LA BELLEZA DE LA PALABRA DE DIOS EN LA HOMILIA
Ex 32,11.13-14; Salm 50,3-4.12-13.17.19; 1Tim 1,12-17; Lc 15,1-32
Reflexión: Misericordia
El término hebreo (ra'hamim) expresa el apego instintivo de un ser a otro. Según los semitas, este sentimiento tiene su asiento en el seno materno (Re 3,26), en las entrañas (rahamim) — nosotros diríamos: el corazón— de un padre (Jer 31,20; Sal 103,13), o de un hermano (Gen 43,30): es el cariño o la ternura; inmediatamente se traduce por actos: en compasión con ocasión de una situación trágica (Sal 106,45), o en perdón (Dan 9,9).
Otro término hebreo (hesed), traducido en griego por una palabra que también significa misericordia (eleos), designa de suyo la piedad, relación que une a dos seres e implica fidelidad. Con esto recibe la misericordia una base sólida: no es ya únicamente el eco de un instinto de bondad, que puede equivocarse acerca de su objeto o su naturaleza, sino una bondad consciente, voluntaria; es incluso respuesta a un deber interior, fidelidad con uno mismo.
No cesan de resonar los gritos del salmista: «¡Piedad conmigo, Señor!» (Sal 4,2; 6,3; 9,14; 25,16); o bien las proclamaciones de acción de gracias: «Dad gracias a Yahveh, pues su amor (hesed) es eterno» (Sal 107,1), esa misericordia que no cesa de mostrar con los que claman a él en su aflicción. Se presenta, en efecto, como el defensor del pobre de la viuda y del huérfano: éstos son sus privilegiados.
Si Dios es ternura, ¿cómo no exigirá a sus criaturas la misma ternura mutua? Ahora bien, este sentimiento no es natural al hombre: homo homini lupus! Lo sabía muy bien David, que prefería «caer en las manos de Yahveh, porque es grande su misericordia, antes que en las manos de los hombres» (2Sa 24,14). También en este punto va Dios progresivamente educando a su pueblo.
Jesús, «sumo sacerdote misericordioso» (Heb 2,17). Jesús, antes de realizar el designio divino, quiso «hacerse en todo semejante a sus hermanos», a fin de experimentar la miseria misma de los que venía a salvar. Por consiguiente, sus actos todos traducen la misericordia divina, aun cuando no estén calificados así por los evangelistas. Lucas puso muy especial empeño en poner de relieve este punto. Los preferidos de Jesús son los «pobres» (Lc 4,18; 7,22); los pecadores hallan en él un «amigo» (7,34), que no teme frecuentarlos (5,27.30.15,1s; 19,7). La misericordia que manifestaba Jesús en forma general a las multitudes (Mt 9,36; 14,14; 15,32) adquiere en Lucas una fisonomía más personal: se dirige al «hijo único» de una viuda (Lc 7,13) o a un padre desconsolado (8,42; 9,38.42). Jesús, en fin, muestra especial benevolencia a las mujeres y a los extranjeros. Así queda redondeado y cumplido el universalismo: «toda carne ve la salvación de Dios» (3,6). Si Jesús tuvo así compasión de todos, se comprende que los afligidos se dirijan a él como a Dios mismo, repitiendo: «Kyrie eleison!» (Mt 15,22; 17,15; 20,30s).
Palabra
«Veo que este pueblo es de dura cerviz». El pueblo da la espalda a Dios y se vuelve a los ídolos. Pero las entrañas de Dios se conmoverán una y otra vez delante de las numerosas infidelidades. Aunque el hombre sea infiel, Dios permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo.
«Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente, y me dio la fe y el amor cristiano». Así es el corazón de Dios que se conmueve siempre con el hombre, creyente o ateo. Dios es paciente en su misericordia, y esta paciencia que siempre es espera determina la salvación del pecador. Por otro lado, además del testimonio frecuente, constante de la Escritura, envía a su Hijo para mostrarnos el camino de la vida.
«Este acoge a los pecadores y come con ellos». Este es Jesús. La libertad en el amor y en la misericordia. Que no juzga, que acoge.
«Pierde una oveja, deja las 99 en el campo y se va en busca de la perdida». Da la impresión de que abandona las 99, en su solicitud por la extraviada. ¿Cómo contemplamos nosotros a los extraviados?
Sabiduría sobre la Palabra
«He aquí que llama a todos los que se han manchado, desea abrazarlos, y se queja de que le han abandonado. No perdamos este tiempo de misericordia que se nos ofrece. No menospreciemos los remedios de tanta piedad que el Señor nos brinda. Su benignidad llama a los extraviados, y nos prepara, cuando volvamos a él, el seno de su clemencia. Piense cada cual en la deuda que le abruma, cuando Dios le aguarda y no se exaspera con el desprecio. El que no quiso permanecer con él, que vuelva; el que menospreció estar firme a su lado, que se levante, por lo menos después de su caída… Ved cuán grande es el seno de su piedad, y considerad que tenéis abierto el regazo de su misericordia». (San Gregorio Magno, Hom. 33 sobre los evangelios)
«Se da prisa en buscar la centésima oveja que había perdido… ¡Maravillosa condescendencia de Dios que así busca al hombre; dignidad grande la del hombre, así buscado por Dios». (San Bernardo, Serm. 1 de Adviento)
«¿Dónde me esconderé de Dios? ¿Dónde te esconderás, hermano? En su misma misericordia. Nadie puede huir de Dios más que refugiándose en su misericordia». (San Agustín, Sermón 351)
12 de septiembre de 2010
5 de septiembre de 2010
DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO (C)
LA BELLEZA DE LA PALABRA DE DIOS EN LA HOMILÍA
Sab 9,13-19; Salm 89,3-6.12-14.17; Film 9-10.12-17; Lc 14,25-33
Reflexión: Seguimiento
Seguir a Dios es andar por los caminos de Dios. En la Escritura vamos conociendo a los largo de la Historia de la Salvación estos caminos, que nos trazará con más claridad su Hijo, que quiere conducir a todos los hombres a su Reino. Pero el hombre siempre tiene que estar en la actitud y disposición de buscar y conocer a este Dios, que viene a ser el verdadero sentido de su vida.
Seguir significa adhesión total y sumisión absoluta, es decir, fe y obediencia. David, que observó los mandamientos, es el modelo de los que siguen a Dios con todo su corazón (1Re 14,8). Cuando el rey Josías y todo el pueblo se comprometen a vivir según la alianza, deciden "seguir a Yahveh".
Después seguir a Dios se va a identificar con seguir a Jesús, que no es sólo adherirse a una enseñanza moral y espiritual, sino compartir su destino. Ahora bien, los discípulos están sin duda prontos a compartir su gloria: "Hemos dejado todo para seguirte; ¿qué nos corresponderá, pues?". (Mt 19,27)
Jesús exige el desasimiento total: renuncia a las riquezas y a la seguridad, abandono de los suyos (Mt 8,19-22 10,37 19,16-22), sin reservas ni miradas atrás (Lc 9,61s). Exigencia a la que todos pueden ser llamados, pero a la que no todos responden, como en el caso del joven rico (Mt 19,22ss).
El discípulo, habiendo así renunciado a los bienes y a los lazos del mundo, aprende que debe seguir a Jesús hasta la cruz: "Si alguien quisiere venir en pos de mí, renuncie a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt 16,24) Jesús, exigiendo a sus discípulos tal sacrificio, no sólo de los bienes, sino también de su persona, se revela como Dios y acaba de revelar hasta dónde van las exigencias de Dios. Pero a estas exigencias no podrán responder los discípulos sino cuando Jesús haya hecho el primero el gesto del sacrificio y les envíe su Espíritu.
Para Pablo, seguir a Cristo es conformarse con él en su misterio de muerte y de resurrección. Esta conformidad, a la que estamos predestinados por Dios desde toda la eternidad (Rom 8,29), se inaugura en el bautismo (Rom 6,2ss) y debe profundizarse por la imitación (1Cor 11,1), la comunión voluntaria en el sufrimiento, en medio del cual se despliega el poder de la resurrección (2Cor 4,10s 13,4 Flp 3,10s 1Pe 2,21).
Según Juan, seguir a Cristo es tener en él una, una fe entera, fundada en su sola palabra y no en signos exteriores (Jn 4,42), fe que sabe superar las vacilaciones de la sabiduría humana (Jn 6,2.66-69).
Entonces se realiza la promesa de Jesús: "Si alguien me sirve, sígame, y donde yo estoy, allí estará también mi servidor" (Jn 12,26).
Palabra
«¿Qué hombre conoce el designio de Dios, quién comprende lo que Dios quiere?» Es necesario sumergirse en las páginas sagradas para acceder al conocimiento de la voluntad divina. Es necesario también tener en cuenta el dinamismo de la vida; tener también en cuenta la necesidad de purificar nuestro propio corazón, pues nuestros pensamientos son mezquinos, falibles, movidos por sabiduría humana.
«Quizás se apartó de ti para que le recobres ahora para siempre; no como esclavo sino como hermano». Este texto de l carta a Filemón muestra el gran corazón de Pablo, su sensibilidad, movida siempre por su extraordinario amor a Jesucristo.
«Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre… no puede ser discípulo mío». El amor de Dios es absorbente. Esto hoy no siempre se comprende. Incluso puede escandalizar. Sobre cuando no consideramos que nuestra vida aquí en este tiempo es algo provisional, en que todo lo humano, todo absolutamente todo, es simple apoyo para abrirnos a otra dimensión que nos es desconocida, y que Jesús no invita a olvidar y menospreciar a los seres queridos, sino a darles el valor relativo que tiene todo lo de este mundo, aunque debemos saber valorarlo y apoyarnos en ello.
Sabiduría en la Palabra
«Seamos fieles a nuestra vocación. A través de ella nos llama a la fuente de la vida aquel que es la vida misma, que es fuente de agua viva y fuente de vida eterna, fuente de luz y fuente de resplandor, ya que de él procede todo esto: sabiduría y vida, luz eterna. El autor de la vida es fuente de vida, el creador de la luz es fuente de resplandor. Por eso, dejando a un lado lo visible y prescindiendo de las cosas de este mundo, busquemos en lo más alto del cielo la fuente de la luz, la fuente de la vida, la fuente de agua viva, como si fuéramos peces inteligentes y que saben discurrir; allí podremos beber el agua viva que salta hasta la vida eterna». (San Columbano, Instrucciones 13, 2-3)
«Sigamos las sendas que él nos indica e imitemos en particular su humildad, aquella humildad por la que él se rebajo a sí mismo en provecho nuestro. Esta senda de humildad nos la ha enseñado él con sus palabras, y, para darnos ejemplo, él mismo anduvo por ella, muriendo por nosotros. Para poder morir por nosotros, siendo como era inmortal, la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros… Para que no quedáramos abandonados en el abismo, sino que fuéramos exaltados con él en la resurrección, los que , ya desde ahora hemos resucitado por la fe y por la confesión de su nombre…. Nos dio y nos indicó, pues, la senda de la humildad. Si la seguimos confesaremos al Señor». (San Agustín, Sermón 23)
Sab 9,13-19; Salm 89,3-6.12-14.17; Film 9-10.12-17; Lc 14,25-33
Reflexión: Seguimiento
Seguir a Dios es andar por los caminos de Dios. En la Escritura vamos conociendo a los largo de la Historia de la Salvación estos caminos, que nos trazará con más claridad su Hijo, que quiere conducir a todos los hombres a su Reino. Pero el hombre siempre tiene que estar en la actitud y disposición de buscar y conocer a este Dios, que viene a ser el verdadero sentido de su vida.
Seguir significa adhesión total y sumisión absoluta, es decir, fe y obediencia. David, que observó los mandamientos, es el modelo de los que siguen a Dios con todo su corazón (1Re 14,8). Cuando el rey Josías y todo el pueblo se comprometen a vivir según la alianza, deciden "seguir a Yahveh".
Después seguir a Dios se va a identificar con seguir a Jesús, que no es sólo adherirse a una enseñanza moral y espiritual, sino compartir su destino. Ahora bien, los discípulos están sin duda prontos a compartir su gloria: "Hemos dejado todo para seguirte; ¿qué nos corresponderá, pues?". (Mt 19,27)
Jesús exige el desasimiento total: renuncia a las riquezas y a la seguridad, abandono de los suyos (Mt 8,19-22 10,37 19,16-22), sin reservas ni miradas atrás (Lc 9,61s). Exigencia a la que todos pueden ser llamados, pero a la que no todos responden, como en el caso del joven rico (Mt 19,22ss).
El discípulo, habiendo así renunciado a los bienes y a los lazos del mundo, aprende que debe seguir a Jesús hasta la cruz: "Si alguien quisiere venir en pos de mí, renuncie a sí mismo, tome su cruz y sígame" (Mt 16,24) Jesús, exigiendo a sus discípulos tal sacrificio, no sólo de los bienes, sino también de su persona, se revela como Dios y acaba de revelar hasta dónde van las exigencias de Dios. Pero a estas exigencias no podrán responder los discípulos sino cuando Jesús haya hecho el primero el gesto del sacrificio y les envíe su Espíritu.
Para Pablo, seguir a Cristo es conformarse con él en su misterio de muerte y de resurrección. Esta conformidad, a la que estamos predestinados por Dios desde toda la eternidad (Rom 8,29), se inaugura en el bautismo (Rom 6,2ss) y debe profundizarse por la imitación (1Cor 11,1), la comunión voluntaria en el sufrimiento, en medio del cual se despliega el poder de la resurrección (2Cor 4,10s 13,4 Flp 3,10s 1Pe 2,21).
Según Juan, seguir a Cristo es tener en él una, una fe entera, fundada en su sola palabra y no en signos exteriores (Jn 4,42), fe que sabe superar las vacilaciones de la sabiduría humana (Jn 6,2.66-69).
Entonces se realiza la promesa de Jesús: "Si alguien me sirve, sígame, y donde yo estoy, allí estará también mi servidor" (Jn 12,26).
Palabra
«¿Qué hombre conoce el designio de Dios, quién comprende lo que Dios quiere?» Es necesario sumergirse en las páginas sagradas para acceder al conocimiento de la voluntad divina. Es necesario también tener en cuenta el dinamismo de la vida; tener también en cuenta la necesidad de purificar nuestro propio corazón, pues nuestros pensamientos son mezquinos, falibles, movidos por sabiduría humana.
«Quizás se apartó de ti para que le recobres ahora para siempre; no como esclavo sino como hermano». Este texto de l carta a Filemón muestra el gran corazón de Pablo, su sensibilidad, movida siempre por su extraordinario amor a Jesucristo.
«Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre… no puede ser discípulo mío». El amor de Dios es absorbente. Esto hoy no siempre se comprende. Incluso puede escandalizar. Sobre cuando no consideramos que nuestra vida aquí en este tiempo es algo provisional, en que todo lo humano, todo absolutamente todo, es simple apoyo para abrirnos a otra dimensión que nos es desconocida, y que Jesús no invita a olvidar y menospreciar a los seres queridos, sino a darles el valor relativo que tiene todo lo de este mundo, aunque debemos saber valorarlo y apoyarnos en ello.
Sabiduría en la Palabra
«Seamos fieles a nuestra vocación. A través de ella nos llama a la fuente de la vida aquel que es la vida misma, que es fuente de agua viva y fuente de vida eterna, fuente de luz y fuente de resplandor, ya que de él procede todo esto: sabiduría y vida, luz eterna. El autor de la vida es fuente de vida, el creador de la luz es fuente de resplandor. Por eso, dejando a un lado lo visible y prescindiendo de las cosas de este mundo, busquemos en lo más alto del cielo la fuente de la luz, la fuente de la vida, la fuente de agua viva, como si fuéramos peces inteligentes y que saben discurrir; allí podremos beber el agua viva que salta hasta la vida eterna». (San Columbano, Instrucciones 13, 2-3)
«Sigamos las sendas que él nos indica e imitemos en particular su humildad, aquella humildad por la que él se rebajo a sí mismo en provecho nuestro. Esta senda de humildad nos la ha enseñado él con sus palabras, y, para darnos ejemplo, él mismo anduvo por ella, muriendo por nosotros. Para poder morir por nosotros, siendo como era inmortal, la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros… Para que no quedáramos abandonados en el abismo, sino que fuéramos exaltados con él en la resurrección, los que , ya desde ahora hemos resucitado por la fe y por la confesión de su nombre…. Nos dio y nos indicó, pues, la senda de la humildad. Si la seguimos confesaremos al Señor». (San Agustín, Sermón 23)
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