Querido Agustín:
Es gratificante volver a releer algunas cartas. Sobre todo las cartas escritas a mano. Yo defiendo siempre la importancia de escribir a mano, pues considero que es un procedimiento que nos permite recoger con más fidelidad la vibración interior. Pero estoy descubriendo que también es muy interesante releer cartas recibidas; es volver a recordar una amistad, es volver a sentir cerca a la persona amiga, incluso llegar a vivir una nueva experiencia con su carta, que es motivo de un nuevo enriquecimiento. Tanto que estoy considerando reservarme un pequeño tiempo semanal para ese «reencuentro lector» con mis amistades.
Quizás me sugieren todos estos pensamientos el hecho de que esta semana finaliza el año litúrgico, y empezamos el próximo domingo, primero de Adviento, un nuevo año. Yo diría que el Año Litúrgico es como un precioso reportaje que recoge la historia, una historia de amor, vivida entre Dios y el hombre. Que empieza con la creación de Dios, la bondad de Dios que se derrama en el tiempo, sigue con unas relaciones entre lo humano y lo divino, para culminar con la nueva creación, la del hombre nuevo, y que nos muestra dos puntos especialmente significativos: la Encarnación y la Resurrección.
Bien, pues ahora nos disponemos a releer, a celebrar, a vivir, esa carta de Dios, escrita y vivida a lo largo de siglos con su criatura humana. Esta carta de Dios, este Misterio divino es algo vivo, vibrante que invita a todos a incorporarse a un camino de vida y de amor.
Al iniciarse este tiempo de Adviento, volvemos a celebrar el mismo Misterio que hace un año, pero yo, tú, todos los humanos estamos viviendo problemas diferentes, con nuevos matices. En nuestra vida humana sigue teniendo demasiada fuerza la noche. Algo de esta noche haces referencia en tu carta: el dolor, la muerte, la violencia, la falta de fe, esperanza, las dificultades para vivir el amor… Ante este panorama agradezco tu pensamiento, tu palabra sencilla y profunda: «La Palabra de Dios, incluso silenciosa, atraviesa la noche, para engendrar después la luz verdadera que “no se apaga”».
Agustín, cuando releo esta palabra tuya en una carta recibida hace ya un tiempo, siento que mi espacio interior vibra, te siento a ti detrás de esa palabra, y no puedo dejar de conmoverme y de sentirme muy cerca de ti, y de la vibración de tu espacio interior en el momento de ponerla por escrito.
Y algo de esto me sucede ahora cuando empiezo este nuevo Año Litúrgico con el tiempo de Adviento. Vuelvo a escuchar la Palabra de Dios, a celebrarla en la Eucaristía, cada Domingo, o en las solemnidades del Misterio de Cristo, o de Santa María, o de los Santos que asimilaron y se incorporaron a este misterio de amor divino, y mi noche, mis oscuridades, o mis debilidades vuelven a conmocionarse ante la luz de la Palabra.
Esta Palabra que me asegura en este primer domingo de Adviento que tendré signos que se me mostrarán en mi camino; una Palabra que me asegura que Dios cumple su promesa, una promesa cuya realización es la presencia de justicia y derecho; una Palabra que me garantiza su gracia y su paz, y que llama a escucharla, a guardarla en el corazón, atento a que se manifieste en mi vida, como una luz para otros. Una Palabra en definitiva que me interpela para que escuche la Verdad y la lleve a mi propia vida, y no me abandone en la mentira.
En el dintel del nuevo Año contemplamos ya un Dios compasivo, humano, que nos llama a escucharle y adentrarnos en su Misterio. Feliz año,
+ P. Abad
2 de diciembre de 2012
LA VOZ DE LOS PADRES
TEXTOS PARA EL ADVIENTO
Domingo 1º de Adviento (Año C)
De los sermones del beato Guerrico de Igny (II Adviento, 2-4;PL 185,15-17)
Esperamos el aniversario del nacimiento de Cristo. Según la promesa del Señor, lo veremos pronto. La Escritura espera de nosotros una alegría espiritual tal que, elevándonos por encima de nosotros mismos, salte de gozo al salir al encuentro del Señor... Incluso antes de su llegada, el Señor viene a vosotros. Antes de manifestarse al mundo entero viene a vosotros en una visita íntima, porque ha dicho: «No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros» (Jn 14,18).
Verdaderamente hay una venida del Señor frecuente e íntima, según el mérito y el fervor de cada uno, que durante este período intermedio entre su primera venida y su vuelta el último día nos configura a la primera y nos prepara a la segunda. Si el Señor viene a nosotros ahora es para que su primera venida no quede inútil y la última no sea la venida de su cólera. Por su venida actual, en efecto, se pone a reformar nuestro orgullo según el ejemplo de su humildad en la primera venida y, luego, a reformar nuestro cuerpo humilde a la imagen del cuerpo glorioso que nos mostrará a su vuelta. Por esto debemos implorar con todas nuestras fuerzas y pedir con fervor esta venida intermedia que nos da la gracia de la primera venida y nos promete la gloria de la última...
La primera venida fue humilde y escondida, la última será esplendorosa y magnífica. La venida de la que hablamos está escondida, pero es igualmente magnífica. Digo «escondida», no porque sea ignorada por aquel en quien tiene lugar, sino porque se realiza en el secreto del alma... Llega sin ser visto y se aleja sin que uno lo perciba. Su presencia es luz del alma y del espíritu. En el alma se ve al invisible y se conoce al incognoscible. Esta llegada del Señor traspone al alma de quien la contempla en una dulce y dichosa admiración. Entonces, del fondo del hombre brota el grito: «Señor ¿quién se compara a ti?» (Sal 34,10) Lo saben quienes han experimentado su venida y, quiera Dios, que los que no lo hayan experimentado puedan experimentar el deseo de su venida.
Domingo 1º de Adviento (Año C)
De los sermones del beato Guerrico de Igny (II Adviento, 2-4;PL 185,15-17)
Esperamos el aniversario del nacimiento de Cristo. Según la promesa del Señor, lo veremos pronto. La Escritura espera de nosotros una alegría espiritual tal que, elevándonos por encima de nosotros mismos, salte de gozo al salir al encuentro del Señor... Incluso antes de su llegada, el Señor viene a vosotros. Antes de manifestarse al mundo entero viene a vosotros en una visita íntima, porque ha dicho: «No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros» (Jn 14,18).
Verdaderamente hay una venida del Señor frecuente e íntima, según el mérito y el fervor de cada uno, que durante este período intermedio entre su primera venida y su vuelta el último día nos configura a la primera y nos prepara a la segunda. Si el Señor viene a nosotros ahora es para que su primera venida no quede inútil y la última no sea la venida de su cólera. Por su venida actual, en efecto, se pone a reformar nuestro orgullo según el ejemplo de su humildad en la primera venida y, luego, a reformar nuestro cuerpo humilde a la imagen del cuerpo glorioso que nos mostrará a su vuelta. Por esto debemos implorar con todas nuestras fuerzas y pedir con fervor esta venida intermedia que nos da la gracia de la primera venida y nos promete la gloria de la última...
La primera venida fue humilde y escondida, la última será esplendorosa y magnífica. La venida de la que hablamos está escondida, pero es igualmente magnífica. Digo «escondida», no porque sea ignorada por aquel en quien tiene lugar, sino porque se realiza en el secreto del alma... Llega sin ser visto y se aleja sin que uno lo perciba. Su presencia es luz del alma y del espíritu. En el alma se ve al invisible y se conoce al incognoscible. Esta llegada del Señor traspone al alma de quien la contempla en una dulce y dichosa admiración. Entonces, del fondo del hombre brota el grito: «Señor ¿quién se compara a ti?» (Sal 34,10) Lo saben quienes han experimentado su venida y, quiera Dios, que los que no lo hayan experimentado puedan experimentar el deseo de su venida.
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