Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
Is 60,1-6; Salm 712.7-13; Ef 3,2-3.5-6; Mt 2,1-12
Fiesta de Epifanía, llamada, más popularmente de los Reyes Magos, y unida a todo un festival de regalos y cabalgatas. Ha escrito alguien: «A partir de una cierta edad las cosas que pediríamos a los Magos ya no te las pueden traer, porque no caben en paquetes y no se encuentran en las tiendas. El tiempo no se detiene ni va hacia atrás, los que marchan ya no vuelven, lo que ha pasado no se borra».
¿Qué traen hoy los Magos? Una pregunta, con una Buena Noticia: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Hemos visto su estrella y venimos a adorarlo».
¿Cómo reacciona Jerusalén? Se sobresaltó, se inquietó profundamente. Primero el poder político. Herodes. El poder político no adora sino el poder por el poder. Por eso la primera determinación de Herodes será suprimir a este nuevo rey.
Después el poder religioso. Los sacerdotes y letrados. El poder religioso no adora a ningún otro poder. El poder religioso, es solo y únicamente servicio, o es poder demoníaco. Por eso cuando llegue el momento cumbre de su manifestación lo clavaran en una cruz. Y buscaran arrancar hasta el letrero de la cruz, que manda colocar el gobernador romano.
Dice san Bernardo: «Nada raro que se turbe Herodes, que se sobresalte, imaginándose un sucesor. Lo extraño es que se sobresalte con él Jerusalén, la ciudad de Dios, que es visión de paz».
El poder se siente bien en el poder. No quiere que le turben en sus sueños de más poder, de más seguridad. El tiempo, en ocasiones, sí que parece detenerse, que vuelven tiempos pasados, y el hombre continúa teniendo sueños. El poder político no quiere que le molesten en su camino, a la conquista de un poder más absoluto. El poder religioso no necesita, no quiere vuelta del Mesías. Me pregunto: ¿cuál será el espíritu con que el poder religioso dice cada día: «Padre nuestro… venga a nosotros tu reino?»
El poder político y el poder religioso solo pueden traer más crisis. Como la que está sufriendo esta sociedad, o sufrirá más fuerte todavía. Donde unos detentan cada día más dinero, más poder, y otros más pobreza y desamparo.
Esta sociedad, difícilmente puede aceptar el regalo de los Magos. Difícilmente puede aceptar la Buena Noticia que traen: hemos visto la estrella del nuevo rey y venimos a adorarlo.
El hombre actual cada día se atrofia más para descubrir a Dios. Se hace «incapaz de Dios». Cuando sólo busca o se conoce el amor bajo formas degeneradas, cuando la vida está movida exclusivamente por intereses egoístas de beneficio o ganancia, algo se seca en el corazón. Son muchos, hoy, los que están envejecidos prematuramente, endurecidos por dentro, sin capacidad de abrirse a Dios por ningún resquicio de su existencia, caminan por la vida sin la compañía interior de nadie. Este «endurecimiento interior» es el mayor peligro para el hombre moderno. Entonces deja el hombre de alzar sus manos hacia la estrella. El hombre se hace incapaz para adorar, amar, venerar.
Esta incapacidad para adorar a Dios se apodera también de muchos creyentes que sólo buscan un «Dios útil». Sólo les interesa un Dios que sirva para sus proyectos privados o sus programas socio-políticos, o sus intereses religiosos personales.
Pero no solo se anuncia, se manifiesta, hoy, el Mesías, sino que con Él viene otro regalo añadido: que a nuestra casa se añaden los gentiles, los extraños, los lejanos. Con el Mesías viene la invitación a todos los pueblos. Con este programa no contaban los sacerdotes y letrados. Un Mesías universal, sin fronteras, es incómodo. Lo fue entonces y lo sigue siendo ahora. Nos quita niveles de seguridad, de tranquilidad. Pero deberíamos saber que el mismo Cristo trae el programa para que la cosa funcione: Él mismo es reconciliación, es unidad. Sin ésta el compiuter no funciona.
Esta fiesta vendría ser una invitación a crear redes, redes de solidaridad, de organización social y económica justa. Invitación a poner en juego el corazón y la imaginación para contribuir a diseñar un mundo nuevo. De lo contrario perderemos la estrella. Y no llegaremos a encontrar al Salvador, que quiere manifestarse a todos los pueblos.
6 de enero de 2012
1 de enero de 2012
SOLEMNIDAD DE LA MADRE DE DIOS
Homilía predicada por el P. José Alegre, abad de Poblet
Num 6,22-27; Salm 66,2-8; Gal 4,4-7; Lc 2,16-21
«María, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». Esta expresión aparece varias veces en el evangelio, referida a Santa María. Ante el misterio de Dios que se le iba manifestando en su hijo Jesús, y ante el cual tenía una actitud de abertura y receptividad, lo vivía con este talante: contemplar la vida, reflexionarla, meditarla, y por último guardar en el corazón, esperando la luz plena del misterio de Dios.
«María, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». El ritmo de la vida no ayuda a tener este talante. Porque el hombre, hoy, apuesta por otros ritmos. Incluso en la vida monástica hay un ritmo que no siempre es este ritmo de santa María. Y sin embargo nuestro ritmo, el de un cristiano normal, y mucho más el ritmo de la vida del monje debe ser éste: «María, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». Esperando que el Misterio de Dios se manifieste en el corazón y se imponga con su fuerza de luz, sabiduría y vida nueva.
Lo apuntaba en su mensaje de Navidad a nuestras comunidades el Abad General, cuando afirma que tiene la impresión de que falta más dedicación a la escucha y meditación de la Palabra.
Esta fue la tarea principal en la vida de María: la meditación de la Palabra y el guardarla en el corazón. Es lo que hace decir a Jesús cuando escuchándole a él alaban a su madre: «Dichosos lo que escuchan la Palabra y la guardan».
La Palabra de Dios, la Palabra revestida de nuestra naturaleza, Cristo, el Verbo encarnado, es el camino de nuestra paz. En el camino de esta experiencia necesitamos esta compañía, esta referencia, esta maestra, esta madre. De ella que «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón», tenemos necesidad para saber guardar la Palabra en el corazón y dejar nacer la Paz en el corazón. Que en él arraigue con fuerza el misterio de amor de Dios. En definitiva, es el nacer de Cristo en nosotros. En esto incide Benedicto XVI en su mensaje para el día de la paz: «Los cristianos creemos que Cristo es nuestra verdadera paz: en Él, en su cruz, Dios ha reconciliado consigo al mundo y ha destruido las barreras que nos separaban a unos de otros (cf. Ef 2,14-18); en Él, hay una única familia reconciliada en el amor».
Cristo será nuestra paz, si vivimos en una permanente tarea de reconciliación. Esto es una llamada a la escucha como una preparación del corazón para la meditación y la guarda en el corazón. María es la maestra y madre por excelencia; por eso dice los Santos Padres que engendra a través del oído. Así escribe san Efrén:
«Por la oreja nueva,
aquella de María,
ha entrado la Vida
y ha dominado todo».
El Espíritu del Hijo de María ya está en nuestro corazón, como nos enseña san Pablo. Y «clama en nosotros: ¡Padre!» Luego, comportémonos como hijos, no como esclavos. Comportarnos como hijos es vivir con la libertad que nos sugiere este Espíritu de Jesús, que impulsa siempre a obrar como Él obró. Y con su Palabra escuchada viene su bendición, que supone una nueva creación en nuestro interior, una nueva vida hacia fuera. Una vida que lleva el sello del amor de Dios.
Con este sentimiento deberíamos empezar a vivir este nuevo año que el Señor nos ha regalado. El Papa también se pregunta acerca de cómo mirar este nuevo año y nos dice: «En el salmo 129 [130] encontramos una imagen muy bella. El salmista dice que el hombre de fe aguarda al Señor "más que el centinela la aurora" (v. 6), lo aguarda con una sólida esperanza, porque sabe que traerá luz, misericordia, salvación. Esta espera nace de la experiencia del pueblo elegido, el cual reconoce que Dios lo ha educado para mirar el mundo en su verdad y a no dejarse abatir por las tribulaciones».
En nuestra oscuridad, no dejemos de esperar la aurora de la que habla el salmista. Pero con el espíritu de María, que «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». Y el Señor bendecirá tu vida en este nuevo año 2012.
Num 6,22-27; Salm 66,2-8; Gal 4,4-7; Lc 2,16-21
«María, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». Esta expresión aparece varias veces en el evangelio, referida a Santa María. Ante el misterio de Dios que se le iba manifestando en su hijo Jesús, y ante el cual tenía una actitud de abertura y receptividad, lo vivía con este talante: contemplar la vida, reflexionarla, meditarla, y por último guardar en el corazón, esperando la luz plena del misterio de Dios.
«María, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». El ritmo de la vida no ayuda a tener este talante. Porque el hombre, hoy, apuesta por otros ritmos. Incluso en la vida monástica hay un ritmo que no siempre es este ritmo de santa María. Y sin embargo nuestro ritmo, el de un cristiano normal, y mucho más el ritmo de la vida del monje debe ser éste: «María, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». Esperando que el Misterio de Dios se manifieste en el corazón y se imponga con su fuerza de luz, sabiduría y vida nueva.
Lo apuntaba en su mensaje de Navidad a nuestras comunidades el Abad General, cuando afirma que tiene la impresión de que falta más dedicación a la escucha y meditación de la Palabra.
Esta fue la tarea principal en la vida de María: la meditación de la Palabra y el guardarla en el corazón. Es lo que hace decir a Jesús cuando escuchándole a él alaban a su madre: «Dichosos lo que escuchan la Palabra y la guardan».
La Palabra de Dios, la Palabra revestida de nuestra naturaleza, Cristo, el Verbo encarnado, es el camino de nuestra paz. En el camino de esta experiencia necesitamos esta compañía, esta referencia, esta maestra, esta madre. De ella que «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón», tenemos necesidad para saber guardar la Palabra en el corazón y dejar nacer la Paz en el corazón. Que en él arraigue con fuerza el misterio de amor de Dios. En definitiva, es el nacer de Cristo en nosotros. En esto incide Benedicto XVI en su mensaje para el día de la paz: «Los cristianos creemos que Cristo es nuestra verdadera paz: en Él, en su cruz, Dios ha reconciliado consigo al mundo y ha destruido las barreras que nos separaban a unos de otros (cf. Ef 2,14-18); en Él, hay una única familia reconciliada en el amor».
Cristo será nuestra paz, si vivimos en una permanente tarea de reconciliación. Esto es una llamada a la escucha como una preparación del corazón para la meditación y la guarda en el corazón. María es la maestra y madre por excelencia; por eso dice los Santos Padres que engendra a través del oído. Así escribe san Efrén:
«Por la oreja nueva,
aquella de María,
ha entrado la Vida
y ha dominado todo».
El Espíritu del Hijo de María ya está en nuestro corazón, como nos enseña san Pablo. Y «clama en nosotros: ¡Padre!» Luego, comportémonos como hijos, no como esclavos. Comportarnos como hijos es vivir con la libertad que nos sugiere este Espíritu de Jesús, que impulsa siempre a obrar como Él obró. Y con su Palabra escuchada viene su bendición, que supone una nueva creación en nuestro interior, una nueva vida hacia fuera. Una vida que lleva el sello del amor de Dios.
Con este sentimiento deberíamos empezar a vivir este nuevo año que el Señor nos ha regalado. El Papa también se pregunta acerca de cómo mirar este nuevo año y nos dice: «En el salmo 129 [130] encontramos una imagen muy bella. El salmista dice que el hombre de fe aguarda al Señor "más que el centinela la aurora" (v. 6), lo aguarda con una sólida esperanza, porque sabe que traerá luz, misericordia, salvación. Esta espera nace de la experiencia del pueblo elegido, el cual reconoce que Dios lo ha educado para mirar el mundo en su verdad y a no dejarse abatir por las tribulaciones».
En nuestra oscuridad, no dejemos de esperar la aurora de la que habla el salmista. Pero con el espíritu de María, que «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». Y el Señor bendecirá tu vida en este nuevo año 2012.
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