Homilía predicada por el P. José Alegre
Jer 1, 4-5. 17-19; Sal 70; 1Cor 12,31-13,13; Lc 4,21-30
«El amor no pasará nunca».
Y aquí tenéis un retrato del amor. En la lectura segunda de san Pablo. O también un lienzo, una singular y única pintura sobre Dios; y que nos resaltan sus bellas pinceladas de color, de manera admirable para nosotros, la psicología de la persona retratada. Esta es la pintura de Dios, su retrato, que queda esbozado a lo largo de las páginas sagradas de la Biblia, y perfilado por completo para ti, para mí, para cada uno de nosotros en la persona de Jesucristo: «El amor es paciente, es bondad, el amor no tiene envidia, no presume, no es orgulloso no se irrita, no da lugar a la venganza; el amor no acepta las farsas, sino la rectitud; el amor lo soporta todo y no pierde nunca la confianza, la esperanza, la conciencia».
Esta es la pintura más fiel de Dios. Porque Dios es amor. No pasará nunca.
Y este amor nos lo ha revelado Dios, lo ha manifestado entre nosotros, nos lo ha hecho presente en su Hijo. Y nosotros ¿lo rechazamos como sus vecinos de Nazaret? «La misión de Jesús es revelar este misterio de amor divino en su plenitud. Su persona no es otra cosa que amor. Un amor que se da y ofrece gratuitamente» (Misericordiae vultus, 8).
El amor, pues, no es un sueño… Quizás te pueden entrar dudas acerca de la existencia de Dios, pero seguro que no te entran dudas acerca de la existencia del amor. Tú, ¿no amas a alguien, no te sientes o te has sentido amado por alguien… Ten la seguridad de que estás en el sendero de Dios. Que Dios está muy próximo a ti.
El amor no es un sueño. El amor nos ayuda a soñar. Soñar en esta imagen de Dios, esta pintura de singular belleza, obra que ya está empezada en tu corazón. El amor es la vida misma en su estado de madurez y perfección… Quizás no sientes esta madurez del amor en tu vida… Pero ¿y el deseo? ¿Acaso no deseas vivir o reproducir en tu persona esta pintura amable del amor, esta pintura de Dios?
Pero si contemplamos esta vida que se nos ha revelado como amor descubrimos que va ligada a otra palabra: muerte. Tenemos que copiar esa pintura divina de amor, pero tenemos que aceptar la muerte. La pincelada de la muerte. Escoger la vida, escoger el amor, es escoger la muerte, porque la vida, que vivimos como hombres y en el tiempo, termina con la muerte. Aceptar otra forma de vida que no acepte la muerte es puro sueño inútil. Una vida terrena sin muerte es puro sueño inútil. Algo irreal.
Por ello escribe el poeta, hablando del Amor que da su vida:
«Desgarrón de los cielos, abertura.
Tú eres de Dios y quien por Ti le mira
muere de verte, al fin, de amor se muere
y muriendo de amor vida recobra
vida que nunca muere».
Quizás por ello esa pintura de Dios, del amor, que nos ofrece hoy san Pablo nos deja fríos, o con un deseo muy frágil. Podría ser…
Necesitamos poner en nuestra vida el ritmo del amor. Es vivir la vida, viviendo también la negación de nosotros en esas pequeñas y múltiples circunstancias de nuestra existencia. ¿Qué tiene que morir en mí cuando ponen a prueba mi paciencia, cuando me hacen una mala faena y busca la revancha… ¿Qué tiene que morir en mí cuando vivo una relación personal con otro o con otros, en la familia, en la comunidad… para incorporar a mi vida esta palabra viva que hoy proclamamos en la lectura de Corintios? ¿De qué tengo que vaciarme, como se vacía Dios en su amor por nosotros, para que resplandezca en mi vida la vida del Crucificado, el amor del Crucificado que cada domingo celebramos en torno a este altar?
En todos vosotros está la chispa del deseo insaciable. De amor. Ofrecido. O recibido. O ambas cosas. En todos vosotros está este fuego secreto, este abismo sin fondo, la misma ambición infinita de felicidad y de gozo y de posesión sin fin. En todos los ojos humanos existe un pozo profundo, que es el pozo de este vino de la vida. Esta sed que está en todos los seres y que es el amor de Dios. Es la única y verdadera nostalgia. Desde el fondo de todas las criaturas nos llama Dios. Y esta llamada es el encanto que hay en todas las criaturas. Pon en tu vida el ritmo del amor, el ritmo de la contemplación, con las palabras de esa pintura divina de san Pablo.
Porque yo quiero decirte lo que le digo al Señor en mi oración con palabras del poeta:
«Y con amor furioso
persigues a quien amas, y si te huye
le acosas con ahinco y acorralas
sin dejarle vivir, de sed se muere».
31 de enero de 2016
27 de diciembre de 2015
LA SAGRADA FAMILIA DE JESÚS, JOSÉ Y MARÍA
Homilía predicada por el P. José Alegre
1Sam 1,20-22.24-28; Sal 83; 1Jn 3,1-2.21-24; Lc 2,41-52
El evangelio nos ofrece una estampa singular, una escena un tanto sorprendente:
María y José entran en el templo y contemplan al Hijo en un interesante diálogo con los maestros de la Ley. La sorpresa de los padres de Jesús no evita unas palabras de reproche: «Hijo por qué nos has tratado así. Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados». Es una escena que se escapa a nuestra comprensión. Nos encontramos con el misterio de un Dios que se hace hombre, humano, para que, como dicen los Padres Orientales, nosotros, el hombre, nos hagamos divinos. Por ello, yo creo que un camino más correcto para penetrar en la comprensión de este misterio de un Dios humano es considerar cómo vivimos, nuestra relación con este misterio divino que se nos ha manifestado en la carne.
Este Dios manifestado en la carne se pierde en el espacio del templo con los sabios en las cosas divinas, dejando sorprendidos con su puntual revelación tanto a los sabios como a los propios padres, María y José. Una revelación puntual. Pues, inmediatamente vuelve la normalidad ante la mirada humana para continuar por el camino habitual y normal de una vida humana: «vuelta a Nazaret y bajo la mirada de los padres crecer en entendimiento, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres».
Pero ante esta manifestación del misterio de Dios en la vida de los hombres, un rasgo que no debemos de olvidar, un rasgo que contemplamos en quien debe ser para todos nosotros una referencia principal en nuestra inmersión en el misterio de Dios: «María conservaba todos estos recuerdos en el corazón».
El RECUERDO de la vida, de lo vivido. Es lo que contemplamos en María. Ella, sensible a la acción de Dios, guarda en el corazón, hasta que llega el momento de Dios en su vida, como nos sugiere el Eclesiástico: «Voy a recordar las obras de Dios y a contar lo que he visto. ¡Qué amables son todas sus obras!, y eso que no vemos sino una chispa. Todas viven y duran eternamente… no ha hecho ninguna inútil» (Eclo 42,15).
¿Acaso nosotros no nos perdemos, no nos escondemos de Aquel que nos busca? Solo que nosotros no solemos estar en las cosas de Dios, del Padre, transitamos otros caminos. No obstante, la historia de la salvación nos muestra como Dios busca al hombre:
«Me has enamorado, hermana mía y novia mía. Me has enamorado con una sola de tus miradas dice el Amado»(Ct 4,9). «Yo soy de mi Amado y él me busca con pasión, dice la Amada» (Ct 7,11).
Y acaso ¿no escuchamos en las páginas de los profetas muchas lamentaciones de este Dios que nos busca con pasión, de un Dios que se ha enamorado del hombre, que busca seducirlo como nos dice el profeta Oseas, hasta el punto de hacerse hombre, hasta revestirse de nuestra frágil naturaleza?
Y ¿cuál es nuestra respuesta? Estar sumergidos en la sabiduría de mundo. Pero ante la pregunta de Dios: «Hijo, ¿por qué te portas así conmigo?» ¿Nos dejamos interpelar por este Dios que nos busca?
Este es el «Dios que nos reconoce como hijos suyos en una singular prueba de amor», como dice san Juan, que nos busca con angustias de amor, un amor que le llevará hasta las angustias de la Cruz.
Y ante las palabras dolidas de María, Jesús vuelve a la normalidad, baja a Nazaret, está bajo la autoridad, vuelve al silencio de la vida, mientras crece en sabiduría, estatura y gracia ante Dios y ante los hombres.
Este es el camino. Aparece con suma claridad el camino de Dios entre los hombres. Un Dios seducido por el misterio de la humanidad, el misterio salido de su propio misterio, y que ahora quiere hacer el camino inverso: aprender el camino de retorno hacia sí mismo a través de nuestra humanidad.
Aquí contemplamos lo extraordinario de Dios: la suma sencillez, lo ordinario de cada día, que invita a caminar gozando de la belleza del camino. Por dentro y por fuera.
Por esto uno no puede menos que considerar aquella interesante lección de Pablo VI en su visita a Nazaret hace 50 años, y que todavía permanece viva y actual: «Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento del evangelio. Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí se aprende incluso, quizás de una manera casi insensible, a imitar su vida».
¡Qué amables son todas tus obras Señor! ¡Danos, Señor el corazón silencioso de san José, y el corazón abierto y contemplativo de santa María, para que nos saciemos contemplando tu belleza!
1Sam 1,20-22.24-28; Sal 83; 1Jn 3,1-2.21-24; Lc 2,41-52
El evangelio nos ofrece una estampa singular, una escena un tanto sorprendente:
María y José entran en el templo y contemplan al Hijo en un interesante diálogo con los maestros de la Ley. La sorpresa de los padres de Jesús no evita unas palabras de reproche: «Hijo por qué nos has tratado así. Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados». Es una escena que se escapa a nuestra comprensión. Nos encontramos con el misterio de un Dios que se hace hombre, humano, para que, como dicen los Padres Orientales, nosotros, el hombre, nos hagamos divinos. Por ello, yo creo que un camino más correcto para penetrar en la comprensión de este misterio de un Dios humano es considerar cómo vivimos, nuestra relación con este misterio divino que se nos ha manifestado en la carne.
Este Dios manifestado en la carne se pierde en el espacio del templo con los sabios en las cosas divinas, dejando sorprendidos con su puntual revelación tanto a los sabios como a los propios padres, María y José. Una revelación puntual. Pues, inmediatamente vuelve la normalidad ante la mirada humana para continuar por el camino habitual y normal de una vida humana: «vuelta a Nazaret y bajo la mirada de los padres crecer en entendimiento, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres».
Pero ante esta manifestación del misterio de Dios en la vida de los hombres, un rasgo que no debemos de olvidar, un rasgo que contemplamos en quien debe ser para todos nosotros una referencia principal en nuestra inmersión en el misterio de Dios: «María conservaba todos estos recuerdos en el corazón».
El RECUERDO de la vida, de lo vivido. Es lo que contemplamos en María. Ella, sensible a la acción de Dios, guarda en el corazón, hasta que llega el momento de Dios en su vida, como nos sugiere el Eclesiástico: «Voy a recordar las obras de Dios y a contar lo que he visto. ¡Qué amables son todas sus obras!, y eso que no vemos sino una chispa. Todas viven y duran eternamente… no ha hecho ninguna inútil» (Eclo 42,15).
¿Acaso nosotros no nos perdemos, no nos escondemos de Aquel que nos busca? Solo que nosotros no solemos estar en las cosas de Dios, del Padre, transitamos otros caminos. No obstante, la historia de la salvación nos muestra como Dios busca al hombre:
«Me has enamorado, hermana mía y novia mía. Me has enamorado con una sola de tus miradas dice el Amado»(Ct 4,9). «Yo soy de mi Amado y él me busca con pasión, dice la Amada» (Ct 7,11).
Y acaso ¿no escuchamos en las páginas de los profetas muchas lamentaciones de este Dios que nos busca con pasión, de un Dios que se ha enamorado del hombre, que busca seducirlo como nos dice el profeta Oseas, hasta el punto de hacerse hombre, hasta revestirse de nuestra frágil naturaleza?
Y ¿cuál es nuestra respuesta? Estar sumergidos en la sabiduría de mundo. Pero ante la pregunta de Dios: «Hijo, ¿por qué te portas así conmigo?» ¿Nos dejamos interpelar por este Dios que nos busca?
Este es el «Dios que nos reconoce como hijos suyos en una singular prueba de amor», como dice san Juan, que nos busca con angustias de amor, un amor que le llevará hasta las angustias de la Cruz.
Y ante las palabras dolidas de María, Jesús vuelve a la normalidad, baja a Nazaret, está bajo la autoridad, vuelve al silencio de la vida, mientras crece en sabiduría, estatura y gracia ante Dios y ante los hombres.
Este es el camino. Aparece con suma claridad el camino de Dios entre los hombres. Un Dios seducido por el misterio de la humanidad, el misterio salido de su propio misterio, y que ahora quiere hacer el camino inverso: aprender el camino de retorno hacia sí mismo a través de nuestra humanidad.
Aquí contemplamos lo extraordinario de Dios: la suma sencillez, lo ordinario de cada día, que invita a caminar gozando de la belleza del camino. Por dentro y por fuera.
Por esto uno no puede menos que considerar aquella interesante lección de Pablo VI en su visita a Nazaret hace 50 años, y que todavía permanece viva y actual: «Nazaret es la escuela donde empieza a entenderse la vida de Jesús, es la escuela donde se inicia el conocimiento del evangelio. Aquí aprendemos a observar, a escuchar, a meditar, a penetrar en el sentido profundo y misterioso de esta sencilla, humilde y encantadora manifestación del Hijo de Dios entre los hombres. Aquí se aprende incluso, quizás de una manera casi insensible, a imitar su vida».
¡Qué amables son todas tus obras Señor! ¡Danos, Señor el corazón silencioso de san José, y el corazón abierto y contemplativo de santa María, para que nos saciemos contemplando tu belleza!
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