Homilía predicada por el P. José Alegre, abad
Apoc 7,2-4.9-14; Salm 23,1-6; 1Jn 3,1-3; Mt 5,1-12
«Viendo la muchedumbre, Jesús subió al monte, se sentó, sus discípulos se le acercaron y Él tomando la palabra le enseñaba».
A toda la tierra alcanza su pregón. La belleza de la creación habla de la belleza divina. Dios domina la tierra y sus habitantes. Dios habita en ella y le gusta pasear como puede hacer un agricultor por sus fincas (cf Gen 3,8). Creada por Dios, la tierra tiene un carácter religioso. Es delicioso presentir y gozar del rumor cercano de las fuentes de la vida… que estamos estropeando con nuestros atentados al medio ambiente.
Cristo ha venido a recuperar toda esa belleza para ti, para todos los hombres. Cristo con su nueva creación convoca, por medio de la Iglesia, al nuevo paraíso. Dios construye su paraíso sobre la inestabilidad de las aguas, sobre la fragilidad de la Iglesia, pero también sobre la Roca de su Palabra. Él sigue tomando la palabra y nos enseña. Cristo nos enseña a través del salmo:
Una invitación positiva: «tener las manos inocentes y puro el corazón».
Una invitación negativa: «no tener ídolos, no ser injustos».
Esta palabra del salmo viene a ser como una primera palabra, un primer peldaño para subir a la montaña, para acercarnos a Jesús, el cual nos enseña con su palabra. Nos dice un santo Padre: «¿Qué debe hacer aquel que desea subir al “monte espiritual”? El Espíritu Santo responde y el salmista anuncia de alguna manera el sermón de Cristo sobre la montaña».
El salmista anuncia las condiciones para acercarnos a Cristo. Su Espíritu nos irá descubriendo la sabiduría de su palabra.
La bienaventuranza de la pobreza, de la mansedumbre, de las lágrimas de la justicia, de los saciados, de la misericordia, de la pureza de corazón, de la paz, de la persecución… Las bienaventuranzas, que acabamos de escuchar, y que vienen a ser como las fuentes de la sabiduría evangélica, la sabiduría de la que tenemos necesidad para nuestro camino como creyentes, y como personas consagradas a Dios.
Tenemos necesidad de subir al monte espiritual y encontrarnos con Dios, el Dios de quien brota esta bienaventuranza, el Dios que proclama este nuevo camino por medio de su Hijo revestido de nuestra naturaleza. Tenemos necesidad de acercarnos a Cristo para oír aquella palabra que necesita el corazón de cada uno de nosotros para que en nosotros viva el Cristo de las bienaventuranzas.
Todas las generaciones han hecho, hacen o harán este camino de búsqueda de la sabiduría de la vida. De una manera o de otra. Con más o menos conciencia de ello. Lo necesita la humanidad. Lo necesitamos cada uno de nosotros. Encontrarnos con Cristo, escucharle y cambiar nuestra vida. Es una de las tareas más bellas de la vida cristiana, e incluso de toda vida humana: ser buscador de Dios. Es lo único que puede llenar la vida. Porque es lo que nos abre a un inmenso horizonte de vida nueva. Así lo han entendido y lo han expresado los místicos, como santa Teresa cuando escribe: «Descubre tu presencia, y máteme tu vista y hermosura; mira que la dolencia de amor no se cura sino con la presencia y la figura».
A desear esta presencia y esta figura nos invita también san Bernardo: «Gustad y ved qué dulce es el Señor. Nada hay comparable a esta finura, a este sabor, a esta sabiduría; es algo divino. Te encanta, y con razón, el ardor del sol, la policromía de la flor, el pan sabroso y la tierra fecunda. Todo esto procede de Dios. Se ha prodigado a sus criaturas. Pero posee en sí mismo infinitamente más» (San Bernardo, Sermón 1, Todos los Santos).
A este «infinitamente más» nos abre la Palabra de Jesús, la sabiduría de Dios, que sin gritar, sin vocear por las calles te sugiere a tu corazón unas palabras que desbordan profunda y autentica sabiduría para el camino de vida creyente. ¿Qué necesita en estos momentos tu corazón? ¿Qué palabra de Jesús de Nazaret, que te habla hoy desde el monte de las bienaventuranzas tiene más eco en tu corazón? ¡Agárrala y no la sueltes!
1 de noviembre de 2014
13 de septiembre de 2014
MISA EXEQUIAL Y ENTIERRO DEL P. BENET FARRÉ Y LLORETA
ORACIÓN FÚNEBRE
Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
¡Oh Dios, Padre bueno y amigo de los hombres…!
Te pedimos que acojas a tu hijo Benito, que después de la manifestación de sus diadas, ha llegado a tu casa, al tiempo de rezar completas…
¿Sabes?... ¡Oh Dios, Padre bueno y amigo de los hombres…!
Su diada ha sido durante 72 años de vida monástica ir con alegría a la casa del Señor, a tu Casa, a cantar tus alabanzas, aquellas alabanzas que se cantan perpetuamente en las moradas celestiales, en tu Casa oh buen Dios; y que nos introdujo aquí tu Hijo, nuestro hermano y Salvador Jesucristo. Él, tu hijo Benito, inicio estas alabanzas en Poblet, rodeado de ruinas, de un abandono de 100 años y lo hizo diciéndote estas palabras:
«En vuestras manos Señor hago entrega de mí. Trabajad una y otra vez esta arcilla como la vasija en manos del alfarero. Dadle forma vos mismo; hacedla luego pedazos si os place, y nada tendrá que decir. Es bastante con que sirva para vuestros fines».
Y de la confianza y el abandono en tus manos, de tu hijo Benito, acompañado de la misma ilusión de un pequeño grupo de monjes, han devuelto la belleza a esta casa de Poblet y la esperanza de una comunidad nueva.
Su diada ha sido durante 72 años de vida monástica comer cada día el Pan bajado del cielo, guardar en el corazón el Pan de la Palabra, no anteponer nada en la busca de Aquel que tú oh Dios nos enviaste para que empecemos a tener vida eterna.
Y ha sido al declinar del día, cuando va muriendo la claridad, y llega la noche, que se ha ido a brillar en otra región, a otro espacio, a tu Casa, para prolongar, allí en tu presencia, una alabanza eterna.
Y de la manifestación de sus días, tu que escrutas el corazón de los hombres, y que tienes una mirada más profunda que nuestra pobre mirada humana, sabes que en el silencio le has regalado tu Presencia, en el silencio le has regalado tu Paz, y nosotros con nuestra pobre mirada hemos alcanzado a descubrir en él una generosidad en la vida monástica, manifestada en una disponibilidad permanente y total, que se resolvía en un servicio concreto y generoso a sus hermanos de comunidad.
Y si nos tuviéramos que quejar de algo ante Ti, yo te diría que a mí me duele que nos hayas arrebatado de la comunidad una porción muy preciosa de humor. Un punto precioso de sano y sencillo humor que en muchas ocasiones necesitamos en nuestros complicados corazones.
Tu, oh Dios y Padre bueno, que escrutas los corazones de tus hijos sabes de los momentos felices que ha hecho vivir a la comunidad, que los años no han sido obstáculo para hacer explotar la carcajada a los monjes, en una recreación.
Todo esto lo contemplo, Padre, como una prueba cierta de que tu Amor estaba arraigado en su corazón, y por esto tu hijo Benito era una referencia permanente de auténtica vida monástica para el resto de la comunidad, como una referencia muy importante y necesaria para nosotros, que nos hemos ido incorporando a la comunidad de Poblet en los años sucesivos. Nada le apartaba del amor de Cristo. Tenía bien esculpida la Regla en su corazón.
Tú oh Dios y Padre bueno con tus hijos, eres un Dios discreto y sabes que tu hijo Benito vivía todo esto con discreción, deseando más bien vivir en el amor de las cosas vulgares y sencillas.
¡Oh Dios, Padre bueno y amigo de los hombres…! Que escuchas las plegarias de tus hijos. ¡Bendícenos! Tu bendición siempre es algo nuevo. Danos el regalo de una nueva vocación que llene el hueco que ha dejado tu hijo Benito que se ha ido a rezar completas a tu Casa.
Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
¡Oh Dios, Padre bueno y amigo de los hombres…!
Te pedimos que acojas a tu hijo Benito, que después de la manifestación de sus diadas, ha llegado a tu casa, al tiempo de rezar completas…
¿Sabes?... ¡Oh Dios, Padre bueno y amigo de los hombres…!
Su diada ha sido durante 72 años de vida monástica ir con alegría a la casa del Señor, a tu Casa, a cantar tus alabanzas, aquellas alabanzas que se cantan perpetuamente en las moradas celestiales, en tu Casa oh buen Dios; y que nos introdujo aquí tu Hijo, nuestro hermano y Salvador Jesucristo. Él, tu hijo Benito, inicio estas alabanzas en Poblet, rodeado de ruinas, de un abandono de 100 años y lo hizo diciéndote estas palabras:
«En vuestras manos Señor hago entrega de mí. Trabajad una y otra vez esta arcilla como la vasija en manos del alfarero. Dadle forma vos mismo; hacedla luego pedazos si os place, y nada tendrá que decir. Es bastante con que sirva para vuestros fines».
Y de la confianza y el abandono en tus manos, de tu hijo Benito, acompañado de la misma ilusión de un pequeño grupo de monjes, han devuelto la belleza a esta casa de Poblet y la esperanza de una comunidad nueva.
Su diada ha sido durante 72 años de vida monástica comer cada día el Pan bajado del cielo, guardar en el corazón el Pan de la Palabra, no anteponer nada en la busca de Aquel que tú oh Dios nos enviaste para que empecemos a tener vida eterna.
Y ha sido al declinar del día, cuando va muriendo la claridad, y llega la noche, que se ha ido a brillar en otra región, a otro espacio, a tu Casa, para prolongar, allí en tu presencia, una alabanza eterna.
Y de la manifestación de sus días, tu que escrutas el corazón de los hombres, y que tienes una mirada más profunda que nuestra pobre mirada humana, sabes que en el silencio le has regalado tu Presencia, en el silencio le has regalado tu Paz, y nosotros con nuestra pobre mirada hemos alcanzado a descubrir en él una generosidad en la vida monástica, manifestada en una disponibilidad permanente y total, que se resolvía en un servicio concreto y generoso a sus hermanos de comunidad.
Y si nos tuviéramos que quejar de algo ante Ti, yo te diría que a mí me duele que nos hayas arrebatado de la comunidad una porción muy preciosa de humor. Un punto precioso de sano y sencillo humor que en muchas ocasiones necesitamos en nuestros complicados corazones.
Tu, oh Dios y Padre bueno, que escrutas los corazones de tus hijos sabes de los momentos felices que ha hecho vivir a la comunidad, que los años no han sido obstáculo para hacer explotar la carcajada a los monjes, en una recreación.
Todo esto lo contemplo, Padre, como una prueba cierta de que tu Amor estaba arraigado en su corazón, y por esto tu hijo Benito era una referencia permanente de auténtica vida monástica para el resto de la comunidad, como una referencia muy importante y necesaria para nosotros, que nos hemos ido incorporando a la comunidad de Poblet en los años sucesivos. Nada le apartaba del amor de Cristo. Tenía bien esculpida la Regla en su corazón.
Tú oh Dios y Padre bueno con tus hijos, eres un Dios discreto y sabes que tu hijo Benito vivía todo esto con discreción, deseando más bien vivir en el amor de las cosas vulgares y sencillas.
¡Oh Dios, Padre bueno y amigo de los hombres…! Que escuchas las plegarias de tus hijos. ¡Bendícenos! Tu bendición siempre es algo nuevo. Danos el regalo de una nueva vocación que llene el hueco que ha dejado tu hijo Benito que se ha ido a rezar completas a tu Casa.
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