
Hay un proverbio que dice: «Las palabras se las lleva el viento». Depende. Cuando las palabras nacen de un silencio interior, profundo del corazón, pueden llegar al corazón del otro. Difícilmente se las lleva el viento. Cuando hay una escucha silenciosa seria, atenta, con un corazón abierto, tampoco las arrastra el viento.
Las palabras más bellas del hombre nacen del silencio. El silencio es el horno ardiente de las palabras, el crisol de las palabras esenciales, que dan vida y calor al corazón humano.
Esto se suele decir de la palabra humana. Y ¿qué decir de la Palabra de Dios? Nos responde la epístola a los Hebreos: «La palabra de Dios es viva, enérgica, más tajante que una espada de dos filos, penetra hasta la unión del alma y del espíritu, de órganos y médula, juzga sentimientos y pensamientos. No hay criatura que escape a su mirada, todo está desnudo y vulnerable a sus ojos y es a ella a quien habremos de dar cuenta». (Heb 4,12)
¿Viene a ser así en nuestra vida la relación con la Palabra, o también se la lleva el viento? Mirad, Isaías nos decía en la primera lectura: «El pueblo que caminaba a oscuras ha visto una gran luz, una luz resplandece para quienes vivían en tinieblas y los ha llenado de gozo, de una alegría inmensa».
El Salmo nos vuelve a decir: «El Señor me ilumina y me salva».
¿En verdad somos iluminados por esta luz de la palabra? Porque aquí no se refiere a la luz del día, que ya gozan de ella nuestros ojos físicos, sino de la luz del corazón. Y yo pienso que no siempre esta luz de la palabra baja a nuestro interior. Y yo creo que esto se debe a que nuestra relación con la Palabra de Dios es superficial.
Hay una evangelización en las profundidades del ser, de las fuentes de nuestra afectividad, de las raíces mismas del inconsciente que nunca tendrá lugar si no aplicamos los sentidos de nuestra alma a las cosas de Dios. Nuestro amor a Dios seguirá siendo enteramente cerebral. Y nuestra persona no lograra unificarse en Cristo y viviremos en un divorcio interior. La cabeza estará en el Señor, pero el corazón se irá a otros objetos.
La misma santa Teresa dice: «Me hizo mucho daño no saber que era posible ver más allá de los ojos del cuerpo, es decir ver con los ojos del alma».
San Bernardo en su Sermón 10 «De diversis» tiene unas palabras llenas de profunda sabiduría acerca de los sentidos interiores.
Si nos quedamos en la superficie de nuestra vida, tenemos en peligro, muy real, de vivir inmersos en profundas divisiones. Nos lo ha recordado san Pablo, hoy en su epístola a los Corintios. Nos lo está recordando a todos los cristianos estos días el Octavario de oración por la unidad de los cristianos.
Es Cristo el artífice de la unidad, solo él nos ilumina y nos salva, pero él no busca en nosotros personas divididas. El es el Maestro que pasa y llama e invita a la conversión, es decir a una vuelta de todo nuestro ser hacia el misterio de Dios.
Jesucristo es la Palabra que ha nacido de la profundidad del Misterio de Dios, de un misterio de Amor, que es profunda comunión. Y nace para envolvernos en el misterio de Amor de la divinidad. Recordar aquel verso del Salmo: «La luz te envuelve como un manto. Te vistes de belleza y majestad». (Salmo 104) Pues esta luz nos ofrece Cristo. Es la Palabra de Dios que nace del más profundo del silencio de Dios. La Palabra que nace de un corazón que es todo Amor. Y esta Palabra lleva toda la fuerza y energía, toda la capacidad para penetrar hasta lo más profundo de nuestro ser.
La Palabra de Dios no se la lleva el viento, más bien la lleva el viento sagrado del Espíritu de Dios a tu interior, para ayudarte con su luz y su sabiduría a cambiar de vida y hacerte, en el camino de esta vida, instrumento permanente de unidad y de reconciliación.
Hombre, mujer, que grandes sois, para que el Señor se acuerde de ti, para darte poder poniendo bajo tu mandatos toda su obra. Pero también a su imagen es decir con una dignidad de hijos libres, que pueden decirle no a Dios.
Hermanos, hermanas, dejad que la Palabra de Dios arraigue en vuestros corazones, que no se la lleve el viento y lleguéis a ser coronados de gloria y dignidad.
Is 8,23-9,3; Sal 26; 1Cor 1,10-13.17; Mt 4,12-23
Hay un proverbio que dice: «Las palabras se las lleva el viento». Depende. Cuando las palabras nacen de un silencio interior, profundo del corazón, pueden llegar al corazón del otro. Difícilmente se las lleva el viento. Cuando hay una escucha silenciosa seria, atenta, con un corazón abierto, tampoco las arrastra el viento.
Las palabras más bellas del hombre nacen del silencio. El silencio es el horno ardiente de las palabras, el crisol de las palabras esenciales, que dan vida y calor al corazón humano.
Esto se suele decir de la palabra humana. Y ¿qué decir de la Palabra de Dios? Nos responde la epístola a los Hebreos: «La palabra de Dios es viva, enérgica, más tajante que una espada de dos filos, penetra hasta la unión del alma y del espíritu, de órganos y médula, juzga sentimientos y pensamientos. No hay criatura que escape a su mirada, todo está desnudo y vulnerable a sus ojos y es a ella a quien habremos de dar cuenta». (Heb 4,12)
¿Viene a ser así en nuestra vida la relación con la Palabra, o también se la lleva el viento? Mirad, Isaías nos decía en la primera lectura: «El pueblo que caminaba a oscuras ha visto una gran luz, una luz resplandece para quienes vivían en tinieblas y los ha llenado de gozo, de una alegría inmensa».
El Salmo nos vuelve a decir: «El Señor me ilumina y me salva».
¿En verdad somos iluminados por esta luz de la palabra? Porque aquí no se refiere a la luz del día, que ya gozan de ella nuestros ojos físicos, sino de la luz del corazón. Y yo pienso que no siempre esta luz de la palabra baja a nuestro interior. Y yo creo que esto se debe a que nuestra relación con la Palabra de Dios es superficial.
Hay una evangelización en las profundidades del ser, de las fuentes de nuestra afectividad, de las raíces mismas del inconsciente que nunca tendrá lugar si no aplicamos los sentidos de nuestra alma a las cosas de Dios. Nuestro amor a Dios seguirá siendo enteramente cerebral. Y nuestra persona no lograra unificarse en Cristo y viviremos en un divorcio interior. La cabeza estará en el Señor, pero el corazón se irá a otros objetos.
La misma santa Teresa dice: «Me hizo mucho daño no saber que era posible ver más allá de los ojos del cuerpo, es decir ver con los ojos del alma».
San Bernardo en su Sermón 10 «De diversis» tiene unas palabras llenas de profunda sabiduría acerca de los sentidos interiores.
Si nos quedamos en la superficie de nuestra vida, tenemos en peligro, muy real, de vivir inmersos en profundas divisiones. Nos lo ha recordado san Pablo, hoy en su epístola a los Corintios. Nos lo está recordando a todos los cristianos estos días el Octavario de oración por la unidad de los cristianos.
Es Cristo el artífice de la unidad, solo él nos ilumina y nos salva, pero él no busca en nosotros personas divididas. El es el Maestro que pasa y llama e invita a la conversión, es decir a una vuelta de todo nuestro ser hacia el misterio de Dios.
Jesucristo es la Palabra que ha nacido de la profundidad del Misterio de Dios, de un misterio de Amor, que es profunda comunión. Y nace para envolvernos en el misterio de Amor de la divinidad. Recordar aquel verso del Salmo: «La luz te envuelve como un manto. Te vistes de belleza y majestad». (Salmo 104) Pues esta luz nos ofrece Cristo. Es la Palabra de Dios que nace del más profundo del silencio de Dios. La Palabra que nace de un corazón que es todo Amor. Y esta Palabra lleva toda la fuerza y energía, toda la capacidad para penetrar hasta lo más profundo de nuestro ser.
La Palabra de Dios no se la lleva el viento, más bien la lleva el viento sagrado del Espíritu de Dios a tu interior, para ayudarte con su luz y su sabiduría a cambiar de vida y hacerte, en el camino de esta vida, instrumento permanente de unidad y de reconciliación.
Hombre, mujer, que grandes sois, para que el Señor se acuerde de ti, para darte poder poniendo bajo tu mandatos toda su obra. Pero también a su imagen es decir con una dignidad de hijos libres, que pueden decirle no a Dios.
Hermanos, hermanas, dejad que la Palabra de Dios arraigue en vuestros corazones, que no se la lleve el viento y lleguéis a ser coronados de gloria y dignidad.
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